ECOS DEL SUR    16 de enero de 2006        

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APUNTES DE UN VIAJE AL KIVU

Thierry Reyners
Voluntario de Manos Unidas

El Kivu es la provincia este del Congo (en realidad son dos provincias, Kivu Norte y Kivu Sur). Su extensión es dos veces la de Bélgica. Entre Goma, capital del Kivu Norte, y Bukavu, capital del Kivu Sur, se extiende el lago Kivu, de 100 Km. de largo y 40 Km. de ancho, sembrado de islas, hermoso como un lago italiano. El Kivu, zona fronteriza con Uganda al norte y Rwanda al sur, siempre padeció la influencia de estos dos países. La gran belleza de sus paisajes de colinas y lagos, la fertilidad de su suelo, la abundancia de lluvias y corrientes de agua, su temperatura clemente, no han ahorrado a este paraíso virtual el ser, sobre todo durante los últimos diez años, el teatro de enfrentamientos armados mortíferos y devastadores.

Hoy, la mayoría de la población vive en un estado permanente de casi miseria. La maquinaria del estado congoleño está parada, las infraestructuras de enseñanza, de transporte, de salud apenas se empiezan a reconstituir gracias a la ayuda benévola de las ONG's y de las congregaciones religiosas.

Estas notas son el fruto de una corta semana de recorrido por Goma, Bukavu, y el "interior". Hablé con conductores, comerciantes, funcionarios, religiosas, empleados de ONG's, cocineros, jesuitas y gente común. No he encontrado, o casi, gente importante. Me han mentido menos.

EL CONGO

Al pobre Congo no le dejan en paz. Literalmente. Desde los tiempos de Joseph Conrad le llegaron desde fuera oleadas de negreros, exploradores/explotadores, aventureros, imperialistas y bandidos de todo calibre. No vinieron sin objeto ni beneficio. El Congo poseía capital humano (aunque rápidamente diezmado por las invasiones), marfil, oro, cobre, diamantes y ahora el coltán, ese mineral del siglo XXI, tan importante para nuestras nuevas tecnologías. Es larga la lista de los grupos armados y bandas asesinas que se han repartido el trabajo de atemorizar, arrasar, robar y exterminar a buena parte de la población indefensa del país en los últimos diez años: Hutus Interhamwe armados huidos del Rwanda, Banyamulenges, Mai-mai, Rastas, ejército Tutsi del Rwanda, ejércitos rebeldes de Kabila y de otros señores de la guerra, sin olvidar elementos del propio ejército del país. Todas las codicias se juntan para lanzar estas hordas sobre el cuerpo herido del Gran Congo. El pillaje de las riquezas minerales, la sed de poder, la voluntad de expansión imperialista, la búsqueda de espacio vital, ó incluso la simple ansia de supervivencia han jugado su papel. Balance: 4 millones de muertos en 10 años. ¿Quién habla de ellos?

Cuando Laurent Kabila inició desde el este su ofensiva contra Mobutu, en 1995, le apoyaron los Tutsis recién instalados en el poder en Kigali. Ese apoyo no era desinteresado ni gratuito. Los Tutsis querían un bocado del Congo, y si fuera posible, un bocado muy grande. Y si no tan grande, por lo menos el este del país. Y si no todo el Este, por lo menos el Kivu, que siempre había servido de zona de expansión para la población de Rwanda, y cuya frontera artificialmente trazada por los europeos era discutible de todas formas.

Cuando Kabila hubo depuesto a Mobutu de su trono lacado con el sudor color oro de su pueblo, se encontró con un dilema: ¿Quién lo iba a asesinar? Podía elegir: o dejaba sus aliados Tutsis quedarse con su parte del botín, y le asesinaba la facción congoleña que no se resignaba a que los Tutsis se llevarán lo que Mobutu les había robado antes, o decía a los Tutsis que se volviesen a su casa, y estos le asesinaban por romper un pacto de mafiosos. Al final eligió la segunda opción, porque pensaba que Kinshasa estaba muy lejos del Rwanda, y que no le vendrían a buscar hasta allí. Ya se sabe lo que ocurrió.

