Monseñor Ortega, nuncio apostólico en Iraq, ante la V reunión sobre la crisis humanitaria en Siria e Iraq

Mañana, 29 de septiembre, el Pontificio Consejo Cor Unum organiza un encuentro para tratar la crisis humanitaria en Iraq y Siria. "Esta reunión sirve para sensibilizar a la Iglesia y a la comunidad internacional de la necesidad de seguir ayudando a estos países. La emergencia inicial provocó una gran generosidad, pero con el tiempo, las necesidades continúan y las ayudas no son tan numerosas”.

Monseñor Ortega en los Servicios Centrales de Manos Unidas.

Mañana, jueves 29 de septiembre, tendrá lugar en Roma la quinta reunión sobre la crisis humanitaria en Siria e Iraq, promovida por el Pontificio Consejo "Cor Unum", y que contará con la presencia de alrededor de cuarenta organizaciones católicas dedicadas a la caridad y la solidaridad, así como representantes de los episcopados locales, congregaciones religiosas que trabajan en el Medio Oriente, y los nuncios apostólicos en Siria e Iraq.

El conflicto en Siria e Iraq ha producido una de las crisis humanitarias más graves de las últimas décadas y está permanentemente en el foco de la atención internacional.

Las cifras que arroja la guerra, desde el año 2011, son dramáticas: se ha cobrado casi 300.000 víctimas y un millón de heridos. Más de 13,5 millones de personas necesitan asistencia humanitaria en Siria y más de 10 millones en Irak. En Siria hay 8,7 millones de desplazados internos, y más de 3,4 millones en Irak y, por si fuera poco, 4,8 millones de refugiados sirios han huido a la zona de Oriente Medio, especialmente a Turquía, Libia y Jordania.

La Santa Sede, además de su actividad diplomática, participa activamente en programas de ayuda y de asistencia humanitaria. En los dos últimos años, ha movilizado alrededor de 400 millones de dólares que han beneficiado a más de 9 millones de personas. 

Entrevista a Monseñor Ortega

Monseñor, me gustaría empezar remontándome al momento en el que el Papa le nombró Nuncio Apostólico en Iraq y Jordania, hace poco más de un año. ¿Qué sintió en ese momento? Un año después, ¿cómo se siente ante los “retos” de ser el representante del Santo Padre en esa parte del mundo?

Aunque uno se prepare para cualquier posible misión, siempre es una sorpresa. Por una parte, sentí una gran gratitud, por la confianza del Papa y por el encargo que se me confiaba y, al mismo tiempo, una gran desproporción ante un reto así, que se supera solamente con la confianza en el Señor, que es El que llama, y un sentido de una gran responsabilidad, ante una tarea que no es fácil. Un año después, ya con experiencia, sigo viendo que es una misión que supera mis fuerzas, y que solo puedo llevar a cabo con la ayuda que me brinda la Iglesia, en todos los sentidos, para intentar representar al Papa de la mejor manera posible en un lugar con una situación muy delicada, que está muy cerca del corazón del Papa, y donde la Iglesia tiene puesto, también, un interés privilegiado. 

Antes de este destino, usted ha trabajado en las representaciones pontificias en Nicaragua, Sudáfrica y Líbano. ¿Qué recuerdos tiene de su trabajo en esos países?

Tengo recuerdos muy bonitos con situaciones muy distintas, con la belleza de la vida de la Iglesia, y de cómo, en contextos muy distintos, hace una labor estupenda: Nicaragua, un país de tradición católica con muchos desafíos; Sudáfrica, donde los cristianos, los católicos, eran una minoría, pero donde desempeñaban una labor, sobre todo social y asistencial, por ejemplo, con los enfermos de Sida, que era realmente admirable; y Líbano, una experiencia muy bonita en el país de Oriente Medio donde, quizá, hay más cristianos y donde desarrollan también un papel privilegiado a nivel político y administrativo, ya que el Presidente es cristiano maronita. La vida de la Iglesia que aporta mucho a la vida de los países. 

Desde su trabajo en la Secretaría de Estado del Vaticano, ya seguía muy de cerca el drama de los cristianos perseguidos en Oriente Medio. ¿Cómo vive la Iglesia esa situación? 

Pues se vive con mucha preocupación, ya que en los últimos años ha habido una disminución bastante acentuada. Por ejemplo, en Iraq, en 2003, el año de la invasión de la Coalición que derrocó a Sadam Hussein, se contaba que había entre un millón cuatrocientos mil y un millón quinientos mil cristianos, y ahora se habla ya de 300.000 o 400.000. Una disminución dramática que es una pérdida no solamente para la Iglesia, ya que es Tierra Santa y es importante su presencia en estos países, sino también para toda la sociedad, ya que en estos países los cristianos desempeñan un papel muy importante como artífices de paz, de reconciliación, de desarrollo. Se intenta hacer lo posible por ayudarles a permanecer, por el bien de la Iglesia y de toda la sociedad. 

