Boletín Nº 147
abril / mayo / junio 2002

Sumario

En primera persona


Esperanza Arbolea Vásquez
Misionera de María Inmaculada y
Sta. Catalina de Siena Madre Laura

Esperanza Arbolea Vásquez, es la general de la Congregación. Trabaja con los aborígenes americanos en la evangelización y promoción humana.

Una canción del folclore colombiano dice: "Los caminos de la vida no son como yo pensaba, como los imaginaba...".
Cuando, en los albores de mi juventud, pensé por dónde y cómo orientar mi vida, lo mejor para mí fue ser maestra. Y con ese propósito viajé a Medellín, pues soy de un pueblito del norte del Departamento de Antioquía, en Colombia. Trabajando como docente, fui descubriendo la pasión que llevaba dentro por la misión y la causa de los pobres.
Pertenezco a una congregación fundada por Laura Montoya Upequ en 1914 para trabajar con los aborígenes americanos en la evangelización y promoción humana en todos los aspectos.
En estos años de existencia de la congregación, el radio de acción se ha ido ampliando no sólo geográficamente, sino también en cuanto a la diversidad del trabajo. El indio debe llegar a ser gestor de su propio futuro sin perder su esencia de indígena. Dentro de esta dinámica hemos ido trabajando desde la fundación hasta nuestros días.
¿Qué motivó a esta valiente mujer, Laura Montoya, a irse donde los indios a luchar por ellos? La compasión hacia ellos, pues muchos de sus territorios estaban siendo desalojados, ni siquiera numéricamente contaban para el país. Este sentimiento fue lo que nos dejó a sus Hijas para, en las circunstancias actuales, acompañarlos en sus luchas por la tierra, la salud, la educación y el respeto a su cultura.
He tenido la oportunidad de trabajar con los indígenas Kunas Tule, un pueblo que comparte su territorio entre Colombia y Panamá. Se trata de un grupo con una gran capacidad de organización y temeroso del futuro, pues sus jóvenes tienen pocas alternativas. También tuve la oportunidad de compartir la vida misionera y de educadora con los indígenas embera Katio, los afropanameños y campesinos. Nuestro trabajo les ofrece opciones de futuro, pero también se ve amenazado. Esta zona ha experimentado grandes avances en lo político, pero en la técnica el camino por recorrer aún es largo. La Constitución reconoce sus derechos, la práctica es diferente. La desnutrición y muchas enfermedades ya erradicadas en otras regiones todavía son para ellos problemas graves.
Desde el 24 de abril de 1948, Colombia es un país en guerra. Al principio era una guerra de partidos, pero en la actualidad el país es prácticamente una "colcha de retazos" y cada uno de los trozos está dominado por un grupo diferente. Gran parte del territorio dominado por "grupos al margen de la ley" corresponde a territorios indígenas.
En la mente de los ambiciosos la única idea es la del exterminio. Afortunadamente, la Constitución del país ha conservado la ley de la protección al indígena, enterrada durante largos años. Ésta es la ley de los resguardos, vigente desde el tiempo de la colonia; gracias a ella se han ido recuperando.
Como congregación, los procesos de acompañamiento tienen mucho que ver con esta situación, pues la tierra es para el indígena la madre que le da a luz, alimenta y nutre. Por eso, en sus reclamos apuntan a la autonomía de la tierra y derechos iguales para todos. La dignidad del indio sigue vejada y el compromiso misionero, social y político nos reta a acompañarlos.
Sólo podremos hacer realidad la tarea de la unidad si practicamos la solidaridad, si permanecemos unidos guiados por la justicia, si tomamos decisiones basadas en un ejercicio permanente de bien común, si respetamos la diversidad. Entonces, es seguro que haremos de Colombia un lugar para vivir mejor.

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