| NUESTRO CONSILIARIO | ![]() Contemplar a Jesús para seguirle con fidelidad Estamos viviendo y celebrando un tiempo, la cuaresma, que nos ofrece una vez más la oportunidad de reflexionar sobre el corazón de la vida cristiana. En efecto, este es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario. Es una ocasión propicia para que todos comprendamos con mayor profundidad que el fundamento de la fe cristiana es el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. Fundada en el encuentro con Jesucristo resucitado, la fe podrá ser redescubierta integralmente y en todo su esplendor como don que hay que volver a descubrir, cultivar y testimoniar. El cristiano no puede pensar nunca que creer sólo es un hecho privado, intimista y particular; tiene que dar sabor a evangelio a toda nuestra vida. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este estar con él nos lleva a comprender las razones por las que se cree, para que podamos dar razón de nuestra esperanza sin complejos y sin miedos a todo el que nos la pidiere, como nos dice el apóstol san Pedro (1Pe 3, 15) Se trata de acercarse al Señor con corazón sincero y llenos de fe, de mantenernos firmes en la esperanza que profesamos, con una atención constante para realizar junto con los hermanos la caridad. Ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos hemos de sentir la urgencia de ponernos a competir en la caridad. Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación. (Del mensaje de Benedicto XVI para la Cuaresma) |
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