La globalización se está convirtiendo en una de esas palabras que se difunde como por aspersión y que, al final, todos repetimos, no siempre con idéntico significado, dando por sentado, que es uno de los fenómenos -el fenómeno, a decir de algunos- que caracteriza nuestra época. Las crisis de las bolsas de valores y la detención de Pinochet, por citar dos temas de actualidad, han sido ocasión -aunque a primera vista parezca que pertenecen a ámbitos de la realidad alejados entre sí- de poner sobre la mesa el carácter etéreo y extranacional de los poderes financieros, en un caso, y la necesidad de asumir la justicia y el derecho como una tarea de la humanidad, en el otro.
McLuhan y su aldea global han recobrado actualidad. Y, sin embargo, los hechos contradicen el carácter "aldeano" -cercano, descentralizado- del actual fenómeno, al menos como se plantea en primer término: una centralización creciente del poder de decidir, que escapa a todo control democrático. Se diría que se parece más a un "cortijo global", con su mando único -el "señorito"-, sus "capataces" y sus "jornaleros", sujetos a las decisiones del poder central y adoctrinados por el pensamiento único. |
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