Se ve que no les pareció bastante: a primeros de junio 2005 la hermana de Laurent Kabila, tía del actual presidente Joseph Kabila, también fue asesinada por su guardaespaldas.
Es peligroso tener protección personal en el Congo.

LAS ASAMBLEAS

En África la gente del pueblo se sienta/siente junta, pegados unos a otros, las mujeres a un lado, los hombres al otro, más o menos. Si hay cuatro bancos y sobra sitio, ocuparán dos y medio, todos apiñados, dejando el resto libre. También lo hacen los niños en la escuela, de forma instintiva y natural. En el campo, no es raro ver a tres hombres sentados en un tronco hombro con hombro, aunque sobren dos metros de cada lado. Cuando se reúnen para beber cerveza de plátano, se forman grupos amontonados como racimos de gente alrededor del puesto. Es como si se defendieran, hacienda esta piña, de los peligros exteriores, de las fieras, de esta naturaleza tan bella y tan hostil a la vez. Aquí el individuo no es nada, sólo cuentan el grupo, la familia, el pueblo, la comunidad, la tribu.

Por eso hay tanto trabajo comunitario en África: Los campos, la construcción de las casas, las carreteras, los pozos. Se juntan para construir iglesias, escuelas, para fabricar ladrillos. El pueblo se reúne y designa las personas que tendrán que dedicar parte de su tiempo a distintas tareas, en función de sus habilidades y de su disponibilidad. En África, el hombre, solo, muere. En tiempos de la esclavitud, cuando un hombre enfermaba, se le alejaba del pueblo, y allí, en la jungla, resignado, esperaba la muerte.

BUKAVU

Bukavu la hermosura, ahora llamada Bukavu la basura. En realidad, merece los dos nombres… Cuando uno recorre las orillas del lago Kivu que la bordea y la encierra en su estuche verde azul, cuando se contempla más allá del agua sus cimas cubiertas de verde vegetación, uno puede soñar en un romántico lago italiano bajo el sol africano. Pero cuando dirigimos la vista al otro lado, hacia las colinas, descubrimos las casuchas improvisadas sobre pendientes impropias para la edificación, sin agua ni electricidad, sin caminos ni puentes para cruzar los torrentes, a la merced de las lluvias torrenciales que se pueden llevar todo por delante en una noche de confusión. Allí, centenares de miles de campesinos refugiados de sus aldeas arrasadas por bandas armadas intentan sobrevivir en un estado de extrema precariedad. La ciudad no ofrece trabajo, sólo chapuzas precarias. El estado calamitoso de las calles no parece despertar el interés del alcalde. Los mercados al aire libre están atestados de puestos de vendedoras, hay poco comprador. Los campesinos traen sus magras cosechas, buscando el dólar que les permitirá aguantar un día más. Esta noche, quizás, comerán.

Aquí hay poca pintura. Es cara, y no aguanta más de una temporada de lluvias. Ya no se enfoscan las casas, porque hay que pintar el enfoscado. Sin pintar, la ciudad va cogiendo el color ocre del barro, de la tierra, del polvo que lo recubre todo.

Los policías van vestidos de pantalón azul y camisa amarilla, que destacan sobre el grisáceo ambiente. Le miran a uno con aire serio, algo altivo. Ganan 12,5 dólares al mes. Si el coche no está en regla, es una buena noticia, podrán redondear el sueldo. Pero aún así conservan la compostura.

En el pequeño puerto del barco a Goma, emiten el billete, lo compulsan, lo verifican, lo apuntan en un gran libro, en otro copian los datos del pasajero, bajo unas chozas con techo de paja. Cuando hago una foto a la llegada, amenazan con arrestarme por capturar secretos de estado. ¿Se sentirán incómodos por desvelar su nivel de indigencia? No lo creo.
Volviendo de cenar, pasamos delante de la comandancia militar de la zona. Los soldados congoleños no reciben ningún sueldo desde hace meses, o años. Apenas les dan de comer. Un coche blanco está aparcado delante. Gérard, padre blanco belga, me dice que los soldados lo robaron ayer. Aurelio me propone ir a visitar mañana al coronel, lo conoce bien. No me atrevo a preguntarle si va a preguntarle por el coche robado…

