| NOTICIAS 5 de abril de 2006 | |
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Profesor Andrea Riccardi |
| Eminencia, Señores Obispos, queridos amigos, Os doy las gracias por la invitación a tomar la palabra en este Foro Intercontinental 2006, que toca un problema decisivo del ser cristianos y del ser hombres hoy, ante el mundo contemporáneo. ¿Es posible otro mundo? Y yo, ¿qué puedo hacer? son interrogantes todavía más apremiantes después del examen de conciencia sobre la caridad que ha introducido la primera encíclica de Benedicto XVI, Deus caritas est, que quizá debería ser tomada más profundamente en serio de lo que se hace. Están, además, los interrogantes impuestos por el dolor de millones de hombres y mujeres, pobres, aplastados por la guerra y la ignorancia. Concentrados sobre nosotros mismos en un mundo globalizado Hoy nos encontramos en una situación diferente de la de hace algunas décadas: la globalización nos hace rápidamente partícipes de noticias de todo el mundo. Se sabe mucho y pronto: el hambre de tierras lejanas, la guerra, la opresión. Las imágenes del dolor nos alcanzan. No se puede olvidar que la Cruz Roja nació en la segunda mitad del siglo XIX, contemporáneamente a la invención de la fotografía, cuando se difundieron las imágenes de los heridos. Se tenía que hacer algo por aquellos sufrientes lejanos. Hoy vemos mucho, casi todo. No sólo al hombre medio muerto -como el buen samaritano- al borde del camino que recorría, sino también al que está en medio de caminos remotos. Ante la información cotidiana che amontona ante mí imágenes y noticias, surge en cada uno la pregunta: ¿qué puedo hacer? La complejidad de las situaciones, a menudo incomprensibles (¿qué se comprendía de lo que estaba sucediendo en Ruanda en 1994?), las dificultades concretas, los límites de la fantasía y la generosidad, con frecuencia empujan a esta respuesta: ¡No se puede hacer nada! ¡Yo no puedo cambiar el mundo! Ante una información globalizada y cotidiana, se desarrolla el rito de la impotencia y de la resignación. Este rito confirma la actitud por la que cada uno se concentra en sí mismo. Es un fenómeno extraño –advierte Franck Furedi- que en esta rica sociedad nuestra crezca la convicción de ser víctimas, necesitados de ayuda y de atención. El dolor de los otros asusta en una sociedad dominada por la psicología, donde la cuestión principal se convierte en cómo yo estaré en grado de vivir las experiencias y qué medios necesitaré. Nuestras sociedades occidentales están enfermas de victimismo y son poco capaces de pensar en términos de don o sacrificio por el otro. La idea de que me sea impuesto o yo mismo me imponga un límite a mi "yo" me asusta. De hecho, todo lo que significa destino común, vida comunitaria, incluso vida familiar, y, por tanto solidaridad con las aventuras humanas de los demás, acaba representando un yugo para mi "yo". La felicidad acaba siendo la expansión máxima de mi yo y de sus consumos, y limitarla es una tristeza. Además, los dolores lejanos hoy encuentran una acogida muy modesta en el discurso político. En los tiempos del marxismo imperante había categorías (por ejemplo, la liberación o la revolución) que simplificaban la historia del Sur del mundo con la emancipación de la colonización. Pero hoy esto ha terminado justamente. Hoy, para ser capaz de atraer consenso, la política debe girar alrededor del "yo", mimarlo, prometerle expansión. Vivimos en un escenario político dominado por la dictadura de lo inmediato. Los largos plazos y lo lejano interesan poco y no rentan casi nada. Aún encontrándose en una fase en que la occidentalización se presenta vencedora, nuestros países europeos occidentales han escogido, sin embargo, concentrarse en lo inmediato, en ellos mismos, reduciendo el compromiso con las cuestiones internacionales. La etapa de la globalización no es tiempo (salvo por motivos económicos) de extroversión interesada hacia países lejanos, especialmente si atraviesan situaciones difíciles o son pobres. Estamos en un tiempo en que el pan y la paz de los demás