Como su propio nombre indica, el espinoso asunto de los cultivos transgénicos es un aspecto de la ingeniería genética. Se trata de modificar los genes de ciertos cultivos para que adquieran propiedades que por sí no tienen: mayor tamaño, resistencia a plagas o a herbicidas, tolerancia a temperaturas más altas o más bajas, modificación del tiempo de maduración, etc., etc. En fin, el viejo sueño de un cerdo todo jamón. A veces el sistema consiste en implantar genes procedentes de otros seres vivos y otras de genes "fabricados" en laboratorio. Desde hace años existen tales investigaciones, pero hasta 1994 no se autorizó para la venta -en los Estados Unidos de Norteamérica- el primer alimento fruto de la manipulación genética: un tomate al que se había retrasado la maduración a voluntad.
Como constató Billy Wilder en un paisaje algo distinto, nada es perfecto, y este invento que a primera vista parece convertir plomo en oro suscita muchas sospechas. Para empezar, tocar la cadena de la vida es un asunto delicado, de cuyas consecuencias nunca se tienen todos los datos. ¿Qué pasa con la biodiversidad?; ¿sabe alguien qué repercusiones tendrán tales prácticas sobre especies no modificadas ,sobre el delicado y complejo equilibrio de la vida sobre la Tierra?.
Muy ligado a este problema está el de las consecuencias sobre la salud humana. Los más precavidos ya han dejado de tomar maíz, ante la negativa de las autoridades españolas -entre otras- a que el maíz transgénico esté etiquetado como tal. La respuesta es la misma que en el caso anterior: no se sabe a ciencia cierta qué nos pasa comiendo tales alimentos. Supongo que no nos crecerán aletas si ingerimos tomates con genes de peces árticos (aunque, admitámoslo: ¡qué argumento para una película!), pero de otras consecuencias más sutiles y de menos parafernalia nadie se atreve a firmar nada.
Hay en todo esto un asunto que es el quid de la cuestión: el poder y el dinero. Concretamente, el poder de las transnacionales. Resulta que la ingeniería genética es, hoy por hoy, una inversión en poder, en control de mercados (y no sólo de mercados). Quien consiga cultivos menos vulnerables y más "a la carta" se hará con el mercado. En los alimentos y en las semillas. Una pregunta: ¿qué pasa con los pequeños y medianos agricultores? Otra: ¿qué pasa con los países pobres?
Los partidarios de estas técnicas suelen usar un argumento especialmente sangrante, porque juega con el hambre de los pobres: los alimentos transgénicos terminarán con el hambre en el mundo. Se dijo lo mismo de la revolución verde que ha supuesto envenenamiento por plaguicidas y herbicidas de personas, animales, y aguas, destrucción de suelos, pérdida de biodiversidad, sustitución de técnicas de cultivo y economías locales por otras orientadas a la exportación. A estas alturas está muy claro que el hambre que atenaza a un cuarto de la humanidad no se debe a escasez de alimentos, sino a falta de justicia. Comida hay; falta la voluntad de repartirla. |