Un enemigo que no duerme - nº1
Las minas terrestres

Sumario

       "Estos artefactos nos hacen la vida muy difícil"
   
"Me llamo Tun Channareth, aunque me llaman Sareth, y tengo
37 años. Nací en el noroeste de Camboya, en la provincia de Battambang. Cuando tenía 3 años, mi familia se trasladó a la capital, Phonm Penh, donde permanecimos 12 años, hasta que el Jemer Rojo tomó la ciudad en 1975. Nos enviaron al campo, donde trabajamos muy duramente, y donde no teníamos comida. Cuando el ejército vietnamita invadió Camboya en 1979, pensamos que sería una liberación, pero no fue una verdadera liberación, puesto que permanecía el régimen comunista.
  Como cualquier persona corriente en Camboya, nunca he conocido la paz, la justicia o los derechos humanos. En toda mi vida, nunca tuve experiencia de esas cosas.

   Recorrí mi país buscando paz, justicia, derechos humanos. Mientras andaba por el bosque, en la frontera con Tailandia, me estalló una mina terrestre. En esa zona hay miles de minas. Tuve mucha suerte, porque un amigo me llevó al hospital del campo de refugiados. Allí me cortaron las dos piernas. Cuando me di cuenta de lo que había pasado, lo único que quería era morirme, porque sería una pesada carga para mi mujer y mi hija. Tenía 22 años. Mi mujer se negó a abandonarme, porque -decía- habíamos unido nuestras vidas para lo bueno y lo malo.
  En
1993, todos los refugiados fuimos repatriados. Perdí la esperanza. En Camboya seguía sin haber paz, no se respetaban los derechos humanos y había enterradas miles de minas como la que me había dejado sin piernas. La vida de los repatriados es aún más difícil. No teníamos trabajo ni dónde ir: estábamos perdidos dentro de nuestro propio país. "
  Actualmente, Sareth trabaja, junto con una quincena de personas mutiladas como él por las minas, en un taller que ha puesto en marcha el Servicio Jesuita de Refugiados, y que cuenta con financiación, entre otras ONGs, de Manos Unidas. Tiene seis hijos y su mujer permanece a su lado. En septiembre de 1995 vino a España "a deciros que, a pesar de la producción de sillas que hemos conseguido y de la que nos sentimos muy orgullosos, el número de mutilados y minusválidos crece sin parar y no llegamos a cubrir las necesidades porque las minas enterradas en Camboya siguen explotando cada día. Quiero que sepáis el grave problema que las minas nos causan a la gente sencilla. Estos artefactos nos hacen la vida muy difícil. "

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