interesan relativamente poco. Estamos en un tiempo en que cambiar el mundo interesa poco. No aumenta (es un fenómeno europeo) sino que disminuye el número de los trabajadores de la solidaridad (aunque permanezca consistente). La vida es más difícil también para el que está bien. Las familias se han reducido y por tanto está la responsabilidad de hacerse cargo de los ancianos. Un mundo que ama poco la vida de los vecinos, difícilmente amará la de los lejanos. ¿Qué espacio hay para los demás? Sobre todo para quien sufre lejos de nosotros, cuyos gritos puedo silenciar bajando el volumen del televisor, ¿qué espacio hay? Al hombre y a la mujer del 68 y de los años sucesivos, sumergidos en un prometeico voluntarismo que les empujaba a creer que podían cambiar deprisa el mundo, les ha seguido gente concentrada en la fatiga de vivir, que se reconoce impotente para incidir en la historia. ¿Soy pesimista? En realidad, con los años en contacto con los dolores del mundo, en países abandonados, he conocido a quienes han tomado en serio la posibilidad de hacer este mundo distinto. Esa gente existe, pero el clima general es preocupante. Una reserva de humanidad Estoy convencido de que los cristianos son una preciosa reserva para hacer menos inhumano este mundo. Aunque con frecuencia deban ir a contracorriente. Su solidaridad es amor, amor laborioso, inteligente, que brota de la fe. Lo digo humildemente en referencia a la Comunidad de Sant'Egidio y su lazo con los pobres: la fidelidad a situaciones difíciles, la fuerza con que se ha perseguido la paz, no habrían sido posibles sin oración y fe vividas. Escribe Benedicto XVI en su encíclica: "el contacto vivo con Cristo es la ayuda decisiva para continuar en el camino recto". ¿Qué camino? Ese que, ante una necesidad desmedida, no cede a la resignación ni recurre a la ideología o a la violencia. Ante el abismo de la miseria y la locura de la guerra, es humano resignarse. Es fácil renunciar, como sucede con frecuencia a nivel de las clases políticas o intelectuales. Dirigiéndose a los jóvenes en Colonia, Benedicto XVI ha declarado: "sólo de los santos, sólo de Dios proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo. En el siglo pasado vivimos revoluciones ... La absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo, se llama totalitarismo". Y ha añadido: "¿Cómo puedo contribuir yo a la presencia de Dios en el mundo? (Se debe) aprender a perderse uno mismo y precisamente así encontrarse". Nosotros los cristianos no hemos renunciado a cambiar el mundo, dejándonos burlar por el mal, reduciendo la fe a un sentimiento de impotencia sumisa. No hemos renunciado a cambiar el mundo. El Evangelio de Jesús traza el camino: es el camino del Maestro, que no pasó indiferente ante los enfermos, los leprosos, los cojos, los hambrientos, los muertos, o las lágrimas de las mujeres y el dolor de un padre. Jesús se conmovió ante ellos. Incluso una sola vida, aunque se esté apagando, es de un valor precioso. Quien salva una vida frágil, cambia el mundo. La vida de todo viviente es un valor inconmensurable. La sangre del hombre es preciosa ante Dios. Para nosotros, el valor de una vida no es económico: incluso una sola vida vale una lucha. Todos estamos tentados de ceder ante la impotencia y la indiferencia que hay en el ambiente. Jesús quedó dolorido por la impotencia de sus discípulos para curar a un epiléptico: "¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?" -le preguntan. Él responde: "Esta clase [de demonios] con nada puede ser arrojada sino con la oración" (Mc 9, 28-29). Jesús enseña a los discípulos que la fe es el corazón de todo amor hacia los hombres: "todo es posible para el que tiene fe". Sin fe la solidaridad languidece, es incapaz de atravesar el umbral de lo que normalmente se define como imposible. Se renuncia a amar, a cambiar, a ayudar. Es imposible. Al final poco es posible. La fe no nos deja perder la esperanza de lo imposible. Nos libera de la resignación o de la desesperación. Quien está resignado o desesperado acaba viviendo para sí mismo: "habiendo perdido toda esperanza -dice Pablo- se entregaron al libertinaje..." (Ef 4, 19). El libertinaje es el derroche de la propia vida. La fe nos mantiene firmes en el amor imposible: es posible amar incluso a quien nos resulta hostil. La fe conserva el amor entre las dificultades de un mundo a veces duro y sin corazón. El Padre Ceyrac, de más de 90 años, jesuita en India desde 1937 y amigo de los pobres, no ha perdido la esperanza: "Hemos nacido en un mundo injusto, pero no lo dejaremos antes de haberlo cambiado". Testigos del Evangelio y amigos de los pobres La tenacidad del amor está detrás de muchas historias de solidaridad escritas en el Sur del mundo, que vosotros vivís. Estas vidas cristianas son una reserva de humanidad para un mundo que, como nuestro occidente europeo, se resigna educada y correctamente a ser inhumano. Lo hace penalizando las existencias de los más débiles: son los ancianos (a los que el progreso permite vivir más pero a los que nuestra sociedad ordena que deben marcharse porque ocupan demasiado sitio), son los niños, los que todavía no han nacido, son los discapacitados o los extranjeros, y después, son sobre todo los pobres del mundo: los 1200 millones que viven con un dólar al día, los 900 millones de analfabetos, los 800 millones que sufren por el hambre o la malnutrición. Para los cristianos, sus vidas, aunque no sean útiles, sí son importantes. Pero no somos sólo los especialistas de la solidaridad o de los mundos exóticos, que lanzan algunos llamamientos (más o menos escuchados). Creemos tener un mensaje que se dirige al corazón del mismo Norte: que no hay un gran futuro cerrándose en sí mismo. Estamos llamados a inquietar a nuestros compatriotas. ¿Se puede vivir sólo para sí? Las imágenes de hombres, mujeres y niños aplastados por la miseria, son preguntas para todo europeo. En el pobre, en el prisionero, en el hambriento, nosotros vemos a Jesús que se identifica en los pequeños, tal y como se lee en el capítulo 25 del Evangelio de Mateo. En su pregunta, hay una invitación para no vivir para uno mismo sino para los demás, una invitación a vivir para Él que ha muerto y resucitado por nosotros. Comunicar el Evangelio en Europa es también abrir los corazones y los oídos de los europeos a los pobres del mundo. Quien habla del Evangelio habla también por millones de míseros. San Ambrosio, gran obispo de Milán, inquietaba así a sus conciudadanos: "Ante la puerta de tu casa, grita quien no tiene vestidos para cubrirse y tú lo desprecias; implora el desnudo y tú, sin embargo, te preguntas con qué mármoles preciosos cubrirás tus suelos. El pobre te pide un poco de dinero y no lo obtiene; te pide un pedazo de pan y a tu caballo se le trata mejor que a él… El pueblo tiene hambre y tú cierras los graneros… Desgraciado, en tus manos está la suerte de numerosas personas: podrías salvarlas de la muerte, pero no tienes la voluntad" Es necesario que el Evangelio vuelva a inquietar a los europeos, encerrados en sí mismos e insensibles a lo que está fuera de su entorno. Una vida que no se deja tocar por los pobres se vuelve arrogante y vacía. El gran Gregorio, Obispo de Roma en un tiempo difícil de choques de civilizaciones, advierte: que nadie se sienta seguro porque no roba y utiliza sus bienes de acuerdo a la justicia. El rico epulón del Evangelio es la figura del hombre de nuestro tiempo: "la condena al infierno -dice Gregorio- le fue dada porque no conservó el sentimiento de temor en la felicidad, porque se volvió arrogante a causa de las riquezas que poseía, sin ningún sentimiento de piedad...". El Evangelio introduce temor y responsabilidad en la felicidad y en la riqueza. Quien cierra el corazón al pobre se vuelve arrogante y su felicidad se convierte en condena. La parábola del rico epulón y del pobre Lázaro se corresponde bien con los europeos que, imperturbables, banquetean espléndidamente mientras los pobres Lázaros viven como animales a las puertas de su mundo. Lo que impresiona a Gregorio del rico epulón es que ve a Lázaro pero no siente piedad hacia él. ¿Cómo es