Mali, antiguo Sudán Francés, nunca es noticia: quizás porque es un país pobre que no tiene riquezas naturales y que está en paz; puede que lo uno tenga que ver con lo otro. Pero fue, hasta el siglo XV, el país más poderoso de África Occidental debido al comercio de oro, sal y esclavos, ya que era zona obligada de paso hacia el corazón de África y hacia el Norte. Una de sus ciudades, Tombuctú, ocupó un lugar destacado en el saber islámico; allí se concentraban las caravanas con comerciantes de todas las razas para iniciar las grandes travesías por el desierto y se reunían los intelectuales de todo el continente para discutir y dar forma a sus pensamientos.
No era mi primera visita al país; había estado dos años antes en un viaje de turismo. Me sorprendió agradablemente el cambio en las infraestructuras que se había realizado en tan poco tiempo, debido posiblemente a la reciente celebración del campeonato africano de fútbol que tuvo lugar en diferentes ciudades de Mali. También debo decir que, a través de mi trabajo en Manos Unidas, lo vi todo con ojos diferentes; mi interés ya no era el de una simple espectadora sino el de alguien involucrado en el desarrollo del país y preocupado por los problemas de sus gentes.
Mali es un país joven, el 46% de la población tiene menos de 15 años, en el que conviven armoniosamente muchas etnias: los nómadas tuaregs, los comerciantes bambaras, los agricultores dogones, los pastores peules y los pescadores bozos. Sorprende la belleza de la gente, su elevada estatura, sus grandes ojos oscuros que observan al hombre blanco con curiosidad (en las aldeas los niños se asustaban y lloraban al vernos); impresiona la elegancia de las mujeres que caminan erguidas como modelos, ataviadas con ropas de algodón de mil colores, con un barreño encima de la cabeza lleno de paños, hortalizas o leña, y casi siempre con un niño atado a la espalda... Es gente tolerante y alegre que nunca tiene prisa y que disfruta con la conversación y los discursos. Al llegar allí se retrocede varios siglos y el tiempo transcurre de distinta manera; no hay nada urgente, lo importante es hablar con todo el que pasa interesándose por familia, parientes, trabajo, salud. Te da la impresión de estar viviendo una película a cámara lenta y de no ser tú la que andas por esos caminos rodeada de esa gente que te recibe con los brazos abiertos por el solo hecho de haberte interesado por sus problemas.
La vida en las aldeas es dura, pero posiblemente exista menos miseria que en las ciudades, siempre que las cosechas hayan sido buenas, lo cual depende de las lluvias. La poligamia es la práctica habitual y la vida se organiza a través de grandes familias; las casas son de adobe con techo de paja y cada familia posee un pedazo de tierra que cultivan entre todos, de forma artesanal.
|