Boletín Nº 143
abril / mayo / junio 2001

Sumario

En primera persona


Rosa María Múgica
Directora del Instituto Peruano de
Educación en Derechos Humanos y la Paz

Ha trabajado siempre en el campo de los derechos humanos y la paz desde distintos cargos en diversas organizaciones.

Cuando en 1985, el Perú se encontraba envuelto en una de las etapas más violentas de su historia, cuando todos los días los peruanos éramos testigos de los asesinatos y detenciones, cuando el fanatismo terrorista de Sendero Luminoso sembraba el terror en la población y la acción de las fuerzas armadas incrementaba el terror, cuando la situación de violencia instalada parecía no tener salida, un grupo de personas decidimos que lo peor que podíamos hacer era paralizarnos.
   Nuestra apuesta fue, y sigue siendo, por la educación en derechos humanos como estrategia para construir la paz; una paz que se asiente sobre el respeto a la vida y a la dignidad humana, sobre la valoración de las diferencias y el reconocimiento de la igualdad en derechos, sobre la tolerancia, el diálogo, la justicia y la solidaridad.
   Decidimos optar, inicialmente, por las escuelas y por los maestros, con la conciencia de que están en todas partes de la geografía nacional y de que su posibilidad de impacto y de llegada para la construcción de la paz es fundamental e irremplazable. Los maestros, de manera especial en el mundo provinciano y rural de nuestro país, tienen la posibilidad de trabajar con los niños y niñas, adolescentes, jóvenes y padres de familia, temas relativos a la paz, a la vigencia de los derechos humanos, a la democracia como sistema de vida y como sistema político. Pueden enseñar que los problemas no se resuelven con tiros o matando al que piensa distinto a nosotros, sino que es el diálogo el instrumento esencial para la resolución de los conflictos.
   Promovemos una escuela donde la metodología se fundamente en una pedagogía de la ternura que, partiendo de la realidad de cada uno, busque el pleno desarrollo de las potencialidades y valores.
   Largo trecho hemos recorrido desde entonces y el camino no ha sido fácil. Hablar de derechos humanos en el Perú era sinónimo de violencia, de terrorismo, de inseguridad, para unos, y de complicidad con el sistema, para otros. Múltiples amenazas han cruzado los esfuerzos y la intolerancia ha querido imponerse en diversas oportunidades, pero el miedo no nos ha paralizado.
   Años después asumimos la tarea de capacitar a líderes sociales como promotores de los derechos humanos, la democracia y la participación ciudadana, volcando todo lo que habíamos aprendido hasta entonces con los maestros. Hoy tenemos una red de más de 2000 líderes sociales trabajando en todo el país para difundir los derechos entre las comunidades; son líderes, hombres y mujeres, de toda edad y condición, profundamente comprometidos con la vida y decididos a recuperar la dignidad de las personas; líderes que comienzan a asumir cargos públicos con el deseo de crear espacios de práctica de la democracia y de ejercer las funciones con ética y responsabilidad; líderes que nos permiten vislumbrar un futuro diferente para la democracia en nuestro país.
   Cuando nos preguntan el por qué asumir una tarea tan complicada que nos colocó en medio de dos fuegos y que puso en riesgo incluso las propias vidas, no tenemos otra respuesta que la convicción de la importancia y la necesidad de la tarea. Una fe inquebrantable y una terca esperanza en un mundo mejor para todos, en especial para los que más sufren, nos han acompañado siempre. La acogida a la propuesta, el compromiso de muchísimos en el camino, las transformaciones que comenzamos a constatar en la estructura de las escuelas, en el rol de los maestros , en la vida de los niños y las niñas, en el compromiso de los líderes sociales, alientan nuestra esperanza y han llenado de sentido nuestras vidas.

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