posible? También nosotros vemos, pero la piedad se ahoga bajo las preocupaciones por nosotros. Es la tentación de nuestro tiempo: construir una sociedad arrogante porque no tiene piedad. El libro de los Proverbios enseña: "Quien cierra su oído a los gritos del pobre no obtendrá respuesta cuando grité" (Prov 21, 13). De hecho, ya no sabemos invocar y no escuchamos respuesta. Aquí radica el punto decisivo de la dureza de los corazones y de la cultura, que sólo el Evangelio puede romper. Evangelizar es salvar el mundo europeo de la arrogancia en la felicidad; es también abrir el corazón y los ojos hacia los pobres del mundo. Porque no se puede vivir como vivimos en el Norte, prescindiendo de cómo viven miles de millones de hombres y mujeres en el Sur. El pan y la palabra Gregorio Magno afirma que los pobres no son sólo los asistidos: "Cuando veáis a los que son humillados en este mundo, aunque os parezca que descubrís defectos, no los despreciéis, porque quizá la pobreza es para ellos la medicina que sana las heridas y las debilidades humanas. Si encontráis en ellos defectos que es necesario corregir... dadles con el pan vuestra palabra, el pan que nutre y la palabra que corrige, de forma que reciban un doble alimento aunque hayan pedido sólo uno, y queden saciados de alimento y, en lo íntimo, de la palabra que ilumina. Por tanto, cuando el pobre se equivoca debe ser amonestado pero no despreciado, y si en él no encontramos defecto alguno, debe ser venerado como intercesor... por tanto, todos son honrados y es necesario humillarse ante todos, porque no sabemos quién de ellos es Cristo". El desprecio de los pobres es creer que sólo necesitan pan. La experiencia de Sant'Egidio en Europa es darse cuenta de que los pobres no son sólo estómago. Necesitan afecto, amistad, estima. Por esto nuestro estilo en el trabajo con los pobres trata de ser la relación con un familiar en dificultad, que no es sólo un necesitado, sino un pariente. El gran mundo de los pobres, fuera de Europa, no necesita sólo pan. Los humillados de este mundo no son perfectos: se podría decir en un amplio sentido que los países pobres presentan muchos problemas. Pensemos en la corrupción, en sus clases dirigentes, pensemos también en la dificultad de ayudar por tantas deformaciones del sistema social o político. Para ayudar se necesita la palabra, es decir, se debe explicar, escuchar, comprender, tener la valentía de preguntar y a veces de pretender. La historia de Sant'Egidio con el tratamiento de los enfermos de Sida en África (para lo que Manos Unidas ha ayudado a la Comunidad) es la de una batalla con dos frentes: la adquisición de los fármacos y de los recursos para conseguirlos, pero también la discusión con algunos gobiernos africanos que habían renunciado al tratamiento diciendo que era cosa de europeos. En realidad, llevar el tratamiento al terreno -los asistidos hoy son casi 20.000- parecía una empresa demasiado grande y fatigosa. Se ha necesitado un trabajo político y cultural importante. No es más que un ejemplo. La palabra es necesaria para crear una colaboración que sea real, que implique, que responsabilice, y que no sólo sea políticamente correcta. La palabra se dirige al hombre, a su mentalidad, a su cultura: crea un intercambio y un contraste. Lo políticamente correcto es lo contrario de la palabra: es la formalidad de un intercambio que no existe. También porque en el intercambio es necesario crear relaciones verdaderas, que creen amistad y espíritu de colaboración entre los hombres y las mujeres del Sur y los del Norte. Pero la palabra es también formación. Es el intercambio de conocimientos, de métodos, de educación, que hace capaces y libres de ser responsables. Por esto no hay solidaridad sin palabra, sin intercambio o sin cultura. África La solidaridad es una necesidad. La necesidad llama a nuestras puertas. He aquí por ejemplo los inmigrantes que llegan a nuestros países. En 2003 fueron detenidos alrededor de Ceuta y Melilla 25.000 africanos y 12.400 marroquíes. En 2005 los africanos aumentaron. La crisis africana