
El 15 de marzo de 2026 se han cumplido 15 años desde el inicio de la guerra de Siria y, salvo algunas menciones con motivo del aniversario, parece haber desaparecido casi por completo de los titulares internacionales. Ya no abre informativos ni ocupa portadas como lo hizo durante los momentos más intensos del conflicto, como si el silencio de las armas hubiera puesto fin a la tragedia. Sin embargo, no hay nada más lejos de la realidad.
Siria no es una guerra terminada: es una crisis que continúa, aunque el mundo haya dejado de mirarla. Es uno de los grandes conflictos olvidados del mundo y, desde Manos Unidas, no queremos dejar de hablar de ella, porque hacerlo supone abandonar a millones de personas que aún viven entre la pobreza, el desplazamiento y la destrucción.

Las principales ciudades del país aún arrastran las cicatrices de la guerra: barrios enteros reducidos a escombros e infraestructuras básicas destruidas. El colapso económico impide que la población pueda sostenerse y la escasez de recursos, la precariedad sanitaria y la erosión de los servicios públicos han paralizado la vida de millones de sirios.
La crisis humanitaria sigue siendo enorme. Según los datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), alrededor de 16,5 millones de personas dentro de Siria necesitan ayuda humanitaria para cubrir sus necesidades básicas. A esta cifra se suman 5,5, millones de desplazados internos que, aunque permanecen dentro de las fronteras del país, han tenido que abandonar sus hogares.
Además, 6,5 millones de sirios buscaron refugio en el extranjero. Tras el final oficial de la guerra abierta en 2024, aproximadamente 1,3 millones han regresado. Sin embargo, esta vuelta al hogar está marcada por la desesperanza: saben que lo que les espera son viviendas destruidas, servicios colapsados y escasas oportunidades de reconstruir sus vidas.
“El sufrimiento, el duelo, la pobreza y la miseria se han convertido en parte de nuestra vida diaria; una vida que es una pesadilla”. Nabil Antaki, médico sirio-canadiense de los Maristas Azules, en una misiva en 2021.
Mientras tanto, la inestabilidad política continúa alimentando la incertidumbre y el miedo. Lo más preocupante es que, pese a todo, la reconstrucción del país aún no ha comenzado.
Para entender este conflicto olvidado es necesario mirar a su historia reciente.
Desde 1963, Siria estuvo marcada por una situación política particular, gobernada por el partido Ba’ath, que llegó al poder tras un golpe de Estado. Tras varios años de inestabilidad política, en 1971 Hafez al-Assad, miembro de la minoría alauí, se proclamó presidente y consolidó un régimen autoritario.
A su muerte, en el año 2000, su hijo Bashar al-Assad ascendió al poder. Inicialmente, este nombramiento generó expectativas de apertura política y reformas económicas, pero estas nunca llegaron a materializarse.
El malestar social fue creciendo debido al desempleo, la corrupción y la falta de libertades políticas, hasta llegar a su culmen en 2011. En ese momento, la Primavera Árabe recorría Oriente Medio, lo que inspiró a miles de personas a salir a las calles exigiendo reformas democráticas y la dimisión del presidente.
El gobierno respondió con la fuerza. A medida que la represión aumentaba y el levantamiento se extendía por todo el país, algunos sectores de la oposición comenzaron a armarse, primero para defenderse y después para expulsar a las fuerzas del régimen de sus regiones. En pocos meses surgieron numerosas milicias rebeldes que combatían al ejército sirio. La violencia escaló hasta alcanzar Damasco y Alepo en 2012, dando inicio a una guerra civil abierta.

