| ECOS DEL SUR 17 de junio de 2004 | |
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TESTIGOS MOLESTOS La misionera laica brasileña María Elilda dos Santos se ha visto obligada a abandonar Mozambique, debido, según afirma ella misma, a las "presiones" de las autoridades locales de la provincia de Nampula, donde ha estado trabajando junto a los sectores más desfavorecidos de la población durante los últimos nueve años. A finales del año pasado, María Elilda y las Siervas de María del monasterio Mater Dei de Nampula, entre las que se encuentran cuatro españolas, habían denunciado a las autoridades locales la desaparición de más de cien niños y adolescentes de la zona y el hallazgo de fosas comunes que contenían cuerpos de menores a los que habían extirpado algunos órganos. El informe de las misioneras, acompañado de fotografías y pruebas documentadas, apuntaba a la posible existencia de una red internacional de tráfico de órganos. Las autoridades de Nampula manifestaron poco interés en investigar las misteriosas desapariciones de niños y la aparición de cadáveres sin los órganos internos. Más aún, algunos medios de información locales lanzaron una campaña basada en "comunicados oficiales de prensa" para echar tierra sobre el asunto y desacreditar a las misioneras que lo habían denunciado. Como tantas veces ocurre, se trataba de matar al mensajero en lugar de afrontar el problema. María Elilda dos Santos y las Siervas de María recibieron numerosas amenazas de muerte y, hasta el momento, han escapado a cuatro emboscadas organizadas por quienes quieren silenciarlas a toda costa. Otra misionera, ésta luterana, que también había denunciado el secuestro de menores y el tráfico de órganos, tuvo menos suerte. La brasileña Doraci Edinger, de 53 años, fue asesinada el 23 de febrero en su apartamento de Nampula. La Federación Luterana Internacional ha insistido, sin mucho éxito, ante las autoridades mozambiqueñas para que aceleren la investigación con el fin de esclarecer lo sucedido. Podría ser una simple casualidad, pero todo parece indicar que el asesinato de la misionera tuvo mucho que ver con el asunto de los niños desaparecidos. El apoyo internacional a las misioneras, que no han desistido de su empeño a pesar de las amenazas, ha conseguido que el caso haya despertado el interés del presidente de la Cámara de los Diputados de Mozambique, del Parlamento Europeo y del presidente de la Comisión Europea, el italiano Romano Prodi. En Nampula, como en muchos otros lugares del mundo, los misioneros y misioneras son signos de esperanza para unos y testigos molestos para otros. Su fidelidad al Evangelio de Jesucristo les mueve a proclamar la verdad y la justicia y a compartir la suerte de los más débiles, aún con riesgo de sus propias vidas. Por eso, su presencia se convierte en una manifestación del amor de Dios para los pobres, los niños de la calle, los refugiados, los enfermos de sida, los pueblos indígenas, y para cuantos son despreciados y abandonados por la sociedad. Sin embargo, esa misma presencia molesta a quienes no dudan en pisotear la dignidad y los derechos de los indefensos para mantener sus posiciones de privilegio. Mundo Negro. Nº 486. Junio de 2004 |
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