Carta Pastoral 2020

                                                                                                            Castellón de la Plana, 9 de febrero de 2020

 

El cuidado de la casa común

 

Queridos diocesanos:

La organización católica ‘Manos Unidas’ celebra estos días su campaña anual en la lucha contra el hambre en el mundo y por el desarrollo de los pueblos más pobres. “Quien más sufre el maltrato al planeta no eres tú”. Así reza el lema de este año que quiere mostrar la íntima relación que existe entre el hambre y la pobreza, de un lado, y el deterioro del planeta, por el otro. En efecto: los pueblos más pobres son también los más afectados por la crisis medioambiental. Manos Unidas se hace eco de esta situación y nos cuestiona nuestros modos de vida y de consumo insolidarios e insostenibles; y quiere contribuir así a la defensa de los derechos humanos, especialmente de las personas más vulnerables del planeta, trabajando por el derecho a una vida digna, que incluye el indispensable derecho a la alimentación en un medioambiente adecuado.

No se puede negar la ‘crisis ecológica’ ante fenómenos como el cambio climático, la desertificación, el deterioro y la pérdida de productividad de amplias zonas agrícolas, la contaminación de mares, ríos y acuíferos, o la pérdida de la biodiversidad, entre otros. Hay, a la vez, muchas personas que tienen que abandonar su tierra por el deterioro del medio ambiente. Todos estos fenómenos tienen una repercusión profunda en el ejercicio de derechos humanos como el derecho a la vida, a la alimentación, a la educación, a la salud y al desarrollo humano y social.

El papa Francisco, en su Encíclica Laudato si' sobre el cuidado de la casa común, nos urge a poner remedio a los males medioambientales y al problema de injusticia social, que va unido a ellos. Porque el auténtico desarrollo humano integral y el desarrollo de los pueblos peligran cuando se descuida o se abusa de la tierra y de los bienes naturales que Dios nos ha dado.

Es necesario volver nuestra mirada a Dios. “Y vio Dios que era bueno”, nos dice el libro del Génesis (1,25). La tierra, las aguas, los árboles, los animales y el ser humano: todo es hermoso y bueno a los ojos del Creador. El universo entero es un don de Dios, fruto de su amor, en cuya cima ha situado al hombre y a la mujer, creados a imagen y semejanza del Creador para ‘llenar la tierra’ y ‘dominarla’ como ‘administradores’ de Dios mismo (cf. Gn 1,28).  Este encargo original de Dios es una llamada a la responsabilidad de todos. Somos administradores, y no dueños de la creación. Todo lo que existe, lo ha confiado Dios al ser humano no para disponer arbitrariamente de ello, sino para administrarlo con responsabilidad, justicia y solidaridad. Dios mismo ofrece al hombre la creación como un precioso regalo a custodiar. La tierra es un don de Dios para que todo ser -y, de manera expresa, todo ser humano- disponga de lo necesario para vivir con dignidad. No somos dioses, ni creadores ni propietarios de la tierra; somos sus administradores.   

Por desgracia, la respuesta humana a este regalo de Dios ha estado marcada por el pecado, por creerse dueños de la creación, por el egoísmo y la codicia de poseer. Ahí están la tecnocracia, que piensa que “todo cuanto pueda hacerse, debe hacerse”; o el relativismo para el que cualquier medio es lícito con el fin de lograr los propios intereses, o el consumismo a costa de todo y de todos. Hemos creado una emergencia climática que amenaza seriamente la naturaleza y la vida, incluida la vida humana. En la raíz, hemos olvidado quiénes somos: criaturas a imagen de Dios, llamadas a vivir como hermanos en la misma casa común. Hemos olvidado lo que realmente importa y hace bien a las personas: la justicia, la caridad, la solidaridad, el respeto y la sobriedad.

La tierra nos ha sido dada para que sus frutos beneficien por igual a toda la humanidad, la de hoy y la de mañana. Eso implica, además de un reparto justo de los bienes, el compromiso de evitar aquellas actividades cuyo impacto medioambiental impide que otros seres humanos lleven una vida digna. Esto pide programas de desarrollo que sean justos en la lucha contra la pobreza y respetuosos con el entorno. Esto nos llama a cambiar nuestra mente y nuestros hábitos de vida y de consumo insolidarios e insostenibles.

Acojamos y apoyemos la Campaña de Manos Unidas para que pueda seguir trabajando en la concienciación por el cuidado de la casa común y pueda llevar a cabo sus programas de lucha contra el hambre y de desarrollo de los más desfavorecidos del mundo. Seamos generosos en la colecta de la campaña de este año. Muchas gracias.

Con mi afecto y bendición,

                                                                      Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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