El hambre como fenómeno colectivo ha existido siempre. Las grandes hambrunas han abarcado, a través de la historia, diferentes regiones y determinados períodos de tiempo. Como consecuencia de las malas cosechas, de condiciones meteorológicas adversas, o como efecto de causas producidas por el hombre (guerras), ha habido tiempos y lugares en los que literalmente la gente se moría de hambre. Ya en la Biblia se cita que a la llegada de Abraham al Negueb "hubo un hambre en aquella tierra" (Gen. 12,9). En la primera catarata del Nilo, en una estela funeraria de hace mas de 4.000 años, se encontró la siguiente inscripción: "Llora el niño, el mozo y el hombre se arrastran, abierta está el arca de las provisiones, pero su con- tenido es aire". Todavía no está lejos la gran hambre de la patata de 1846 en la que murieron un millón de irlandeses, o las hambrunas de 1876-77 y 1878-79 en la India.
Pero lo peculiar del hambre de nuestro tiempo es que se concreta en unos determinados pueblos y países como algo endémico y que no se debe, en términos generales, a catástrofes naturales, ni siquiera a consecuencia de las guerras. Porque si bien es verdad, que una gran sequía, o las malas cosechas, o la guerra pueda producir una gran hambre, como en 1983- 84 en Etiopía, o la que en 1992 ha padecido Somalia, esto es sólo una circunstancia que aumenta catastróficamente el hambre que ya venían padeciendo estos pueblos. La sequía asoló también la cosecha de cereales de Estados Unidos en el verano de 1988, pero allí nadie murió de hambre por esa circunstancia.
También es peculiar del hambre de nuestro tiempo que hay posibilidades reales de que no exista y que sólo las causas políticas (en el mas amplio sentido de la palabra) y la falta de solidaridad humana hace que no se resuelva definitivamente ese reto. |
|
es peculiar del hambre de nuestro tiempo que no se debe a catástrofes o guerras, sino que tiene causas políticas y de falta de solidaridad, es decir, evitables |