de la que se huye es profunda: en 2002 la crisis de Costa de Marfil provocó el exilio de 4 millones de personas, la de Liberia más de 3 millones. En la fantasía de miles y miles de africanos, especialmente jóvenes, Europa es el futuro por alcanzar. Se intenta del viaje desde los lugares más remotos e impensables. Los riesgos son grandes: viajes difíciles a través del desierto con mercenarios sin escrúpulos, o a través del mar en pateras. ¿No han muerto ahogados en los últimos 45 días casi 1700 inmigrantes que partieron de Mauritania hacia las Canarias? Cuando se es joven o se está desesperado, uno se arriesga. A veces es un juego de azar. En 1999, dos jóvenes de Guinea Conakry, Yaguine y Fodé (de 15 y 14 años), murieron en el tren de aterrizaje del avión, y dejaron un mensaje: "Ayudadnos, en África sufrimos enormemente, ayudadnos, tenemos problemas y los niños no tienen derechos. A nivel de los problemas tenemos la guerra, la enfermedad, el alimento, etc... Si veis que nos sacrificamos arriesgando la vida es porque sufrimos demasiado en África, y os necesitamos para luchar contra esta pobreza y poner fin a la guerra en África". Es una petición de pan, de paz, pero también de un coloquio con su desesperación. Hay que dialogar con los jóvenes africanos. ¿Cuál es su futuro? Puedo afirmar que he encontrado a muchos y he sentido sus esperanzas y sus miedos. La sensación es de que su mundo se derrumba y sienten no tener futuro. Pero ven bien nuestro presente europeo. Los inmigrantes ponen de manifiesto la renuncia a pensar el futuro en sus países. ¿Qué hacer? Desde los años 60, África ha creído en el rescate de las independencias; pero, como ha advertido el escritor costa-marfileño Kouruma, el sol se ha puesto muy pronto sobre los sueños y han llegado los días de la corrupción y de la violencia. Ha llegado el África de las guerras. En definitiva, la del Sida: a este nivel hemos asistido al hecho de que en el Norte existe el tratamiento para esta terrible pandemia, pero se niega a los africanos. Todavía hoy -y es una masacre de inocentes- no son accesibles en África los fármacos para el tratamiento de los niños enfermos de Sida. Desde África se ven los recursos de Europa, pero están excluidos como el pobre Lázaro del banquete del rico epulón. ¿Se puede tolerar esto? ¿Podemos asistir al hecho que el Mediterráneo se convierta en cementerio? Estoy convencido de que la existencia de masas de desesperados, en un mundo globalizado en el que se ve el bienestar de los demás, representa un caldo de cultivo para el extremismo o el terrorismo. Me ha impresionado ver jóvenes con camisetas de Bin Laden en un país africano. ¿Cuándo encontrará la desesperación africana su Bin Laden o su Che Guevara? ¿Será el islam radical el que lo alimente? La miseria y la desesperación acabarán amenazando nuestro bienestar, con la inmigración desde luego, pero quizá también con algo peor. Sé bien que no son los pobres los que inmediatamente se convierten en terroristas o radicales, pero con frecuencia son los hijos de los humillados o los mismos humillados cuando alcanzan un mínimo nivel cultural. África es el continente donde se concentran las grandes pobrezas de nuestro tiempo. Los africanos pueden consumir como media de 10 a 40 litros de agua al día, y la mayoría se encuentra dentro de esos mil millones de seres humanos sin acceso al agua potable. En Europa se consume como media entre 300 y 600 litros por persona, mientras que en Asia y América Latina entre 50 y 100. Sin agua no hay vida ni futuro. No se puede poner a uno de los dos mundos más ricos del planeta, Europa, junto al más mísero sin que no se produzcan deflagraciones. No se puede resolver el problema de la inmigración sólo con medidas de fronteras, también porque tiene el carácter de una invasión y de una fuga. Se necesitará también hacer justicia, ayudar al desarrollo, encontrar la forma para que participen de nuestros recursos. Nosotros los europeos estamos llamados a una solidaridad orgánica y a la cooperación con África. Los destinos del continente negro y del