Boletín Nº 144
julio / agosto / septiembre 2001

Sumario

VIAJES

FOTO: Ángeles de Lacalle

Ángeles de Lacalle

 

Es Coordinadora del Área de África Oeste en el Departamento de Proyectos de Manos Unidas. En marzo de 2001 viajó a Togo, junto a Mª del Carmen de Lacalle, del mismo departamento y responsable de ese país.

Sí, existe. Es un país estrecho y alargado situado en el golfo de Guinea, entre Ghana y Benin, con cuatro millones de habitantes custodiados por un fuerte ejército que controla todos sus movimientos. Un país en bancarrota que sufre un bloqueo internacional desde el año 98, debido al fraude electoral que realizó el Eyadema para no perder la Presidencia que ostentaba desde 1967. Un país donde no hay apenas infraestructura, donde sólo se puede vivir del pequeño comercio y la agricultura de subsistencia, donde las escuelas se están cayendo a trozos y donde la gente se muere porque no puede pagar los servicios médicos. Un país donde las técnicas agrícolas son muy primitivas, donde no usan el animal para arar la tierra, donde no hay semillas ni herramientas y donde escasea el agua. Un país donde los funcionarios y maestros, los únicos junto con los militares que disponen de ingresos fijos, llevan más de un año sin cobrar su sueldo, situación que afecta también a los que viven del comercio: si no circula dinero, no hay negocio. Un país que se esfuerza por sobrevivir sin que el mundo le preste ninguna atención porque no tiene riquezas naturales; sus fosfatos ya no interesan al mercado de los fertilizantes y no tienen otra cosa que ofrecer.
   La vida económica está basada principalmente en la agricultura, muy poco desarrollada debido a la pobreza de la tierra y a la falta de herramientas y técnicas adecuadas para sacar rendimiento de ella. La deforestación es escalofriante y hay zonas que parecen escenario de una guerra nuclear: superficies completamente arrasadas donde sólo quedan raíces secas como resto de los antiguos bosques de teka que han viajado a las fábricas de muebles de los países del Norte. Los lagos y los ríos están contaminados y llenos de desechos y los pescadores de la costa, a causa de los residuos de la fábrica de fosfatos y de los diques construidos para evitar la erosión, tienen que adentrarse en un mar fiero con unas barcas ligeras que hacen de la pesca en Togo una profesión de muy alto riesgo.
   No se ve solución al problema de esta gente que lucha sin ningún apoyo institucional porque sus hijos tengan un futuro mejor. Las escuelas son unos chamizos de paja, donde los niños se sientan sobre piedras o sobre taburetes que traen de su casa, sin protección contra las inclemencias del tiempo, lo que hace imposible la tarea del maestro en la época del fuerte viento harmattan o en la estación de las lluvias. No hay libros ni material didáctico y una goma de borrar es un tesoro que permitirá reciclar un cuaderno varias veces. Los niños en la hora de "trabajos manuales" cultivan en muchos casos un huerto para ofrecer al maestro una pequeña compensación por venir a darles la clase. Y sorprendentemente los maestros enseñan con una dedicación admirable y los niños trabajan con un interés y un respeto que no he visto en nuestras cuidadas clases.

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