La cultura de la violencia se ha relacionado frecuentemente con la pervivencia de una cultura autoritaria. Aunque ambas son formas no democráticas de estructuración de las relaciones sociales, se trata de dos fenómenos distintos. Las culturas autoritarias se caracterizan por la disciplina y la ausencia de participación. La autoridad se estructura verticalmente de acuerdo a un patrón cultural homogéneo. Las culturas tradicionales, de corte patriarcal, son culturas de orden autoritario. En ellas el padre de familia tiene el reconocimiento de una autoridad moral que le permite gobemar la familia.
Sin embargo, las culturas populares urbanas nuestras no se caracterizan por la disciplina, sino todo lo contrario. Tenemos comportamientos desordenados e indiciplinados, en los que prima la espontaneidad, el inmediatismo y la anomia.
La obediencia no se da como expresión del "respeto" a la autoridad, sino como sometimiento al poder imnpuesto por la violencia. No existe disciplina ante un orden establecido, sino sumisión a la represión, que deja actitudes de resentimiento que pueden resultar en explosiones colectivas de violencia.
Lejos de obstaculizarse la participación, existe un deseo de tomar parte, de protagonizar, de expresar su palabra.
Nos encontramos ante una cultura de la violencia y no de la autoridad. Una cultura que se caracteriza no por el respeto, sino por el agache, por la espera estratégica de "su hora" con actitud de "cuchillo no guardado", como dice el poeta Manuel de Cabral. Se trata se una cultura que no ha renunciado a su identidad y autoestima. Pero que ha tenido que "agacharla" en espera de su oportunidad.
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