nuestro están unidos por la historia, pero también por el futuro. Las crisis africanas acabarán descargándose sobre Europa. En realidad, los jóvenes europeos están perdiendo el interés más o menos por África. Mientras tanto, en el continente se consolida la presencia china, puramente económica, sedienta de materias primas y que hace negocio con la única lógica del beneficio. África se compra. Pero África representa una riqueza para el mundo y para Europa. África tiene grandes recursos humanos: la fuerza de su gente, la paciencia, la capacidad de sacrificio, la vida valiente de tantos cristianos... La gran capacidad africana de sufrir conserva la esperanza: "La casa del amigo nunca está lejos" dice un refrán de Togo . El desarrollo de África es un compromiso para Europa, pero es también un interés, no sólo para detener la inmigración. Pero es necesario proponer un marco común en el que pensar la interdependencia entre los dos continentes. El presidente de Senegal, Senghor, gran poeta y cristiano, y el católico francés Emmanuel Mounier, hablaban de Euráfrica, es decir, de la complementariedad profunda entre los dos mundos. ¿No germina Euráfrica de la vivencia cristiana? ¿No es Euráfrica una propuesta para hacer a nuestros países replegados sobre sí mismos? La solidaridad concreta debe generar una propuesta para los países y los gobiernos europeos: Euráfrica. Europa encuentra sentido si se proyecta en el mundo con una misión: un continente no vive sólo para sí mismo, lo que es la opción de muchos europeos. África es la frontera de una solidaridad privada y pública posibles: se convierte también en un terreno de juicio de la moralidad de la política. Porque la vida de los africanos es importante. Y en África se muere mucho, demasiado... La guerra He hablado ampliamente de África, aunque los dolores del mundo no se agotan en este continente que concentra tantos. Tengo en mente América Latina, una buena parte de Asia, y algunas zonas del mundo del Este, con tanta frecuencia olvidado. Desde Costa de Marfil a Colombia, desde Darfur a Nagaland, son muchas las guerras abiertas. Se afirma que las guerras abiertas han disminuido en relación a 1991, cuando eran 39, mientras que hoy son alrededor de 25. Las hay de los más diversos tipos: desde conflictos interestatales hasta guerras civiles, terrorismo, o violencia difusa... La realidad es que, en nuestro mundo contemporáneo, muchos pueden abrir conflictos, muchos pueden trabajar para la desestabilización de regiones enteras: son muchas las armas temibles disponibles. Es un hecho que, desde 1990 hasta 2005, más de un tercio de los países del mundo (55 de 160) han estado atravesados por graves crisis o por conflictos (más de 35 han experimentado largas guerras). La guerra deja una herencia amarga. El gran escritor polaco, Kapuscinski, ha escrito: "La guerra no acaba el día en que se firma el armisticio. El dolor perdura por largo tiempo. En el fondo, la guerra no acaba nunca...". La herencia de la guerra no son sólo las minas antipersonales, sino también una carga increíble de desconfianza y de miedo. El miedo prepara la guerra, quizá para prevenir el ataque del otro. La semana Santa pasada estuve en Ruanda, y, saliendo del museo del genocidio, me he preguntado: ¿cómo podrán vivir en paz todavía hutus y tutsis? Casi un millón de muertos... Ante tantas situaciones difíciles, todavía hoy permanece la pregunta: ¿se podrá vivir en paz juntos? Muchos pueden encender el fuego de la guerra. Pero estoy convencido de que, por otra parte, también hoy muchos pueden trabajar por la paz: hacer la paz entre los enemigos, prevenir conflictos instaurando una paz preventiva. He sido mediador en el conflicto entre el gobierno y la guerrilla en Mozambique: un millón de muertos y varios millones de refugiados. Me he dado cuenta de que la guerra es la madre de todas las pobrezas. La paz es como el pan: una necesidad vital. He visto un pueblo en fiesta por la sola noticia del inicio de las negociaciones. Es una fiesta de la vida. La guerra hace posibles las cosas más impensables porque