La paz parece ser aspiración universal, pero la violencia, en variadas manifestaciones y formas, es la realidad cotidiana para millones de seres humanos. ¿O quizás podríamos afirmar que es la realidad cotidiana de nuestro mundo? Los llamados "enfrentamientos de alta intensidad", eufemismo con el que se nombran las guerras abiertas, causan más de 1.000 muertos al año, pero más allá de las guerras abiertas, aunque en estrecha relación con ellas, hay otras formas de violencia que -si consideramos las cifras- causan más muertes: la pobreza, el hambre (esa violencia silenciosa, como ha sido llamada), la enfermedad, las diversas formas de exclusión. "Hay un vínculo entre pobreza y conflicto, pero es la injusticia una de las causas principales de los conflictos" (José Tuvilla). Los datos no dan lugar al optimismo: año tras año, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) denuncia en su informe que el muro entre ricos y empobrecidos (países, grupos sociales y humanos) se refuerza, hasta el punto de que en el último cuarto de siglo el crecimiento de la desigualdad ha sido espectacular: la relación entre los recursos del 20% más rico de la población mundial y los del 20% más pobre han pasado de ser 31/1 a 74/1.
Una forma muy extendida de violencia, que forma parte de nuestras estructuras sociales y de las concepciones más arraigadas en nosotros es considerar que unas culturas son superiores a otras, identificando lo propio con lo mejor. A menudo, estas convicciones permanecen ocultas, pero se revelan en qué consideramos progreso, qué consideramos exótico o pintoresco, en nuestro lenguaje, e incluso en nuestra manera de nombrar y realizar la lucha por la justicia, planteada muchas veces como "ayuda", no como cooperación entre iguales. En la situación de inferioridad y silencio en que se mantienen culturas y creencias de pueblos y colectivos se gestan estallidos de violencia, para los que a veces no se encuentra explicación inmediata. Promover el diálogo y la fecundación mutua de las culturas, construir las condiciones que posibiliten la expresión de todas ellas, en respeto e igualdad, es una inversión en paz rentable y a largo plazo.
"Las estructuras sociales, económicas y políticas que mantienen el dominio de un grupo sobre otro, negándole los derechos económicos, sociales y políticos más básicos, ejercen 'violencia estructural' (José Tuvilla). Esta situación crea un terreno fértil para la violencia y la violación de los derechos". |