Con el paso del tiempo, la guerra en Siria se transformó en un conflicto. Los bandos iniciales, el gobierno y la oposición, aumentaron y se transformaron a medida que milicias, grupos paramilitares y potencias extranjeras se unían al conflicto.
Por un lado, el gobierno de Bashar al-Assad contó con el apoyo de sus fuerzas armadas, milicias progubernamentales, Hezbolá, Irán y Rusia. A estos se sumaban grupos paramilitares y empresas militares privadas.
Por otro lado, la oposición estaba formada por diversos grupos que buscaban la destitución del presidente. Al Ejército Libre Sirio, de carácter más moderado, se unieron facciones islamistas y yihadistas como el Estado Islámico. También participaron los grupos kurdos del norte del país, que buscaban autonomía en sus territorios.
En 2014, Estados Unidos y sus aliados se unieron al conflicto, realizando ataques aéreos contra el Estado Islámico y, en ocasiones, el gobierno sirio, en respuesta a ataques con armas químicas. Un año después, Rusia intervino militarmente para apoyar el gobierno de Al-Assad, ayudando a que recuperara gran parte del territorio perdido.
La participación de potencias regionales como Turquía o Arabia Saudí terminó por convertir la guerra siria en un conflicto con múltiples frentes y fuertes implicaciones internacionales.
La guerra de Siria estuvo marcada por acontecimientos que han dejado profundas cicatrices. Grupos étnicos minoritarios fueron masacrados, como consecuencia de los conflictos sectarios arraigados en la sociedad siria. Las ciudades más importantes, como Damasco y Alepo, fueron destruidas por completo, colapsando los servicios esenciales.
El impacto humanitario fue inmenso: 13 millones de personas se vieron forzadas a abandonar sus hogares, uno de los mayores desplazamientos de población de las últimas décadas.
Lo que ya era una crisis devastadora se incrementó con la pandemia del COVID-19, que golpeó un sistema sanitario ya frágil, y el terremoto de 2023, que afectó especialmente al norte del país.
El bloque económico y las sanciones internacionales no hicieron más que empeorar la situación, limitando el acceso a recursos básicos y retrasando cualquier posibilidad de recuperación. A pesar de que los combates disminuyeron, Siria quedó atrapada en la pobreza, la inseguridad y la desesperanza.
En noviembre de 2024, las fuerzas rebeldes lanzaron una ofensiva que culminó con la toma de Damasco el 8 de diciembre. Bashar al-Ásad huyó a Moscú, poniendo así fin a su gobierno e iniciando una nueva etapa política.
Aunque se considera que la guerra abierta terminó oficialmente en 2024, Siria continúa viviendo una situación de conflicto latente. Sin embargo, otras crisis ocupan titulares, como la guerra en Ucrania, el conflicto en Israel-Palestina o las recientes tensiones en Irán. ¿Pero a qué se debe?
La realidad es que Siria ha quedado relegada a un segundo plano en la agenda internacional. En primer lugar, la fatiga informativa ha movido el foco a otros conflictos “más noticiables”. A esto se suma que muchos países que intervinieron en la guerra han reducido su implicación, transmitiendo la idea equivocada de que la crisis siria “ya terminó”.
Siria se ha convertido en uno de los conflictos olvidados de nuestro tiempo: millones de personas siguen sufriendo mientras el mundo deja de mirar en su dirección.
En medio de esta crisis prolongada y profunda incertidumbre, desde Manos Unidas seguimos trabajando para apoyar a las comunidades más vulnerables en Siria y prevenir nuevos estallidos de violencia mediante educación y sensibilización.
Lo hacemos de la mano de socios locales como los Maristas Azules en Alepo o la ONG Hope Center, con proyectos destinados a mejorar las condiciones de vida de la población tras años de guerra y devastación.

Durante la guerra y la posterior inestabilidad política, social y económica, los Maristas Azules han acompañado a miles de personas adaptando su labor a las necesidades más urgentes. Sus iniciativas abarcan desde la ayuda humanitaria hasta programas de educación para niños que no pueden acudir a la escuela, reparto de comida a personas mayores que viven solas porque sus familias se han visto obligadas a abandonar el país, y talleres que permiten a muchas familias recuperar su autonomía económica. También impulsan actividades culturales y terapéuticas que ayudan a afrontar las heridas emocionales que ha dejado la guerra.
“La gente en Siria necesita saber que no están solos, que sus vidas importan. Por ellos vamos plantando semillas, que puede ser que no estén dando sus frutos ahora, pero lo importante es seguir sembrando”. Bahjat Azrie, psicólogo y educador de los Maristas Azules, en una rueda de prensa celebrada en Manos Unidas en 2024.
Desde Manos Unidas trabajamos en ciudades como Damasco y Homs junto a la ONG local Hope Center, bajo la dirección de la Iglesia latina en Siria, acompañando a familias desplazadas para que puedan reconstruir sus vidas. También impulsamos proyectos educativos y de apoyo social, pues el primer paso para acabar con la violencia estructural y prevenir nuevos conflictos armados, es la educación.
A lo largo de los años hemos aprobado más de 40 proyectos en Siria por valor de más de 2,2 millones de euros, centrados en la educación, la atención sanitaria, el apoyo psicológico y el fortalecimiento de las comunidades locales.
La guerra puede haber terminado, pero la realidad de millones de sirios sigue marcada por ella, y es que la violencia permanece: en forma de hambre, pobreza y desigualdad. Tres grandes males que no sólo son consecuencia de los conflictos, sino también sus causas. Mientras no aseguremos la justicia social, el respeto de los derechos humanos y que todas las personas vivan con dignidad, la paz nunca será real ni duradera.
Por eso, desde Manos Unidas seguimos acompañando a la población siria en este camino de recuperación, convencidos de que apoyar a las comunidades locales será clave para que el país construya un futuro donde la paz no sea algo inalcanzable.