AMÉRICA Y LOS NUEVOS ROSTROS DE LA POBREZA

Al concluir la segunda década del siglo XXI, América Latina reportó importantes avances en indicadores económicos y sociales, especialmente visibles en cuanto a ingresos y consumo; disminuyó la pobreza extrema, la marginación de las mujeres en los sistemas educativos y mejoraron algunos aspectos de la salud básica universal. Sin embargo, estos logros no modificaron sustancialmente la ubicación de estos países en el panorama internacional y regional, con excepción de Venezuela y Nicaragua, cuya situación todavía no permite calificar objetivamente cuán deteriorados saldrán de la crisis en la que se encuentran. Si bien la pobreza extrema se localiza en sectores cuya situación estructural es enormemente difícil de transformar —como las personas excluidas y en situación de calle en las ciudades y las familias que se encuentran en tierras muy poco fértiles o en condición de servidumbre en las áreas rurales—, la pobreza ha ido adquiriendo otros rostros y, aunque se maquillen los datos, sigue mostrando precariedad. Estos nuevos rostros de la pobreza se encuentran en la informalidad laboral, las condiciones de autoempleo, la explotación de las personas —especialmente de mujeres jóvenes—, la migración forzada, los crecientes asesinatos de líderes sociales, la trata y tráfico de personas, así como en el incremento de la delincuencia, la violencia y las economías ilícitas como el narcotráfico y el contrabando. Acortando la perspectiva, los tres últimos años muestran que el crecimiento económico y las políticas de reconcentración del poder político se basan principalmente en el crecimiento de los precios de las materias primas y la intensificación de economías de exportación. Pero el deterioro de los mercados mundiales advierte a los organismos internacionales de los retrocesos de ingresos y sus efectos directos e inmediatos en el empobrecimiento de grandes sectores. Tenemos una región fragmentada, con pocas alternativas de integración y con una presencia intensa y confrontada de los intereses de China, Rusia y Estados Unidos. Al mismo tiempo, hay organizaciones y poblaciones de hombres y mujeres, jóvenes, rurales, urbanos, indígenas, criollos, negros y mestizos que construyen alternativas de fortalecimiento de la democracia, de sus culturas y de la base material para la conservación de la vida y satisfacción de sus necesidades. En muchos casos, con el apoyo solidario de la cooperación intercontinental que quedó en la región, resistiendo a los fuegos artificiales del progreso. Con una población altamente confesional, el continente está viviendo un crecimiento acelerado de las iglesias denominadas evangélicas y su influencia en los sectores políticos y económicos. Asimismo, la iglesia católica de la región se ha visto fortalecida por el nombramiento de un papa de origen latinoamericano, cuyo mensaje por los y las jóvenes, los más desfavorecidos y la protección del medio ambiente es un aliento de compromiso para el futuro, como muestra su llamado al Sínodo para la Amazonía en este 2019

Texto de ÓSCAR BAZOBERRY. Dir. Instituto para el Desarrollo Rural de Sudamérica.

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