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¿Qué fue de la Cumbre de Río? En 1992 hubo en la ciudad brasileña la mayor concentración de Jefes de Estado y de Gobierno para debatir y buscar salida a los graves problemas planteados de medio ambiente y desarrollo. Por una vez, los males de la biosfera centraron la atención pública. Junto a los importantes
tratados sobre cambio climático y biodiversidad, de la reunión salió la llamada Agenda 21, un conjunto de más de 2.500 recomendaciones prácticas para responder a las cuestiones más urgentes.
En junio de 1997 -" Así que pasen cinco años ", que escribió Larca a otro
propósito- tuvo lugar una reunión conocida como "Río+5" para ver cómo van las cosas en este terreno.
A lo largo de este lustro, la capacidad de carga de la Tierra está más cerca de saturarse. La población ha aumentado alrededor de 450 millones de personas; las emisiones de carbono, de graves repercusiones en el efecto invernadero y el
cambio climático, siguen incrementándose; la biodiversidad ha disminuido, así como la cubierta vegetal. La Agenda 21 afirma algo tan elemental como que una política ambiental que se centre en la protección de los recursos " sin tener en cuenta los medios de vida de quienes dependen de los recursos, no tiene posibilidades de éxito". Es decir, formuló la relación dialéctica entre ecología y desarrollo,
entendiendo por éste la posibilidad de las personas de satisfacer sus necesidades de
alimento, vivienda y educación, entre otros bienes básicos. Pues bien, tampoco aquí el panorama es alentador: 1.300 millones de personas no pueden atender estas
necesidades. También se subrayaron las repercusiones que en el deterioro ambiental y el empobrecimiento de grandes masas de población tienen los hábitos de consumo de los países industrializados. Parece que no ha habido cambios muy notables. El presidente del país que, con el 4% de la población mundial, produce el 23% de las emisiones de CO2 reconoció la responsabilidad humana (a estas alturas, no
discutida) en las alteraciones climáticas. Pero no se comprometió a restringirlas ni a regularlas. De poco sirvió el dramático llamamiento de su colega de Micronesia, donde varios atolones han sido evacuados ante la subida del nivel del mal: Eso sí: Clinton ofreció a los países pobres unos millones de dólares para que contaminen
menos.
Los gobernantes, tras cinco años, siguen en plan hamletiano -por seguir con el teatro-: palabras, palabras, palabras. ¿No sirvió, pues, Río 92 para nada? Claro que sirvió. Fue un escaparate de problemas y de puntos de vista, un altavoz que llegó a casi todos los oídos. Falta ahora recorrer -algo se ha hecho- el camino de los oídos a las manos, a las decisiones colectivas. Falta la distancia que media entre las Cumbres de los poderosos y las bases sociales, que no necesitan ninguna ley para cambiar los hábitos y presionar a sus gobernantes y grandes poderes
económicos.
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