Carta Pastoral

El título que encabeza este escrito resume la línea de trabajo que seguirá Manos Unidas en este 2017 y que se sustancia en la palabra “compromiso”: “compromiso con una concepción de los alimentos como comida para seres humanos y no como negocio; compromiso con una agricultura sostenible y compromiso con un aprovechamiento integral de la producción, evitando la pérdida y desperdicio de alimentos” (Documento base, C b).

Año tras año, Manos Unidas nos trae a la memoria el bochorno del hambre en el mundo y nos invita tanto a la generosidad de nuestra ayuda para la financiación de proyectos de desarrollo como, especialmente, a un cambio de mentalidad y a una concreta conversión del corazón. Y la forma más importante de conseguir ese modo nuevo de ver las cosas es a través de la promoción de una nueva mentalidad por medio de la cual nosotros, pero de forma particular las nuevas generaciones, vayamos comprendiendo, como bien recuerda Benedicto XVI en Caritas in veritate, que el ser humano está hecho para el don y para la gratuidad (cf. n. 34), lo cual sólo puede percibirse si el ser humano se abre a una visión trascendente de la vida y descubre que su propia existencia es fruto del amor de Dios.

Con sólo su esfuerzo, la comunidad humana difícilmente podrá avanzar en la superación de la pobreza y de las diferencias lacerantes que muchos de nuestros hermanos padecen, si no eleva su mirada a Aquél de quién procede todo bien. Comprendamos que la comunión fraterna, superando cualquier atisbo de división, brota de la Palabra de Dios-Amor que nos reúne para hacer de la humanidad una familia unida en la que sea posible la lógica del don y de la gratuidad, algo que viven con intensidad quienes trabajan y se desgastan en Manos Unidas. Su perspectiva, que se apoya en el evangelio y en la doctrina social de la Iglesia, se resume en que toda persona, en virtud de su dignidad y de la igualdad que comparte con los demás, sea capaz de ser por sí misma agente responsable de su progreso material y moral, así como de su desarrollo espiritual como hijo de Dios, y de esta manera pueda sentar las bases de una vida digna y plena.

Como recuerda el Santo Padre, vivimos en una época en que se ha globalizado la indiferencia y vamos poco a poco perdiendo la capacidad de escuchar el grito angustioso de los marginados, dejándonos llevar por un hedonismo deshumanizador y queriendo justificar una forma de vida que excluye a muchos hombres y mujeres de los bienes que el Creador ha regalado a todos. El ser humano, llamado a ser el centro del desarrollo y de la actividad económica, es frecuentemente considerado como una mera mercancía, de la que se usa y abusa mientras se precisan sus servicios pero a la que se deja sin trabajo, y consecuentemente sin horizonte vital, cuando esos servicios ya no son necesarios.

Manos Unidas está implicada en muchas y muy importantes tareas, pero quizás una de las más importantes sea la que se refiere a crear a su alrededor la conciencia del compromiso que todos hemos de asumir si, honestamente, queremos aportar nuestro granito de arena para solucionar los problemas de los más necesitados. En la base del trabajo de Manos Unidas hay una serie de valores que brotan del encuentro con el Señor y que tienen como nudo de sus proyectos la inviolable dignidad de la persona, la garantía de sus derechos y el bien común. En estos valores hemos de trabajar todos en la Iglesia y también aquellos hombres y mujeres de buena voluntad que quieran compartir estos ideales, y todo ello con la finalidad de crecer en el necesario compromiso que vaya haciendo realidad los ideales del Evangelio. Para ello, ha de promoverse una educación completa de la persona; una educación que no caiga en el pozo del individualismo egoísta y que ponga los medios para desterrar una visión de la vida puramente materialista; una educación que haga emerger lo mejor y más noble que el ser humano alberga en su interior, teniendo presente su vocación fundamental que no es otra sino su vocación al amor.

 

Hemos de mostrar a todos, pero especialmente a los más jóvenes, los auténticos caminos del amor, caminos que contribuyan al encuentro entre las personas y las culturas. Hemos de redoblar los esfuerzos para fomentar el voluntariado como expresión nítida de una cultura al servicio de las personas, y que excluya la lepra de la competitividad insolidaria. En un momento como el que estamos viviendo, hemos de seguir promoviendo formas de vida más austeras que frenen el despilfarro y nos ayuden a compartir lo mucho o poco que tenemos con los que carecen hasta de lo más necesario. También deberíamos promover con mayor ahínco la cultura de la vida y de la paz fundada sobre el diálogo sincero, la reconciliación yla amistad. Igualmente, no escatimemos esfuerzos en todas aquellas iniciativas que impulsen la educación para la libertad, una libertad bien asentada en el amor yla verdad. La Iglesia, y Manos Unidas, están empeñadas en transitar por estos caminos. Recorriéndolos, hallaremos el gozo más pleno, que es sin duda el mejor antídoto contra el relativismo, que vacía de contenido el compromiso y lo empobrece hasta tal punto que hace a las personas incapaces de alcanzar la plena realización a la que han sido llamadas.

 

Enlazadas nuestras manos con la Mano del que lleva la historia y la creación, esforcémonos para que la visión de la vida que nos presenta el Evangelio pueda ser fácilmente reconocida y todos participemos de la alegría que brota de la entrega y del compromiso compartido a favor de los más necesitados. La fe en Cristo impulsa y llena de vida el trabajo de aquellos que se comprometen con los pobres, un trabajo valioso pero tantas veces escondido, aunque “Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia: el Señor ve el corazón” (1Sam 16, 7).

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