LAS "TOLES"

La "tôle ondulée", las "toles" en la jerga de las ONG's españolas, son la solución universal para la cobertura de las casas en África. Ya casi no se construyen chozas tradicionales con el techo de paja, aunque todavía abundan en el campo. Ahora se impone la "tôle" para todo. Es el material más estanco, más limpio, con menos mantenimiento, más longevo, y sobre todo más barato: Cubrir una casa de dos habitaciones, cocina y baño puede no costar más de 500 dólares. Traen el material a granel desde el Japón, en rollos, a fábricas de Uganda, Kenya o Tanzania, donde lo cortan en medidas estándar y lo empaquetan en cantidades de 10, 20 o 30 piezas. La "tole" es un material más vivo de lo que uno pudiera pensar. Pasa por varios estados que dan una idea de su edad. Al principio son limpias y brillantes, como espejos centelleantes en los rayos del sol. Luego, después de la primera temporada de lluvias, se vuelven mates y grises. A partir de allí, según la calidad del material, el tiempo transcurrido, y el clima del lugar, toman diversos tonos que van desde lo ocre del oxidado, hasta lo verdoso por acumulación de moho, terminando en un tono marrón-gris que delata el último estado de deterioro, aunque incluso así pueden seguir muchos años aguantando sol, tormentas y lluvias torrenciales. Vista desde el aire, una cuidad africana parece un especie de patchwork metálico.

Uno podría pensar que las "toles" sólo son para los pobres. Nada más lejos de la realidad. Hay toda una gama para elegir, hasta las de lujo con cantos rectos en lugar de ondulados, uniones y remates elegantes, y pre-pintadas al horno en tonos verdes, rojos o azules. Eso no quita para que cuando da el sol, la "tole" se comporte como la placa de un horno e irradie un calor insoportable. Este es el sino de la mayoría de los africanos, que, cuando les alcance la prosperidad, redescubrirán las virtudes del techo de paja, aireado, aislante y bello, aunque por supuesto montarán debajo un ondulín y una buena capa de poliuretano para disfrutar confortablemente del ecologismo redivivo.

EL COLTÁN

Las minas de coltán están, entre otros lugares, en Walikele, a unos 150 kilómetros en el interior al Oeste de Goma. Algunos yacimentos son explotados por hombres de negocios europeos (belgas, alemanes, holandeses, austriacos) que han sobornado el funcionario local, quién, por cierto, tampoco controla mucho, pero podría dificultar los movimientos en el aeropuerto. Estos negociantes hacen trabajar a la población local para extraer el mineral, por un sueldo de miseria, pero aún así superior a lo que pueden ganar trabajando sus campos. Luego lo transportan a lomos de hombre hacia Goma, o Bukavu desde las minas situadas más al sur, donde lo embarcan en avionetas con dirección a Kigali. El movimiento es continuo. En Kigali, se llevan a cabo las necesarias transacciones comerciales para suministrar el mineral a las industrias transformadoras en Europa, Estados Unidos y otros lugares.

En un yacimiento tipo, docenas de hombres trabajan excavando grandes agujeros en hileras para sacar el coltan del suelo. Los trabajadores entonces echan agua y hacen un lodo que vierten en grandes tubos de lavado, logrando que el mineral se deposite en el fondo debido a su alto peso. Un buen trabajador puede producir un kilo de coltan al día.
En otras zonas, son unos Tutsis armados los que obligan a los refugiados Humus, que permanecen en la zona desde el genocidio, a hacer ese trabajo en condiciones de casi esclavitud. Hay aeropuertos de campaña, se usan tanto avionetas como helicópteros, y en este caso los ingresos de la operación van a parar directamente a las arcas del estado Rwandés.

El coltán contiene columbita-tantalita, un mineral que, una vez refinado, llega a ser tantalum metálico, un polvo resistente al calor que puede aguantar una alta carga eléctrica. Estas propiedades lo convierten en un elemento vital para fabricar condensadores, los elementos electrónicos que controlan el flujo dentro de las placas de circuitos. Los condensadores de tantalum son usados en casi todos los móviles, ordenadores portátiles, satélites y muchos otros dispositivos.

