Cuatro veces. Lo dice cuatro veces, pensando, quizás, que las palabras se quedan cortas para expresar lo hondo del sentimiento y de la realidad. "¡Qué dolor! ¡qué dolor! ¡qué dolor! ¡qué dolor...!" Es el dolor por los pobres, el dolor por la destrucción de sus vidas...
El Toyota Landcruisser avanza con agilidad y prudencia. Al volante, y con la palabra, Teresa García de la Rasilla, una religiosa de mirada tierna y profunda, que se ha hecho campesina a lo largo de 18 años en El Salvador. En el vehículo, algunos víveres, algunas ropas...; pero, más que nada, una gran carga de solidaridad. La solidaridad "de pobre con pobre", representada en varios dirigentes de la comunidad de San José Las Flores, acompañados de cuatro religiosas.
Este pequeño y sobrepoblado país (21.041 Km2 y 6,5 millones de habitantes) fue sacudido el 13 de enero por un terremoto de 7,9 grados en la escala de Richter. Al igual que toda Centroamérica, está situado sobre la placa tectónica del Caribe. Vecina a ella, a unos 50-60 kilómetros de la costa del Pacífico, está la placa de Los Cocos, ambas a unos 30 kilómetros de profundidad. Cuando las placas chocan, la tierra tiembla también arriba... Un mes después, la tierra volvió a sacudirse con violencia.
Sumando los efectos de ambos terremotos, los muertos quizá lleguen a 4.000 (los contabilizados fueron 1.127); las viviendas destruidas y/o dañadas llegan a 309.988, y los damnificados a un millón y medio. También sufrieron daños 639 edificios públicos, 318 iglesias, 100 escuelas, 8 hospitales... Importantes vías de comunicación fueron afectadas por más de 516 derrumbes.
Los más damnificados fueron los pobres; sus casas de adobe no aguantaron los movimientos telúridos. Pero también lo fueron sectores de clase media; sus viviendas habían sido construidas en lugares inadecuados, simplemente porque los intereses económicos de las constructoras prevalecieron sobre la seguridad de los habitantes de la zona. Así, las consecuencias del desastre se agrandaron por los riesgos creados por "la mano del hombre". Debe hablarse, por ello, de políticas de Estado negligentes e interesadas, y de la inconsistencia y fracaso de un modelo de desarrollo que ha acentuado la vulnerabilidad socio-ambiental.
Los daños en la agricultura y la destrucción de entre 40.000 y 50.000 pequeñas y microempresas traerán más desempleo. También habrá una fuerte contracción de la demanda, y un aumento de la migración hacia San Salvador y hacia los Estados Unidos. También vendrá más delincuencia...
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