Huir para sobrevivir Entramos en el corazón de los conflictos, armados de noble indignación para solidarizarnos con los refugiados, repatriados y desplazados. Son más de 50 millones de personas, especialmente mujeres y niños, que se han visto obligados a abandonar sus hogares, su trabajo, sus tierras, sus familias, y vagan por el mundo. Huyen no se sabe adonde, pero huyen de la barbarie, la guerra, la persecución étnica y religiosa, la tortura, la violencia organizada, el expolio; en definitiva, huyen de la muerte anunciada.
Recorren caminos, carreteras, senderos, terrenos sembrados de minas antipersonales y bandas de delincuentes, llevando consigo el atroz sufrimiento de la miseria, el hambre, la enfermedad, las heridas psicológicas, las separaciones familiares, los niños abandonados; son la estampa de la degradación de la persona humana. Mientras, a los señores de las guerras se les consiente el tráfico de armas, los abusos y las violaciones de los derechos humanos, la lucha por el dominio y el expolio de los recursos mineros, energéticos y naturales, amparados por países y multinacionales que se proclaman defensores de los derechos humanos.
Las guerras y los señores que las dirigen no entienden de corazón, de sentimientos, de razón, de justicia, de humanidad. Sólo las personas que se relacionan con los demás como hermanos pueden dolerse con los que sufren el desarraigo forzoso, el abandono y la pérdida de sus raíces, de sus bienes y su nido familiar. Sólo las personas de buena voluntad pueden indignarse y reaccionar ante la injusticia y el olvido al que parecen condenados estos seres humanos.
En Manos Unidas miramos con especial compasión y solidaridad hacia estas víctimas. Denunciamos la situación inhumana de una multitud silenciosa que deambula por todo el mundo, especialmente en África, Asia y América del Sur. Pero denunciamos sobre todo las causas alimentadas en la violencia de las armas y de la pobreza, que es el origen de este lento genocidio de poblaciones enteras a la intemperie. Y hacemos nuestras las palabras de Juan XXIII en Pacem in Terris: Puesto que amamos en Dios a todos los hombres, consideramos con profunda aflicción los casos de refugiados, cuya multitud lleva consigo muchos y acerbos dolores. Todos los refugiados poseen la dignidad propia de personas y a todos han de reconocerse sus derechos.
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