Un informe polémico del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sacó a la luz la explotación de recursos naturales de la región, incluyendo el coltán, pero también el oro y los diamantes, por otros países involucrados en la guerra. La triste realidad es que esta explotación salvaje nos asegura una fuente barata de un material esencial para la tecnología moderna de comunicaciones.

EL "CUGUDU"

En el Kivu, mucha gente tiene bicicleta, pero nadie monta en bicicleta. Aquí, la bicicleta es más un medio de transporte que un medio de locomoción. La van empujando, cargada de bidones, sacos, bolsas de plástico. En las bajadas, se suben como pueden y se van deslizando para recuperar un poco de aliento.
Otros muchos usan una especie de patinete, que abunda todavía más, con la plataforma ancha en pendiente de atrás hacia delante, un manillar que imita la cornamenta de una vaca, y ruedas de madera equipadas con neumáticos rellenos. Estos ingenios, los "cugudu", están hechos enteramente de madera sin un solo clavo, y tienen hasta freno de zapata.
Se cargan con una cantidad inimaginable de material de todo tipo: enormes cestas llenas de coles, forraje, cajas de plátanos, cañas de azúcar, madera, hasta piedras. El ancho de la carga puede superar los dos metros y su peso los 300 kilos. El hombre lo lleva a pie, muchas veces son dos, uno de cada lado, sudando la gota gorda para propulsar esta mula de madera por los baches del camino, cuesta arriba, y en las bajadas logran incluso subirse sobre el artilugio en un ejercicio de equilibrio inverosímil, buscando descanso. Y de vez en cuando, si aprieta el calor, paran para tomar un refresco o una calabaza de cerveza de plátano, dejando el patinete aparcado, con su carga, de pie, apoyado sobre una ingeniosa pata de madera, como si fuera cualquier Honda o Harley-Davidson.

LOS PADRES BLANCOS

Las casas de los Padres Blancos parecen vacías, o casi. En Goma, las habitaciones numeradas se suceden a lo largo del sombrío pasillo, pero ya no hay la febril agitación de los misioneros volviendo de su rincón de la selva, o a punto de partir. Dos o tres ancianos padres aseguran el retén y gestionan el economato, en una atmósfera tenue, sencilla, y tranquila, que contrasta con la actividad incesante que desarrollan en el exterior. Nada es superfluo. Cuando uno ha vivido en la selva, se da cuenta de que muy pocas cosas son realmente necesarias. Regalo al padre Jan un par de rotuladores. Es como si le trajera una botella de champagne. Para desayunar hay papaya. El cocinero ha recortado de las rajas las partes un poco pasadas. Tiene un aspecto regular, pero lo que queda es bueno. Después del desayuno, el padre Jan va a hacer la "phonie". Se trata de llamar por radio a los misioneros que están en sus puestos del interior para asegurarse de que todo va bien. Si hay un problema, una avioneta con base en Bukavu puede ir a buscarlos. ¡Hay hasta un padre blanco piloto! Una mezcla de organización y eficacia en la austeridad.

Los Padres Blancos son la cara humilde y entregada del primer mundo en África. No hay flamantes Toyotas, no hay dinero para distribuir a diestro y siniestro, no hay respuestas hechas. Se trata simplemente de estar allí, ayudar cuando se puede, compartir los sufrimientos, dar testimonio, y mantener la esperanza cuando todo se derrumba alrededor.

EL NYIRAGONGO

El 17 de Enero 2002, se despertó el Nyiragongo de su larga siesta, abrió un ojo, y de este ojo empezaron a fluir unas pesadas lágrimas rojas que fueron bajando hasta sumergir las irrisorias viviendas de los hombres, antes de precipitarse a las aguas del lago Kivu con un geiser de vapor. La gente de Goma, al principio, no vio llegar el desastre. Pensaron que, como en el 1977, la lava se iba a detener justo antes de la ciudad. No sabían que también habían reventado unas grietas al pie del volcán, como unos furúnculos que sueltan su pus. Varias lenguas de fuego se extendieron. Una de ellas, de un kilómetro de ancho y dos de espesor, cortó la ciudad en dos mitades. Otra sumergió el aeropuerto. Los habitantes huyeron hacía Gisenyi, en el vecino Rwanda. Era de noche. Presos del pánico, siguieron andando, sin mirar atrás, y alcanzaron Nyondo, 30 kilómetros más adelante, mientras los propios habitantes de Gisenyi se habían quedado en casa.