deshumaniza. En Mozambique, a través de las negociaciones y de la escuela de la política, el proceso de paz ha significado hacer pasar el conflicto del nivel armado al político. Y hoy la paz se mantiene en aquel país también gracias a la instauración instituciones democráticas. Durante las negociaciones de paz para Mozambique (que comenzaron por iniciativa de Sant'Egidio y duraron dos años), me he dado cuenta de que los cristianos tienen una fuerza de paz. Además, Juan Pablo II nos ha llamado siempre al valor del trabajo por la paz. Me acuerdo con ternura del gran Juan Pablo II (como lo llama Benedicto XVI, y estamos en el primer aniversario de su muerte). Me parece escuchar todavía su voz, cuando en 1986 dijo en Asís: "Juntos hemos llenado nuestros ojos de visiones de paz: éstas liberan energías para un nuevo lenguaje de paz, para nuevos gestos de paz, gestos que interrumpirán las fatales cadenas de las divisiones heredadas por la historia o generadas por las modernas ideologías. La paz espera a sus artífices...". Son palabras todavía actuales, las de un hombre que, sin ser un político, ha revelado la fuerza humilde y débil que los cristianos tenemos para cambiar las situaciones de guerra y opresión, sin dejarse capturar por la lógica o la práctica de la violencia. Son palabras que llaman a los cristianos a ser pacificadores a todos los niveles, conscientes que de sus comunidades, de ellos, de la Iglesia, brota una fuerza de paz. La paz espera a sus artífices. El Papa lo decía antes del final de la guerra fría. Después de ella, habría sido posible una paz estable, pero hemos desperdiciado aquella ocasión. La paz es siempre posible: se construye previniendo la guerra, sanando los conflictos, estableciendo canales de comunicación entre las partes. De una u otra forma, todos pueden trabajar por la paz. La guerra, la violencia, el asesinato están contra el orden profundo del mundo, como escribió Juan XXIII. La paz es incluso un anhelo del que hace la guerra, porque al estar ciego no ve otro camino: es un deseo escrito en el corazón de todos. En la Biblia Dios concluye el pacto noáquico después del diluvio, bastante antes del pacto con Abraham e Israel. En este pacto está escrito: "os prometo reclamar vuestra propia sangre: la reclamaré a todo animal y al hombre: a todos y a cada uno reclamaré el alma humana" (Gen 9, 5). La vida de cada hombre está en el corazón de Dios. La sangre derramada es la de tantos asesinados. Pero ¿no es sangre derramada también la de quien es dejado morir de hambre? Este pacto es la respuesta al instinto asesino que hace decir a Caín: "¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?" (Gen 4, 9). El pacto noáquico revela una ley de la historia: la perversión que la violencia introduce en las relaciones entre los hombres y entre los pueblos: "Quien vertiere sangre de hombre, por otro hombre será su sangre vertida, porque a imagen de Dios hizo Él al hombre" (Gen 9, 6). Trabajar por la paz significa resucitar el anhelo de paz que hay en cada hombre, sin resignarse a la violencia y a la guerra. Responde al orden profundo de la vida. Por esto el cristiano es el hombre de la paz y el pacificador. San Serafino de Sarov enseña: "Adquiere la paz en ti mismo y miles alrededor de ti encontrarán la salvación". Globalizar la solidaridad El proceso de globalización no significa una asunción global de responsabilidad. Es más, se deterioran las organizaciones internacionales que, bien o mal, significan un destino común. La Iglesia, como comunión, lleva la globalización en sus cromosomas. El martirio de tantos cristianos en el Sur del mundo durante el siglo XX, es la expresión radical de un lazo que no conoce fronteras: los misioneros han derramado su sangre junto a la de los cristianos locales; hay quien ha muerto por curar a los enfermos (pienso en las monjas caídas por ayudar a los enfermos de ébola en Congo); hay trabajadores de paz cuando el odio se enciende. Las dimensiones del gran mundo no son extrañas para la Iglesia: la conciernen y la implican. Sobre todo la vida de los