Desde la cultura de la pobreza la vida se experimenta como amenazada. La inseguridad es la nota fundamental. Desde la inseguridad básica de alcanzar la supervivencia, cada día despierta con la duda de si aparecerán los recursos para hacerle frente.
El mundo que le rodea se experimenta como hostil y ajeno. La desconfianza es por tanto una actitud constante ante él. La escasez de recursos lo sitúa en la competencia agresiva por alcanzarlos; pero la misma escasez lo hace indefenso ante esa hostilidad y ajenidad.
No se dominan las leyes de la naturaleza ni de la sociedad. El bajo nivel de escolaridad y el sentirse extranjero en la gran cultura urbana lo hace sentirse inseguro en el mundo urbano.
La apuesta fundamental por la vida se vive como un juego más que como una inversión. Se puede jugar agresivamente, corriendo el riesgo de perder lo que nunca se ha po- seído realmente: la vida. O se puede jugar conservadoramente, a resistir en el repliegue, a renunciar al propio protagonismo para ampararse bajo sombras más seguras.
Pero si el valor primero es la supervivencia, ésta es tan precaria que obliga a que todo se subordine a ella. Se construye entonces una ética de la supervivencia difícilmente comprensible por los que pueden darse el lujo de vivir otros valores y hasta morir por ellos.
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si el valor primero es la supervivencia, ésta es tan precaria que obliga a que todo se subordine a ella |