ÁFRICA.- MUJER, VIUDA Y ANCIANA EN BURKINA FASO NI SEGURA, NI INDEPENDIENTE, NI CON VOZ

La sociedad burkinesa es patriarcal y la prevalencia del hombre sobre la mujer está patente en todos los órdenes de la vida, sobre todo en las zonas rurales aisladas, más alejadas de cualquier control.

En Burkina Faso conviven más de 70 etnias con costumbres y ritos ancestrales como la ablación, el matrimonio forzado o el levirato que perviven a pesar de los intentos del gobierno para erradicarlos. La educación y las labores de sensibilización que llevan a cabo diversos organismos e instituciones públicas y privadas van dando algunos frutos pero, en un país en el que la mayoría de la población vive en la más absoluta pobreza, las mujeres son, con mucho, las más desfavorecidas y vulnerables.

Manos Unidas trabaja en Burkina Faso, país sin salida al mar ubicado en el centro del altiplano de África Occidental, desde hace más de 30 años. Nuestra prolongada presencia en el país nos permite conocer las graves carencias, dificultades y problemas a los que se enfrentan cada día. Por eso, sabiendo como sabemos la fortaleza con la que se enfrentan a todo ello y su capacidad y voluntad de escapar de un destino que no han elegido, trabajamos junto a ellos para mejorar sus condiciones de vida.

Entre los problemas que amenazan a las mujeres está la acusación de brujería: una de las formas de exclusión más cruel a las que puede enfrentarse una persona. Esta costumbre ancestral está especialmente extendida entre la etnia mossi. Las mujeres viudas o las ancianas sin recursos pueden ser señaladas como brujas por motivos tan diversos como el fallecimiento de su marido, la aparición de alguna enfermedad, su “incapacidad” para tener hijos varones e, incluso, su longevidad. Aunque la verdadera causa suele ser mucho más prosaica: apoderarse de los bienes de los esposos, librarse de la obligación de mantenerlas cuando enviudan o, simplemente, por venganza entre familias.

Diversas instituciones y organizaciones, especialmente la Iglesia Católica, intentan paliar esta situación, recogiendo y protegiendo a estas mujeres e, incluso, intentan mediar con sus familiares para que vuelvan a aceptarlas.

Han pasado ya cinco años desde que, durante un viaje a la pequeña comunidad de Tema-Bokin, situada en el centro del país, tuvimos nuestro primer contacto con un albergue para “brujas”.

Desde entonces, hemos visitado hospitales, orfanatos, albergues de chicas huidas de matrimonios forzados... y conocido historias terriblemente duras y complicadas; pero la visita al albergue no podremos olvidarla.

Visitamos el edificio que fue construido por la parroquia con apoyo de algunas instituciones y organismos internacionales y que alberga a cuarenta mujeres abandonadas y expulsadas de sus hogares. La mayoría de estas mujeres llegaron en condiciones críticas, perseguidas y sin ninguna pertenencia. Las hermanas que dirigen el albergue se encargan de cuidarlas, alimentarlas y protegerlas.

Muchas son muy ancianas y están enfermas. Las condiciones en las que viven son muy precarias: no tienen luz, el agua es de un pozo que a veces se seca y su alimentación depende de la caridad y de la pequeña huerta.

Gracias a las hermanas, que nos hicieron de traductoras, conocimos sus historias. Una de las ancianas nos cuenta que, al fallecer su marido, fue golpeada y expulsada de su hogar por su propio hijo. La acogieron en el albergue, la cuidaron hasta que se recuperó de sus heridas y, tras varios años, las hermanas han conseguido que, a veces, el hijo pregunte por ella. Esperan que, en un futuro, incluso, vaya a verla.

No es el caso de la mayoría, que saben que vivirán allí para siempre... Pero, a pesar de ello, sonríen y parecen encantadas con que alguien escuche su historia.

La parroquia hace lo que puede, pero los fondos con los que cuentan son escasos. Siempre se las están ingeniando para encontrar alguna fuente de ingresos que contribuya a cubrir las necesidades básicas de estas mujeres. Tienen ideas y proyectos que nos transmiten con entusiasmo: construir unos pequeños locales para alquilar, criar gallinas y cerdos, ampliar la huerta para autoabastecerse, instalar un molino para moler el grano… ¿cómo no vamos a apoyar esos proyectos?

Por eso, desde aquella primera visita, Manos Unidas ha apoyado iniciativas que sobre el papel pueden parecer pequeñas, pero que han contribuido a mejorar considerablemente la calidad de vida y la supervivencia de estas mujeres: hemos construido unos pequeños locales que se ofrecen para alquilar, unos estercoleros en los que fabricar compost (lo que permite aumentar y mejorar la producción de la huerta) y, en nuestra última visita, nos pidieron un molino para que la gente del pueblo pueda moler el grano y obtener ingresos.

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