NOTICIAS    18 de noviembre de 2004        

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EN BANGALORE (INDIA) ECHO HACE REAL UN IMPOSIBLE

DE NIÑO DE LA CALLE A AYUDANTE DE POLICÍA


     El pequeño Srinivasan no podía imaginar aquel 19 de septiembre del año 2000 que su vida iba a cambiar de manera radical en cuestión de minutos. Con tan solo catorce años había dejado ya muy atrás la infancia. La pobreza y un cúmulo de circunstancias que afectaban a su vida familiar, le empujaron a dejar los estudios y a hacer de las calles de Bangalore (India) su escuela y su medio de vida.

     Srinivasan trabajaba en régimen de semi-esclavitud –como tantos otros niños de su país-, en una fábrica de alimentos envasados, concretamente, de patatas fritas. Dos meses después de su llegada, tras armarse de valor, se dirigió a su patrón para reclamarle lo que en justicia era suyo: el salario que le correspondía por el tiempo que llevaba trabajando y que todavía no le había sido abonado. La respuesta de su jefe fue brutal: semejante osadía merecía un castigo ejemplar. Tras encerrar al joven trabajador en una pequeña habitación, le roció con keroseno y le prendió fuego.
     La Providencia quiso que el adolescente, envuelto en llamas, lograra escapar de aquella trampa mortal y que los viandantes, que no daban crédito a la imagen que tenían ante sus ojos, le socorrieran y le trasladasen al hospital en estado crítico.
     Tras múltiples operaciones, Srinivasan salió del centro sanitario con quemaduras en más del 20 por ciento del cuerpo y con graves heridas –aún hoy sin cicatrizar- en el corazón. Su mirada, oscura y profunda, reflejaba todavía el miedo y el horror vividos meses antes, y la curiosidad por el nuevo futuro que se le avecinaba. Su suerte, hasta hacía poco negra y huidiza, parecía haberle dado una oportunidad.

     Durante el tiempo que pasó en el hospital su padre, desesperado e impotente ante el cariz que había tomado la investigación policial (el patrón no fue acusado de intento de asesinato y disfrutaba de una inmerecida libertad tras haber hecho frente al pago de una fianza), y sabedor de que su hijo no podría salir adelante sin asistencia externa, acudió en busca de ayuda y asesoramiento a ECHO (Empowerment of Children and Human Rights Organisation), una organización de carácter social que trabaja desde 1999 por el bienestar de los niños de Bangalore y que recibe apoyo de diversas ONG, entre ellas Manos Unidas.
     El hermano Antony Sebastion, director de ECHO, hizo suya la causa de Srinivasan. No era esta la primera vez que se enfrentaba a casos de corrupción o de abuso de fuerza y posición por parte de las autoridades locales. Ya lo había hecho antes con otros muchos niños y adolescentes, que, como si de adultos se tratara, debían hacer frente al peso de la ley y a la muchas veces injusta policía local.

     La perseverancia y el empeño del hermano Sebastion y su equipo han hecho posible lo que para muchos, dadas las circunstancias, no era más que una utopía: el nacimiento de unidades especiales de la policía para el trato con los delincuentes juveniles. A partir de la creación de esta unidad, los jóvenes que delinquen reciben un trato más acorde con su edad y sus circunstancias.
     Pero ECHO va mucho más allá. En Bangalore el trabajo es mucho y las jornadas se hacen largas, muy largas. Estudios recientes indican que en esta ciudad industrial, situada al sur de India, hay unos 100.000 niños de la calle, de los que más del 60 por ciento cometen delitos menores para sobrevivir. En estos años muchos de esos pequeños (niños de la calle, niños trabajadores, huérfanos y pequeños delincuentes), más de 2.000, han recibido asistencia legal, psicológica y formativa por parte de esta organización de la Iglesia.

     Por las instalaciones del centro Norbertines, regentado por ECHO, han pasado centenares de adolescentes, rescatados de la calle por el hermano Sebastion y su gente. Tras un periodo de adaptación, los jóvenes son sometidos a una férrea disciplina, en una atmósfera de aceptación, confianza y amor. Muchos, los más, tras un periodo de aprendizaje y de formación profesional, consiguen reintegrarse en una sociedad que antes les era hostil. Tanto es así que la vida de una veintena de estos jóvenes ha dado un giro de 180º, su reinserción en la sociedad ha sido tal, que en la actualidad, tras años de sufrimiento y dolor, trabajan ahora, codo con codo, con quienes antes eran sus mayores enemigos: la policía.
     Orgullosos lucen ahora sus impecables uniformes blanco, caqui y rojo, mientras colaboran dirigiendo el tráfico infernal de Bangalore en algunos de los cruces más conflictivos de la ciudad. Srinivasan está entre ellos. Ahora gana 3.000 rupias (casi 56 euros) al mes y está a punto de terminar sus estudios. Las huellas de la tragedia siguen presentes en su cuerpo, pero su mirada muestra seguridad y confianza en un futuro que, sin ayuda de la buena gente de ECHO, probablemente le habría sido negado.

  © Manos Unidas 2004

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