Boletín Nº 142
enero / febrero / marzo 2001

Sumario

VIAJES

FOTO: Carmen Torrens

Carmen Torrens

Carmen Torrens y Gonzalo Sánchez-Terán, del Departamento de África, viajaron a la República Democrática del Congo el pasado mes de julio.

Cuando en el área de Africa Central nos planteamos el viaje a este país, partíamos de la necesidad de realizarlo por varios motivos.
   Nuestra relación con la República D. del Congo se había cortado en 1997 debido a la guerra que impedía cualquier contacto por correo. No sabíamos la situación en que se encontraban los proyectos financiados, ni cuál había sido su devenir. Después de un paréntesis de dos años comenzaron a llegarnos solicitudes en las que se nos informaba de que ya existía una situación propicia para trabajar.
   Llegamos al aeropuerto de Brazzaville, capital del Estado a últimos del mes de julio, desde allí el camino hacia el barrio de Makélékélé nos mostraba una ciudad totalmente rota. El fantasma de la reciente guerra estaba presente. Una guerra especialmente cruel y destructiva que ha dejado tras de sí un país deshecho. La inmensa mayoría de las casas no tenían tejado, muchas estaban con parte de los muros caídos y en general todas presentaban agujeros de bala y rastros de incendios.
   Todo permanecía sucio, con derrumbes a cada paso.
   Nos cuentan que a la destrucción que toda guerra conlleva hay que añadir el saqueo posterior que sistemáticamente se produjo por ambas partes, vencedores y vencidos.
   Un trasfondo bélico que comenzó con la primera guerra en 1992 pretendiendo fundamentalmente ahogar a los pueblos del sur, especialmente a los de etnia Lari, considerados más trabajadores, mejores comerciantes y, por tanto, más ricos que los demás pueblos del Congo. Las siguientes guerras en el 97 y 98, especialmente crueles y destructivas, estuvieron provocadas por odios y venganzas personales entre los aspirantes al poder Lisouva y Sassou Nguesso, si bien en las tres ocasiones las concesiones petrolíferas perseguidas por las potencias occidentales, especialmente EE.UU y Francia, parecen estar en la base de todo el conflicto.
   Entre tanta destrucción y desolación nuestra esperanza se vio inmediatamente alimentada por la actitud de la población. Los congoleños son amables, sonrientes y acogedores. Actualmente su mayor aspiración es poder rehacer una vida "normal". La influencia occidental es menor que en los vecinos Gabón o Zaire.
   No obstante, las secuelas del desastre son enormes. Un país estimado en tres millones de habitantes, ha tenido 800.000 desplazados, más cifras altísimas de muertos y desaparecidos.
   Sin embargo, no ha descendido el número de habitantes, puesto que este censo se ha visto incrementado por el ingente número de refugiados ruandeses y zaireños que llegan sin interrupción a pie y con las manos en los bolsillos.

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