Boletín Nº 146
enero / febrero / marzo 2002

Sumario

En primera persona


José María Zubizarreta
Misionero salesiano

El Pabre Zubizarreta pasó toda su vida en la India. Cuando fue expulsado de allí, trabajó como vicario en una parroquia de Montbau (Barcelona) y desarrolló tareas en la Pastoral de Padres de Familia en tres colegios salesianos. Actualmente, está retirado por motivos de salud.

"Sr. ministro, ¿me puede decir por qué razón me echan de la India, después de haberles entregado mis mejores 45 años de vida y de una frenética actividad en beneficio de las tribus más pobres del Assam, al pie del Himalaya?". "No estoy obligado a darle mis razones y procure dejar la India en la fecha indicada". Decisión salomónica del ministro aquél, que de cortesía y gratitud creo que nunca supo nada.
A los pocos días, con el alma rota y el corazón desgarrado, me despedía de aquellas tribus que tanto quise y quiero. Mientras el avión volaba hacia España, mi mente volaba también a los 40 años de mi vida entre aquellas tribus, especialmente la Boro, la más numerosa y decidida. ¡Qué vuelo más triste! Lo único que me devolvía la paz era el recuerdo del bien hecho. Me acordé de las palabras con que Pedro resumió toda la vida del Maestro: "Jesús pasó haciendo el bien" (He.10, 38). Los misioneros intentamos imitarlo, a pesar de nuestras limitaciones y fallos.
A vueltas con mis pensamientos, me acordé de Manos Unidas. En los comienzos estaba yo solito en la selva y tenía todo por hacer. Solo no podía, así que busqué unas Manos. Las encontré. Fue el comienzo de años de ayuda generosa que se plasmó en escuelas, internados, talleres, ambulatorios, tractores, pozos, granjas... Por allí han pasado miles de niños y niñas que de las chozas de la selva han saltado a la universidad y hoy son dignos ciudadanos, hasta diputados y ministros. ¡Allá queda y sigue el bien que juntos hicimos! De mi parte y en nombre de mis tribus: ¡Sabaikor, Shukhria, gracias mil!
Estos días, por entre mis tribus las cosas andan revueltas. Me dicen que añoran más que nunca al viejo misionero, para quien hasta habían preparado una tumba: "Padre, te hemos preparado tu tumba, a la sombra del simul, el árbol más alto de la misión. Estarás siempre con nosotros".
Pocos días antes de mi despedida, presencié en mi despacho una discusión entre las niñas de la tribu Boro. Se hablaba de extranjeros y de las tribus. En un momento dado, les pregunté a bocajarro: "¿Qué, soy yo Boro como vosotras o extranjero?". Sin pensarlo y a bote pronto, unas dijeron: "¡Extranjerooo! Después de todo, no naciste de una madre Bora". Nada que decir ante tan irrefutable argumento. Pero a la mayoría no le gustó la respuesta. Eso de extranjero cayó mal entre ellas. Se avivó la discusión.
"No está bien que digáis que nuestro misionero es extranjero. Eso suena a desprecio. Ha vivido siempre entre nosotros, habla nuestra lengua, canta nuestros cantos, sabe las viejas historias de la tribu como nuestros abuelos. Y dejando familia y patria, vino entre nosotros y se ha hecho uno de los nuestros. Fijaos qué de cosas ha hecho por nosotros". Conclusión: "Padre Zubi, tú eres Boro, de los nuestros".
Pero aun así flotaba todavía el polvillo de la duda, hasta que una chiquilla, hija de una sacerdotisa pagana de la tribu, resolvió el problema: "Os lo explico yo: el Padre Zubi sólo tiene de europeo su físico, pero su alma y corazón son de nuestra tribu. ¿Verdad que eres Boro, Padre?". "¡Con toda mi alma, chicas!". Fue inmediata mi respuesta. La verdad es que me encantó aquel piropo. Y hoy, aunque lejos, sigo siendo Boro. Genio y figura hasta la sepultura.
Mi afecto hacia ellos y su cariño al misionero. El amor trajo la paz en el conflicto. Ojalá fuera así en todos los conflictos del mundo. Por amor a la paz.

- 20 -


Anterior Página Boletín 146 Subir

Siguiente Página Boletín 146

Sumario