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La deuda externa es una pesada carga que lastra el desarrollo de los países empobrecidos. Esta sangría institucionalizada repercute directamente en la calidad de vida de las poblaciones, puesto que los planes para pagarla empiezan casi siempre por la reducción de los gastos sociales
educación, salud, servicios y las infraestructuras, de modo que quienes no tuvieron nada o casi nada que ver en la decisión de endeudarse ni disfrutaron del dinero de los créditos son quienes pagan, en el sentido más literal del término.
En contra de lo que suele publicarse, la deuda grande es la que tiene esta parte del mundo que socioeconómicamente tenemos más cerca, el llamado mundo rico, puesto que el sistema económico internacional crea y alimenta unas relaciones desiguales e injustas, cuyas causas se han ido gestando al menos en los últimos cinco siglos.
Estos mecanismos que generan desigualdad hacen que no sólo sea enorme la deuda acumulada, sino que vaya incrementándose. Un botón que sirva de muestra: sólo con no permitir el movimiento de
inmigrantes, dejan de ganar los países pobres 250.000 millones de dólares al año; sólo con las
barreras que ponemos a sus ventas de zapatos y productos textiles les ponemos una carga que equivale a todo lo que damos como "ayuda al desarrollo". Esas reglas del juego hacen que por décadas y generaciones tengamos una deuda pendiente, la otra deuda de la que no suele hablarse, la del Norte con el Sur.
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