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Filipinas: viviendas que construyen vidas

Viernes, 31 marzo, 2017

El conflicto que azota la región de Mindanao desde hace más de cuatro décadas ha tenido consecuencias devastadoras sobre la ciudad de Zamboanga; una gran urbe que se extiende a lo largo de kilómetros por la costa de la isla más meridional del archipiélago de Filipinas. Los más de treinta años de enfrentamientos constantes han dejado tras de sí un reguero de destrucción y caos: barrios enteros desaparecidos, zonas altamente militarizadas, escenario de lucha armada; desplazamiento y éxodo masivo de la población, migración, inseguridad crónica, pobreza…

Desde principios de la década de los 70, la ciudad ha multiplicado su población casi por cinco, debido a la emigración derivada de la inestabilidad política en otras zonas del país y en la propia isla de Mindanao. Si ya en esas fechas una buena proporción de sus 200.000 habitantes se enfrentaban cada día a las consecuencias de la pobreza y de la falta de oportunidades, hoy, con cerca de un millón de habitantes, Zamboanga ha visto aumentar de manera alarmante el número de personas que viven bajo el umbral de la pobreza y que ocupan de manera informal unos terrenos a los que accedieron huyendo de la violencia, en busca de una vida en paz y concordia. Miles de personas que llegaban a un lugar extraño y se asentaban en unos terrenos que no les pertenecían, pero que por ser infértiles e inhóspitos nadie reclamaba como propios. Y así, ciertas partes de la ciudad se han convertido en albergue para miles de squatters u okupas, en el país de Asia que cuenta con un mayor porcentaje de la población carente de un título de propiedad o del derecho al uso del suelo sobre el que se levanta su vivienda.

Y en estos barrios pobres y marginales de Zamboanga es donde cientos de miles de personas se enfrentan a una constante común: la inseguridad de perder sus hogares edificados en terrenos que no son de su propiedad y la imposibilidad de hacer planes de futuro o de vivir con una mínima normalidad.

La paz es la clave

El conflicto de Mindanao es uno de los principales obstáculos que impiden el desarrollo de Filipinas y la salida de la pobreza de millones de personas. El trabajo de construcción de la paz desde las comunidades y la lucha por el reconocimiento de los derechos humanos, son la clave en la que vienen trabajando desde hace décadas los socios locales de Manos Unidas. Este trabajo, muchas veces con graves riesgos personales para los miembros de los equipos de la zona, ha dado importantes frutos y ha sido ampliamente reconocido por las autoridades filipinas y españolas.

Foto ZABIDA

Desde hace más de dos décadas Manos Unidas trabaja junto a sus socios locales del consorcio ZABIDA, dirigida por el misionero claretiano español Ángel Calvo, en procesos de construcción de comunidades con el eje vertebrador de la seguridad humana. «La falta de seguridad es la raíz de todos los problemas: vivir con el riesgo constante de perder la vivienda a causa de las inundaciones, porque la quemen o sea demolida a golpe de excavadora o porque su barrio sea tomado por los grupos insurgentes o por las fuerzas de seguridad del Estado, impide un desarrollo normal de la vida y el ejercicio efectivo de los derechos humanos de estas personas», asegura Patricia Garrido, responsable de proyectos de Manos Unidas en el sudeste asiático.

Foto Manos Unidas

En la última década, gracias al apoyo de la Cooperación Española, se ha proporcionado vivienda a más de 600 familias y actualmente a través del Convenio 14-CO1-659 se están erigiendo otras 130. Gracias a ello, estas familias podrán disponer de electricidad y agua corriente y, lo que es más importante, seguridad y reconocimiento legal. Pero estos proyectos de construcción de viviendas van más allá de la mera edificación. Se trata de iniciativas que construyen comunidades en paz, libres de conflicto y de odio.

Colabora con Manos Unidas

Las palabras «Alegría», «Solidaridad», «Paz», «Amigos» o «Manos Unidas» ponen nombre a unas calles y barriadas por las que pasean y conviven pacíficamente personas de diversas etnias y religiones que, por primera vez en su vida, pueden desarrollarse con un mínimo de normalidad y son libres para ser ellos, y solo ellos, quienes decidan su devenir. 

El reto a futuro es intentar replicar este modelo en otros lugares, pero el elevado precio del suelo complica la compra de terrenos privados para implementar nuevas fases de viviendas. Por ello, desde ZABIDA se está trabajando para conseguir que el nuevo Plan General de Ordenación Urbana del municipio contemple la constitución de un banco de suelo público para que aquellas personas a las que se conoce como «pobres urbanos» puedan edificar su futuro, cimentado a base de desarrollo, paz y justicia.     

 Texto de Marta Carreño, Departamento de Comunicación.
Este artículo fue publicado en la Revista de Manos Unidas nº 202 (febrero-mayo 2017).

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