Boletín Nº 145
octubre / noviembre / diciembre 2001

Sumario

En primera persona


Mª Josefa Martín Jiménez
Hija de la Caridad, misionera en Honduras

Trabaja en Honduras desde 1973. Actualmente coordina un grupo de misioneros laicos y dirige los proyectos de reconstrucción de la aldea La Miramonte (Trujillo), destruida por el huracán Mitch.

A mi llegada a Honduras en 1973, me dedicaron a tiempo completo a la enseñanza. Yo llegaba del Colegio San Vicente de Paúl de Barbastro, en la provincia de Huesca. Estuve poco tiempo en este trabajo, pero suficiente para conocer (creía) al pueblo. En 1974, el huracán FIFI hizo que yo me quedara en obras sociales, alternando clases en el Instituto Nocturno "La Milagrosa" y trabajando con jóvenes, delegados de la Palabra, catequistas, Club de Amas de Casa, alfabetización, etc. Estos años fueron para mí una escuela donde aprendí a conocer por qué el pueblo guardaba silencio ante tanta injusticia y tanta miseria. El pueblo sabía de la realidad de la vida, no por los cursos, charlas o talleres que se impartían, sino porque la estaba sufriendo.

   Un día, al pedir consejo y ayuda a un grupo de campesinos para que supiéramos discernir cómo sería más útil nuestra vida para servir al pueblo, nos dijeron: cuando vayan a las comunidades, antes de hacer nada, pregunten cuáles son sus necesidades, qué es lo que ellos realmente necesitan; algunos pedirán cursos de Biblia, otros de relaciones humanas, de corte y confección... todos fueron hablando. Sin embargo, hubo algo que nos llamó la atención. Los 30 campesinos coincidieron en pedir que los visitáramos más a menudo y que nos quedáramos en sus comunidades.

   Un anciano nos dijo: Hermanitas, queremos que sean amigas de nosotros, no sólo conocidas; no hagan como el padrecito, que llega, dice la Misa y se va, él es sólo un conocido; ustedes vengan, escúchennos, hablen con nosotros, sean amigas. Otro nos dijo: No nos den nada; si es comida, la comemos y se acabó; si es ropa, la usamos y se rompe; enséñennos lo que ustedes saben, que eso nadie nos lo puede quitar y nos servirá para la vida.

   A nosotras nos dio mucho que pensar. Habíamos dejado la patria y la familia, y querían que estuviéramos más con ellos; no sabíamos qué hacer. Después de un día de silencio y retiro, en la oración compartida, alguien dijo: Descentralicemos la Comunidad, vayamos a vivir cada una en una aldea de los distintos sectores. Y eso hicimos, y ahí empezamos a conocer al pueblo tal como es.

   Hace muchos años, en el trabajo del presidio, nos hicieron falta herramientas para los distintos oficios que estaban aprendiendo los presos. Mandamos un proyecto a Manos Unidas y recibimos una ayuda muy valiosa, pusimos un banco de herramientas y cuando salían libres se las dábamos. Hoy, esos hombres están ganándose la vida honradamente; unos de carpinteros, otros de sastres y también de zapateros. Cuando los vemos nos saludan con cariño y nosotras en nuestro interior damos gracias a Dios y a Manos Unidas, que hizo posible esta transformación de vida, y sólo por unas herramientas. También recibimos ayuda para un Centro Naturalista y un camioncito para los comedores infantiles.

   Ahora esperamos que el Centro de Formación Agropecuaria, en la finca "El Sembrador", sea una realidad para el bien de los campesinos, no sólo del equipo sino de todos los de la Diócesis de Trujillo. Por eso sigo trabajando con el pueblo codo a codo, hombro con hombro. Como Hija de la Caridad, ahora con el Mitch me ha tocado un trabajo muy duro, pero soy una mujer feliz, soy mujer del pueblo, para ser de Dios.

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