Mañana, 29 de septiembre, el Pontificio Consejo Cor Unum organiza un encuentro para tratar la crisis humanitaria en Iraq y Siria. Se cumplen 5 años de esa guerra, y no parece que los estados se pongan de acuerdo ni para treguas que permitan la ayuda humanitaria. ¿Qué espera como resultado del encuentro? ¿Qué solución cree que tiene la inmensa pérdida de vidas humanas y la ruina en todos los sentidos de aquel país?

Creo que es un encuentro bastante útil, primero de todo para que se hable de la situación de esos países, por ejemplo, de Iraq, del que se habla poco, y que tiene una situación bastante delicada y donde hace falta mucha ayuda. Esta reunión sirve también, indirectamente, para sensibilizar a la Iglesia y a la comunidad internacional de la necesidad de seguir ayudando a estos países. La emergencia inicial provocó una gran generosidad, pero con el tiempo, las necesidades continúan y las ayudas no son tan numerosas. Otro aspecto positivo de la reunión es ayudar a las diversas organizaciones que trabajan con muchísima generosidad. Es conmovedor ver en Iraq y en Siria cómo ayudan con una gran generosidad a través, y en colaboración, con las Cáritas locales y algunas instituciones religiosas. Y es conmovedor ver cómo la Iglesia se ha volcado, sobre todo a través de grandes instituciones, como Ayuda a la Iglesia que Sufre o Manos Unidas, a ayudar a los refugiados, a la gente que sufre, a los cristianos, a los musulmanes. Coordinar esta ayuda, y darla a conocer, es también un elemento positivo.

Las perspectivas para el futuro no son demasiado optimistas, pero sería muy importante seguir rezando y seguir haciendo de alguna manera una "sana presión" a la comunidad internacional para que se tomen más en serio la solución de estos conflictos, sobre todo en Siria, donde el Papa ha hablado más de una vez de la necesidad de una voluntad política para resolver la situación de una manera dialogada y no solo a través de una solución militar que no resuelve nada.

Hace unos días terminaba en Nueva York la Asamblea de Naciones Unidas dedicada especialmente al drama de los refugiados e inmigrantes. En su destino apostólico actual, usted es testigo de la doble vertiente de esa realidad, tanto por los desplazados internos en Iraq, como por los cristianos iraquíes refugiados en Jordania, a consecuencia, entre otras cosas, del nacimiento del mal llamado EI.  ¿Cree que Cumbres como estas sirven para algo, o son un simple “lavado de conciencia” de los gobernantes?

Son cumbres que deberían servir para algo, ya que es un problema que interesa a todos, que todos los países, de una manera u otra, sufren las consecuencias, y sería muy importante ponerse de acuerdo, por un lado, para intentar responder lo mejor posible a la emergencia y a la situación de tantos refugiados que llegan huyendo desesperadamente de situaciones verdaderamente muy difíciles, y que no hay que olvidar que, ante todo, son personas que necesitan ayuda, no son números. Y, por otro lado, para tomar cada vez más en serio la necesidad de ayudar a los países de origen para intentar evitar que se tengan que producir estas migraciones, promoviendo la paz y el desarrollo.

Es una realidad que nos produce mucho sufrimiento, pero que tiene también elementos positivos, por ejemplo, la gran acogida que tienen los refugiados en Jordania, un país que tiene 9 millones de habitantes, de los cuales 3 millones son refugiados. Y, en ese aspecto, nosotros tendríamos que aprender de la capacidad de acogida de esos países.

El Papa acudía la semana pasada a Asís, para conmemorar los 30 años de la histórica jornada de oración por la Paz, y hablaba claramente sobre la necesidad de paz en el mundo y las consecuencias de la guerra, enmarcado todo en el Año Jubilar de la Misericordia, que estamos a punto de terminar. ¿Cómo valora usted ambas cosas? 

Yo creo que es un mensaje siempre actual y ahora todavía más. Y en ese aspecto, la participación del Papa en este encuentro ha sido providencial para mostrar, como ha repetido, que la religión debe ser un factor de paz. Todas las religiones, todos los creyentes tienen que trabajar por la paz, y pedir por la paz, colaborar unidos por la paz. Se ha vuelto a señalar la importancia del diálogo, del diálogo interreligioso para colaborar juntos por la paz. Es una necesidad, es un don que hay que implorar y, al mismo tiempo, ayudar a los responsables políticos a trabajar en favor del bien de las personas y en favor de la paz. Y en este contexto del Año de la Misericordia es una ocasión privilegiada para poner de relieve la necesidad de misericordia y la necesidad de asistencia a tantas personas y, al mismo tiempo, para poner de relieve la repercusión política de la misericordia. Yo creo que, ciertos conflictos, por ejemplo, en Oriente Medio, se pueden solucionar solamente si hay misericordia. Después de tantos años de odios, de conflictos, haría falta realmente misericordia, un perdón generoso, para poder resolver conflictos que han provocado ya demasiadas víctimas y demasiado daño. 

 

Entrevista: Pilar Seidel/Manos Unidas.

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