Los partidarios de gravar con un impuesto los movimientos internacionales de capital consideran que éste puede ser un instrumento eficaz en dos terrenos:
4 Desalentar la especulación financiera excesiva general, y en particular, algunos tipos de especulación especialmente indeseables; a saber, esas especulaciones monetarias que pueden acarrear una crisis monetaria, con los efectos sociales negativos que conlleva.
4 Generar ingresos que pueden convertirse en fuentes de financiación para hacer frente a los desafíos políticos y económicos globales, como la promoción de un desarrollo social adecuado en los países empobrecidos. Esto, además, no sólo aseguraría la financiación de la inversión necesaria para aliviar los efectos sociales más negativos, sino que también -lo que es más importante- reduciría la vulnerabilidad de los pobres ante posibles crisis futuras. Más aún, el éxito de la puesta en marcha de un sistema tributario financiero internacional podría actuar como precedente en favor de la intervención (incluyendo la tributación internacional) con respecto a otros bienes públicos globales.
Puede decirse, en consecuencia, que la propuesta mataría dos pájaros de un tiro.
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