El mundo no necesita más comida. Necesita más gente comprometida

¿Qué implica el modelo de producción agroindustrial?

Viernes, 30 junio, 2017

Históricamente, la actividad agraria ha tenido como finalidad básica proporcionar alimentos a los seres humanos. Se trata de la actividad humana que más superficie terrestre ocupa en el planeta y, por tanto, la que, al menos a nivel territorial, puede generar más impactos. El medio rural acoge al 50% de la población mundial y la agricultura es el elemento central de sus culturas y economías locales.

Recordemos que antes de la agroindustria, las sociedades rurales, especialmente en África, América y Asia, mantuvieron una agricultura tradicional (con diversidad de semillas) y una ganadería (con diversidad de razas) menos productivas pero más compatibles con la biodiversidad y con la necesidad de conservación de los recursos naturales, conscientes de que es la disponibilidad de recursos la que aseguraría su supervivencia. Era un modelo agrícola que basaba su funcionalidad en la gestión de los suelos –especialmente con la técnica del barbecho para facilitar fertilidad y evitar erosión–; la cría de ganado para consumo y fuerza de trabajo como animales de tiro; la pluviometría para el acceso al agua; los aprovechamientos forestales como leña, frutos silvestres, pesca y caza. En general, se trataba de una actividad agrícola dirigida a disponer de alimentos para consumo humano, minimizando los impactos negativos sobre el medio ambiente, especialmente la quema de rastrojos. Eventualmente, esta producción de alimentos de consumo era compatible con la producción de bienes de exportación (café, cacao, algodón, etc.), pero siempre dentro del mismo modelo de producción agrícola.

Imagen Manos Unidas

Ya en el siglo XIX, pero especialmente desde la segunda mitad del último siglo, la agroindustria como modelo de producción a la vez intensivo y extensivo, apoyada en la mecanización agraria, ha transformado el modo de producción de alimentos, su accesibilidad, su destino y la magnitud de su impacto medioambiental. Es el resultado final de la llamada modernización agraria que fue inicialmente impulsada, entre otros organismos, por la FAO, para luchar contra el hambre en el mundo.

Pero hoy, tras varias décadas, parece evidente que la agroindustria no ha conseguido su objetivo de salvar al mundo del hambre. Si bien la producción de alimentos duplica a la población mundial, hay 800 millones de personas que no pueden acceder a ellos. Como dice Olivier de Schutter: «En función del requisito de que deberían contribuir al ejercicio del derecho a la alimentación, los sistemas alimentarios que hemos heredado del siglo XX han fallado. Indudablemente se han logrado progresos considerables en relación con el fomento de la producción agrícola en los últimos 50 años. Sin embargo, esto apenas ha reducido el número de personas que padecen hambre y los resultados en materia de nutrición siguen siendo deficientes»[1].

Infografía animada - Manos Unidas
Infografía animada para conocer las consecuencias de algunos estilos de alimentación.

La razón de todo ello podría estar en la siguiente reflexión del Papa: «Se tiende a creer que todo incremento del poder constituye sin más un progreso, un aumento de seguridad, de utilidad, de bienestar, de energía vital, de plenitud de los valores, como si la realidad, el bien y la verdad brotaran espontáneamente del mismo poder tecnológico y económico. El hecho es que el hombre moderno no está preparado para utilizar el poder con acierto, porque el inmenso crecimiento tecnológico no estuvo acompañado de un desarrollo del ser humano en responsabilidad, valores, conciencia»[2].

Tratar el alimento como si fuera una mercancía más implica promover los monocultivos en grandes extensiones de terreno, utilizar métodos para almacenar y dejar fuera del mercado un producto y forzar una subida de los precios, o usar tierra para producir combustibles o para forraje del ganado, según sea más rentable, restándolos de la necesaria producción para que la gente pueda comer. Estos problemas afectan sobre todo a los campesinos pobres, que solo pueden cultivar pequeñas parcelas de tierra y que, la mayoría de las veces, no pueden competir con sus productos en el mercado global. A pesar de ello, según reconoce la FAO, unos 500 millones de pequeños agricultores alimentan casi al 80% de la humanidad.

Imagen Manos Unidas

La producción a gran escala de alimentos, o agroindustria, provoca entre otras cosas acaparamiento de tierras por algunos países o empresas, aumento de la deforestación, aumento del uso de fertilizantes y pesticidas químicos, pérdida de biodiversidad y aumento de gases de efecto invernadero causantes de la aceleración del cambio climático.

La agroindustria tiene una incidencia significativa en el cambio climático desde varios supuestos:

  • La deforestación. Esta modalidad de expansión de tierras, sobre todo mediante incendios forestales, supone por un lado la reducción de un importante sumidero de carbono y, por otro lado, la liberación a la atmósfera de gran parte del carbono que estaba acumulado en los suelos en forma de materia orgánica. Esta actividad, según datos del IPCC (Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático) genera el 20% de las actuales emisiones de CO2.
  • Los combustibles. Tanto por su uso directo como por las grandes distancias que recorren los alimentos, este sistema necesita grandes cantidades de combustible que al final aumentan la contaminación atmosférica. Y la situación es un tanto contradictoria en el caso de los agro-combustibles. Se quería reducir las emisiones de gases de efecto invernadero pero, de hecho, el balance resulta negativo. Eso significa que se libera una mayor cantidad de carbono al producir los agro-combustibles que la cantidad equivalente en los combustibles fósiles.
  • La cría industrial de ganado. Si se considera la cadena productiva completa del ganado, incluyendo la deforestación para tierras de pastoreo y producción de forraje y, sobre todo, los residuos animales, la producción de carne produce el 18-25% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, lo cual supera a todo el transporte mundial.

Foto Marta Carreño Manos Unidas

La alternativa de la Campaña: compromiso con un consumo y producción sostenibles en torno a la agricultura familiar

Como dice el Papa en la citada encíclica: «Es posible volver a ampliar la mirada, y la libertad humana es capaz de limpiar la técnica, orientarla y colocarla al servicio de otro tipo de progreso más sano, más humano, más social, más integral… Por ejemplo, cuando comunidades de pequeños productores optan por sistemas de producción menos contaminantes, sosteniendo un modelo de vida, de gozo y de convivencia no consumista»[3].

En esa línea, Manos Unidas quiere apoyar un modelo productivo sostenible que busca integrar la producción agrícola y el medio ambiente, y donde el protagonismo sea de las familias campesinas que luchan por su seguridad alimentaria. Un modelo compatible con los ecosistemas de cada región y su biodiversidad, con la cultura agraria, alimentaria y con los niveles de modernización técnica de cada zona; respetuosa con distintos recursos naturales, sobre todo agua y bosques.


[1] Olivier de Schutter, Informe final: El potencial transformador del derecho a la alimentación, A/HRC/25/57/, 2014, p.4.

[2] Laudato si' 105.

[3] Laudato si' 112

Texto del Departamento de Estudios y Documentación 
Fragmento del Informe a fondo publicado en la Revista de Manos Unidas nº 202 (febrero-mayo 2017).

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