Hoy, la gente ha vuelto. El Nyiragongo sigue allí, majestuoso en medio de las nubes, amenazante y familiar a la vez. Dicen que suelta miles de toneladas de gas cada día, contaminando el agua de lluvia. El agua del lago contiene metano que se extrae para suministrar energía a la fábrica de cerveza de Gisenyi. La pesca es escasa. Sin embargo, la tierra volcánica, fértil, permite sobrevivir a la población. Uno no deja Goma y su volcán. El volcán es la seguridad de que algo, en esta vida tan aleatoria, siempre estará allí. Que hay algo más fuerte que todo, que puede castigar o perdonar, agraciar o condenar. Y que mientras uno lo puede ver, es también la prueba de que uno está vivo.

LOS MÓVILES

Tener un móvil en el Kivu es cuestión de vida o muerte. Es imprescindible para la vida social y profesional, y le puede evitar a uno la muerte si se encuentra en un apuro en el bosque. Por cierto, tener un móvil aquí no basta, más vale tener dos, ó incluso tres. Esto tiene que ver con la proximidad de Rwanda, cuyo sistema funciona mejor, lo que motiva que la mayoría de la gente use la red R Cell. Además, es útil equiparse con un móvil SuperCell, que es el homólogo del R Cell en el Congo, y es compatible con aquél, lo que permite llamar directamente a un número de Rwanda. Por último, es inevitable disponer además de un aparato Vodacom (el Vodaphone congoleño), que funciona en todo el Congo pero desgraciadamente no en Rwanda. El resultado es que toda esa gente lleva sus dos o tres aparatos último modelo en una bolsa de mano, y los coloca en los espacios disponibles del coche, bien a la vista, asegurándose además de que tanto los modelos de los aparatos como los timbres sean distintos, para no equivocarse cuando suena uno de ellos.

Claro que todo esto no es gratuito, pero aquí el truco consiste en comprar una tarjeta, que se agota rápidamente, pero que permite seguir recibiendo llamadas, porque los operadores se han dado cuenta en seguida que les compensa permitirlo, puesto que el feliz usuario terminará siempre gastando algo de su paga del mes para dedicarse a su pasatiempo favorito: llamar a un amigo para hablarle de su nuevo móvil.

GOMA

Una ciudad arrasada. En Enero del 2002 el volcán Nyiragongo vertió un río de lava sobre la ciudad. Ahora es un inmenso campo de roca negra volcánica sobre el cual van surgiendo barracones, casas de madera, edificios de piedra y hormigón. Cuando alguien quiere construir, primero pone un buldózer a quitar las rocas y allanar el terreno. Las ruinas siguen allí, medio hundidas en la lava, calcinadas. Carcasas de camiones quemados flotan sobre ese mar de fuego solidificado. La gente deambula en medio de ese paisaje de luna habitada, vende, compra, circula como si todo esto fuera normal. Lo es, para ellos. Mujeres equipadas con cubos de plástico amarillo se adentran en los campos de lava y van recogiendo piedras pequeñas que amontonan al borde de las calles para venderlas. Están semihundidas en los huecos de la rocalla, y de vez en cuando emergen con su cubo lleno para llevarlo al montículo que van formando.

