Los miembros de la cultura de la pobreza tienen la sensación de vivir en dos mundos simultáneos. El mundo ancho y ajeno de la ciudad, en el que son extranjeros, desposeídos, sin derecho, desconocedores de los caminos para conducirse, desconocidos como sujetos, excluidos de toda historia.
Pero al mismo tiempo habitan el espacio barrial, espacio que poseen aunque no tengan título de propiedad, cuyas reglas del juego conocen como los intrincados callejones donde el extraño no se atreve a penetrar. Estrechos, como las posibilidades de su supervivencia, pero en los que son sujetos y no objetos, como en las decisiones de la ciudad, y hasta en los beneficios y dádivas que de ella reciben.
Muchas veces no caen en la cuenta que estos dos mundos no son más que uno. Que las fuerzas que los expulsan continuamente hacia los márgenes, que los excluyen, son las mismas que los crean y los necesitan. Que nuestra ciudad está construida sobre su presencia. Que no hay ruptura entre estos dos mundos, sino subordinación. Y por eso se sueña con puentes que logren salvar distancias.
La impotencia y frustración radical se superan simbólicamente por el sueño de un negocio, un amigo, un romance, un empleo, un viaje, un premio. Sueños que a veces tienen efímeras realizaciones cuyo recuerdo se guarda en lugar privilegiado, envuelto en plástico, como símbolo del momento de encuentro de esos dos mundos: el juguete o regalo de un reparto privilegiado, la foto de un momento sublime.
Los medios de comunicación social favorecen la construcción de estos símbolos invitando a su consumo. "Consumir implica una toma de posición en el orden de las estratificaciones sociales. En este sentido el consumo -sobre todo de bienes
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