cristianos lejanos. Con frecuencia, el sufrimiento de los cristianos en el mundo está poco en el corazón de los cristianos del Norte, salvo por alguna esporádica denuncia. Es una extraña renuncia a la comunión con quien sufre. Tengo en mente a los cristianos en el mundo musulmán, a ese 2% en el turbulento Pakistán, o a los de Sudán o China. Aquí se necesita una solidaridad inteligente, una memoria, una oración de intercesión. Es un aspecto de la globalización de la vida cristiana que debemos hacer crecer. Todavía hoy los pobres están en el corazón de la Iglesia. Hoy son más que ayer, porque se puede hacer más y se ve más. No son sus clientes, sino que forman parte de su misterio, como ha escrito muy bien el cardenal Congar hace 40 años. Es una página muy hermosa: "Los pobres son cosa de la Iglesia. No son solamente su clientela o los beneficiarios de sus bienes: la Iglesia no vive plenamente su misterio si los pobres están ausentes... La atención hacia los pobres, los desarraigados, los débiles, los humildes y los oprimidos, es una obligación que tiene sus raíces en el corazón mismo del cristianismo entendido como comunión. No puede existir comunidad cristiana sin diaconía, es decir, servicio de la caridad, que a su vez no puede existir sin celebración de la Eucaristía. Las tres realidades están unidas entre sí: comunidad, Eucaristía y diaconía de los pobres y los humildes. La experiencia demuestra que o viven o languidecen juntas." Nosotros vemos que viven y crecen juntas. De esto tomamos una fuerza nueva. Hay que extender la solidaridad. Es necesario mantener viva la memoria del que sufre, mostrar caminos transitables a nuestros conciudadanos para ser solidarios, hacer crecer la cultura de la solidaridad en nuestros países. Pienso en la ola de interés que pasa a través de las adopciones a distancia, capaces de crear una relación entre personas. La ola de interés del año pasado ante las víctimas del tsunami puede explicarse a partir de las continuas imágenes televisivas, ... pero tampoco se puede esconder que ha sido un arranque de generosidad revelador de los deseos de nuestros conciudadanos de ayudar a los que están lejos. Debemos mostrar que existen caminos por los que la solidaridad es posible: es posible ayudar a tener el pan, la palabra y la paz. La gente trata de amar. Quien busca amar sin saberlo busca también a Quien es el amor. La lejanía no nos condena a la indiferencia. ¡Éste es el nodo! El amor nos lleva cerca del que sufre lejos. En este mundo globalizado, los cristianos están llamados a tener una espiritualidad abierta a lo universal, sin olvidar desde luego al que está cerca. Y no hay mejor universalidad que la participación en los dolores del pobre o del que sufre. Hace cuarenta años, Pablo VI lanzó un gran llamamiento por el hambre en India, que me impresionó mucho. Yo era adolescente, pero escuchando aquellas palabras tuve la idea de que nada ni nadie nos resulta lejano: "Este es un fenómeno característico de nuestro tiempo, en el que las relaciones entre los hombres permiten conocer la vida de todas las partes de la humanidad. Hoy nadie puede decir: yo no sabía. Y, en cierto sentido, tampoco ninguno puede decir hoy: yo no podía, yo no debía. La caridad tiende a todos su mano. Que nadie se atreva a responder: ¡yo no quería!". Los cristianos son los que no dicen: ¡yo no podía, o yo no debía, o yo no quería! En este mundo global, los cristianos pueden ser una reserva de humanidad y la profecía de un mundo en que el lejano no queda sin rostro y sin palabra. Es un mundo en el que el lejano se hace cercano mientras se tienden muchos puentes, hechos de la solidaridad del pan, de la palabra, y de la paz, sobre esos abismos de distancia, de indiferencia, y de incomprensión que dividen a los pueblos. La indiferencia dilata los abismos que dividen. La caridad tiende a todos su mano y así, imperceptiblemente, como el movimiento telúrico, acerca los mundos. |
| Saludo de la Presidenta |
Foro Intercontinental 2006 |
Declaración Final |
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