Aquí no hay turistas, y por lo tanto no hay mendigos, o casi. Los niños se pelean por una caja de cartón. Pasan mujeres hermosamente vestidas, elegantes, alguna con zapatos de tacón, que van pisando las piedras con precaución. Hay un hotel de lujo al borde del lago, un enclave paradisíaco donde los representantes de las ONG's, de la MONUC, de la FAO, del PAM, de COFAD, de OXFAM y muchos más se reúnen, escriben sus informes y se relajan. Mañana saldrá Raphael de COFAD, va "sobre el terreno", es decir, al interior. Misión de "evaluación". Seis horas de viaje para dos horas in situ. Después redactará su informe y volverá a casa. Los paisanos del lugar quizá recuerden el día en que aparecieron cinco coches repletos de europeos, más un vehículo escolta de la MONUC, para hacerles preguntas a través de un intérprete. Querían saber cómo vivían, qué cultivaban, si les alcanzaba la comida. Parecían dudar de sus técnicas de cultivo. Lo que no preguntaron es si les dejaban vivir en paz, o si la causa de su precaria condición no era la presencia de bandas armadas que les robaban la comida y les secuestraban a cambio de un rescate imposible de satisfacer. A la vuelta, Raphael me dice que le parece importante convocar una reunión a nivel superior para evaluar si la estrategia de asistencia es la única válida, o si existe la posibilidad de fomentar una mayor capacidad productiva y de autosuficiencia. Problema harto complejo que habrá que debatir entre expertos internacionales…

SOR BÁRBARA

El otro día, a Sor de los Ángeles Bárbara Pustulka, le dieron un gran susto. Cuando trasladaba a un enfermo de su centro de salud en Tamugenga al hospital de Rutshuru, al norte de Goma, la asaltaron. No sabe si fue un soldado disfrazado de rebelde, o un rebelde vestido de falso soldado, o un bandido cualquiera. El individuo le quitó el dinero, el móvil, hasta el reloj. "Pequeñas cosas", dice ella. Por suerte, el asunto no fue a mayores, y no le quitó la cruz que lleva colgada de una larga cadena.

Eso pasó una semana después de que unos rebeldes Interhamwe asaltaron su pueblo y mataron al jefe de la agrupación de pueblos. ¿Habrá sido una venganza, o una advertencia? Nadie lo sabe. Por ahora, han recomendado a Sor Bárbara y a Sor Anna que se queden en la parroquia en Rutshuru y no salgan por un tiempo.

Sor Bárbara es delgada y frágil, tiene una tez clara, casi transparente. Se disculpa con una sonrisa tímida de no poder atender a sus enfermos. Por suerte, las hermanas africanas y las enfermeras siguen allí trabajando.

Nosotros seguimos nuestra ruta camino de Karambi, cerca de la frontera con Uganda. No hay peligro, según me dice mi guía Oswald, porque las horas centrales del día son seguras. Pero a partir de este momento, cada vez que nos cruzamos con un soldado caminando al borde de la carretera con su rifle en ristre, me viene la misma pregunta: ¿Llevará éste el reloj de Sor Bárbara?

VOLCANES Y GORILAS

Al norte de Goma, donde se juntan el Congo, Rwanda y Uganda, se yerguen los 13 volcanes que marcan la falla de la región de los Grandes Lagos. Allí, en una niebla casi constante, se esconden los últimos "Silverback", los viejos gorilas con la espalda plateada. En el último recuento, se han visto cinco o seis familias de una docena de ejemplares. Un conocedor del lugar me hace la siguiente descripción: "Por 350 dólares, un guía le conduce a su encuentro. Cuando uno se acerca, los pequeños acuden, y empiezan a hurgar en tus bolsillos a la búsqueda de caramelos. La madre vigila a media distancia, recelosa. En este momento, es muy importante no moverse.
Cualquier movimiento podría ser interpretado como una amenaza contra la cría, y la represalia sería inmediata. Mientras tanto, los guías entablan con los gorilas adultos una especie de diálogo hecho de onomatopeyas. De repente, uno tiene la impresión de encontrarse con unos pre-humanos, y de establecer con ellos un contacto en el cual la ininteligibilidad de los intercambios no impide la comunicación".

Al otro lado de la frontera, en Ruhengeri en Rwanda, se estableció el campo base de la película "Gorilas en la niebla", que relataba la historia de esta vieja americana que dedicó su vida a la observación de los grandes primates. En el corazón de la vegetación lujuriante del bosque de África Central vagan todavía los vestigios de una de las especies animales más cautivadoras del planeta. Y uno se pone a imaginar que, en una tarde de tormenta, cuando se despierta un volcán y escupe su lava, los gorilas aúllan al unísono y se golpean el pecho, en un estruendo de fin del mundo.

