Plántale cara al hambre: Siembra - #ManosUnidasSiembra

Asi sembramos en Manos Unidas. Integración en Tailanda

Martes, 12 julio, 2016

Con motivo del Día Mundial de los Refugiados y en el marco de nuestra campaña, "Plántale cara al hambre: siembra" en Manos Unidas nos hemos trasladado a Tailandia donde hemos conocido la historia de Nan Phawn Awar (Mee Mee), refugiada birmana de la etnia Karen, que sin pasaporte, que cruzó la frontera hace cuatro años después de que el ejército de Myanmar (antigua Birmania) quemara su casa. Ahora vive como refugiada en Tailandia y trabaja al sur de Bangkok en una aldea de pescadores. A las tres de la madrugada, todos los días, Mee Mee comienza su jornada laboral que consiste en limpiar mejillones por 0,40 € el kg. Su marido es pescador.

Los refugiados birmanos suelen trabajar en barcos pesqueros. Muchas veces desaparecen sin dejar rastro. Foto Patricia Garrido-Manos Unidas Mee Mee trabaja limpiando mejillones desde las 3 de la madrugada por 16 bahts (0,40 €) al día. Foto Patricia Garrido/Manos Unidas

"Me llamo Nan Phawn Awar, pero todos me conocen como Mee Mee. Tengo 27 años, estoy casada y soy madre de 3 hijos. Pertenezco a la etnia Karen. En teoría, soy birmana, pero de hecho nunca he tenido pasaporte. Nadie de mi familia ha tenido nunca suficiente dinero para sacar uno. Hace 4 años, mi marido, Sang, cansado de no poder dar una vida digna a nuestra familia, a pesar de que trabajábamos 12 horas diarias, me propuso que cruzáramos la frontera y pasáramos a Tailandia.

Siempre me había dado miedo dejar nuestro pueblo, pero un día el ejército birmano llegó y quemó nuestras casas y hasta la escuelita en la que estudiaban nuestros hijos. Decían que estábamos dando refugio a los guerrilleros Karen que luchan contra el ejército birmano. Ya no teníamos nada, así que ese día cruzamos por el Paso de las Tres Pagodas, en la provincia tailandesa de Kanchanaburi. Caminamos durante 5 días con nuestros hijos pequeños por la selva hasta que finalmente llegamos a un sitio seguro, en la ciudad de Sangklaburi. Allí había mucha gente de nuestro pueblo y de las otras etnias que forman Myanmar: cientos de miles de personas nos agolpábamos en busca de trabajo para poder dar de comer a nuestra familia. Mi marido conseguía ganar algún jornal en la agricultura o en la construcción, pero apenas podíamos subsistir.

Pasados unos meses, nos hablaron de que había trabajo en los barcos de pesca que operan en la costa tailandesa, al sur de Bangkok. Nos trasladamos con nuestra familia y ahora vivimos en una pequeña casa con otros migrantes birmanos.Nuestros maridos trabajan como pescadores y nosotras, las mujeres, trabajamos todo el día limpiando los mejillones que traen los barcos. Nuestra casa está sobre montañas de conchas de mejillón y a veces los niños, descalzos, se cortan y se hacen heridas. También hay ratas y serpientes y otros animales que viven entre los desechos de los mejillones y son peligrosos.Yo empiezo a trabajar limpiando mejillones sentada a la puerta de mi casa, a las 3 de la madrugada. Nos pagan sólo 16 Bahts (0,40€) por cada kilo de mejillón sin concha y tenemos que trabajar muchas horas para poder reunir un par de cestas que vender a los intermediarios de las empresas conserveras. Mi marido vuelve a casa cada 15 o 20 días y al menos nosotros le vemos.

Somos afortunados, porque muchas de las familias rohingya que son nuestros vecinos, cuentan que sus maridos y sus hijos se pasan meses en los barcos y nunca vuelven a casa. Sang, mi marido, me cuenta que las condiciones de trabajo en los barcos son muy duras. Siempre les toca a los birmanos hacer las tareas más sucias y peligrosas, que los tailandeses no quieren hacer. Y hay muchos pescadores que no cobran nada por su trabajo, porque han sido vendidos a los patronos de los barcos.  Nosotros los Karen somos cristianos, pero la mayoría de los otros emigrantes birmanos son budistas, a excepción de los rohingya, que son musulmanes. Pero todos recibimos la ayuda de la Comisión Católica Nacional de Migraciones de Tailandia, sin importar nuestra religión. Ellos nos han ayudado a conocer nuestros derechos como emigrantes, aaprender la lengua tai, a que nuestros hijos puedan ir a la escuela, a tener acceso a microcréditos con los que poder atender las necesidades de nuestra familia. Trabajamos muy duro para sacar a nuestros hijos adelante y nuestro sueño es poder volver a nuestro país algún día y vivir allí en paz."

El Mee Mee es un ejemplo de la vida de que las 8.325 personas beneficiarias de uno de los proyectos que apoyamos a la Comisión Católica Nacional de Migraciones(NCCM)socio local de Manos Unidas en Tailandia que depende de la Conferencia Episcopal del país asiático.

Asi sembramos en Manos Unidas. Integración en Tailandia

Tailandia es uno de los países de Asia con más refugiados e inmigrantes no registrados (unos 3 millones; 4,3% de la población). Sus derechos humanos son vulnerados constantemente, lo que convierte al país en uno de los que tienen peores índices en el mundo en cuanto a trata y tráfico de personas para su explotación laboral y sexual. Allí, Manos Unidas realiza, desde agosto de 2015, un proyecto de “Empoderamiento de trabajadores birmanos y sus familias” por un importe de 87.835 euros, que beneficia directamente a 8.325 personas. El proyecto se lleva a cabo en el área metropolitana del Gran Bangkok y en la zona fronteriza de Kanchanaburi, donde se ubica la zona de Three Pagodas Pass.  Los años de agitación política y la lucha armada entre el Gobierno de Myanmar y el Ejército de liberación del Estado Karen, han ocasionado grandes desplazamientos de personas y familias.

En estas provincias se calcula que hay más de 350.000 inmigrantes (entre ellos, población de la minoría rohingya, especialmente perseguida y masacrada en los últimos 20 años) susceptibles de arrestos o expulsión, que son víctimas de la explotación por parte de funcionarios corruptos o empleadores sin escrúpulos, y con muchas dificultades para acceder a los servicios sociales básicos a los que tienen derecho. Manos Unidas lleva más de 10 años trabajando junto a la Comisión Nacional Católica de Migraciones (NCCM), dependiente de la Conferencia Episcopal Tailandesa, para facilitar a esta población oportunidades educativas, un mejor conocimiento de la lengua y la cultura tailandesa, y un conocimiento sobre la legislación reguladora de sus obligaciones y derechos, y también acceden a microcréditos a través de las organizaciones comunitarias de base. Todo ello les facilita la integración sociolaboral en el país de acogida.

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