LOS UNOS Y LOS OTROS

Los Unos son altos, los Otros son más bajos. Dicen que son los mismos
Los Unos llevan su ganado, desganados, los Otros cultivan su campo
Los Otros no se fían de los Unos, los Unos no se fían de si mismos

Los Unos son muy listos, los Otros no son tan tontos
Los Unos se lo montan bien, Uno encima del Otro
Hay más Otros que Unos, de ahí el exterminio

Cuando se abre la veda, los Otros van a por los Unos
Cuando se cierra la veda, los Unos abren la gachacha
De veda en venganza, y de venganza en veda, va el pueblo y se mata

Ésta es la historia de Rwanda, un país de contrastes
Poblado por dos etnias, despoblado por sus huestes
Los Unos son los Tutsis, los Otros son los Hutus

Hutus y Tutsis, Tutsis y Hutus,
Tutsis y Hutus, Hutus y Tutsis,
Hutus y Tutsis, Tutsis y Hutus,

LA MUJER NEGRA

La mujer negra es muy coqueta
Se alisa el pelo, o lleva peluca
Sale por la tarde maquillada, lleva bisutería
Su mejor vestido, zapato delicado
Y con este atuendo avanza en el barro y el polvo
Pasa delante de las tienducas destartaladas y sucias
Evita los escombros tirados por la acera,
Los coches pitando,
La muchedumbre harapienta
Y se dirige hacía no se sabe qué
Cita con las amigas o el novio
Para tomar un refresco en un tugurio
Maloliente y ruidoso

Pasa sin mirar
No tiene prisa
La mujer negra

PADRE BONBONS

En Burhiba, nos lleva el padre Luis arriba la colina, hacía el pueblo que los habitantes llegados del interior han ido montando como un gran juego de niños, poniendo aquí y allá sus casas de madera y paja, entre plátanos y diminutas huertas, consiguiendo recrear una ilusión de hogar. Se ven casas sobre pilotes con un pequeño balcón y barandilla debajo de un alero, al cual se accede por una escalera de tres o cuatro peldaños. Las mujeres se sientan, charlan, echan un ojo distraído a los niños, y nos saludan. El padre Luis bromea con ellas en swahili, todas le conocen. No hay caminos, se circula serpenteando entre las casas, siempre por subidas y bajadas. En un repecho nos topamos con una fuente del agua que baja por tuberías de la cima de la colina donde han instalado un depósito que la recibe de los manantiales del monte. La gente viene a llenar sus bidones amarillos y azules, haciendo cola.

Los niños nos siguen un rato, interpelando al padre Luis: "¡Padre bonbons, padre bonbons!". Pero él les dice que no, que el padre bonbons ha muerto hace ya muchos años. No hay caramelos para tantos niños. De vez en cuando, se acerca uno y nos coge la mano, sin apretar. Es un contacto suave, liviano. No es un saludo, sólo un contacto, una forma de hacer fluir del uno al otro esa corriente vital que da fuerza y seguridad. El niño africano vence su timidez para buscar ese tacto físico, quizás una protección, la sensación de estar unido a un ser que él percibe como más fuerte, del cual le puede venir algo bueno. Él no soltará esa mano que le acoge, parece que podríamos conservar la suya en la nuestra mucho tiempo, que no hace falta buscar una conclusión a ese encuentro. Y cuando por fin retiramos la nuestra, como en una historia que tiene que terminar, tenemos una sensación de responsabilidad, la conciencia de que a este niño tenemos que darle algo, que debemos merecer la confianza que deposita en nosotros con su pequeña y caliente mano. Los niños son la realidad presente de África, y en sus ojos brillantes se reflejan las inmensas ansias de todo un continente por alcanzar ese bien intangible, el más preciado, antes que los caramelos, que es la dignidad.

Thierry Reyners

Goma, Junio 2005

Nota de agradecimiento: A los Padres Blancos, Misioneros de África, que me han acogido como si fuera su hermano. Que me perdonen por pretender decir en una semana lo que ellos no se atreven a afirmar después de 30 años sobre el terreno.

  © Manos Unidas 2004

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