«COMPARTIR LO QUE IMPORTA» ES COMPARTIR VALORES, ACTITUDES Y ESTILOS DE VIDA

Si consideramos que lo realmente importante, aquello que tiene que ser compartido, es la vida digna que es una exigencia de la propia sacralidad de la vida humana nacida en Dios, tenemos que asumir entonces que no se trata solo de compartir bienes. Para poner fin a la pobreza y el hambre en todo el mundo, para combatir las desigualdades, para construir sociedades pacíficas, justas e inclusivas, para promover los derechos humanos y defender la igualdad entre los géneros, para proteger de forma duradera el planeta y sus recursos naturales, para que la prosperidad llegue a todos, la ayuda económica es necesaria pero no resulta suficiente. Requiere verse acompañada de valores y actitudes que la convertirán en una ayuda transformadora al llegar a las causas de los problemas de forma duradera e inclusiva.

No es casual que el autor de los Hechos de los Apóstoles nos diga que «los seguidores de Jesús […] partían el pan por las casas  y tomaban el alimento “con alegría y sencillez de corazón”» (Hechos 2, 46). Esta alegría y sencillez de corazón son probablemente los valores que aportan sentido humano y cristiano a las meras acciones de partir el pan y tomar alimento. Podríamos pensar –como una posible interpretación entre otras– que los seguidores de Jesús actuaban con alegría al ver cómo el pan llegaba a todas las casas y con sencillez de corazón porque nadie tenía apego a nada.

No podemos compartir lo importante aportando una muy necesaria ayuda económica, pero manteniendo nuestras comodidades, los niveles de consumo y el modelo socioeconómico que pueden estar atentando contra lo más importante, que es la vida digna, especialmente para los pueblos más empobrecidos. En ocasiones, nos puede parecer más fácil poner en común lo material que escuchar con respeto a unas poblaciones desfavorecidas, compartir sus inquietudes y preocupaciones, acompañarles en sus estrategias de lucha para alcanzar una vida digna, contagiarnos de sus alegrías y esperanzas en un futuro mejor, etc. El verdadero compartir, el compartir de corazón va, por tanto, más allá de una ayuda material –por muy necesaria que sea– para llegar a una apropiación de actitudes de reconocimiento de la singularidad de cada ser humano y de sus derechos ya que compartimos la misma humanidad. En consecuencia, el «compartir lo que importa» no nace de la condescendencia o de la imposición sino de reconocer que el trabajo de todos por el bien común nos hace más humanos y hace el mundo más justo. Así, la vida digna o el bienestar no es solo un tema personal, sino que involucra también a quien está al lado, a nuestra comunidad y a todos los demás pueblos y personas que habitan la tierra.

En definitiva, «compartir lo que importa» implica apostar decididamente por unas actitudes, valores y estilos de vida que alimentan una cultura del encuentro frente a un discurso de superioridad; una cultura de la universalidad de los derechos humanos frente a estrategias discriminatorias; una cultura de economía del bien común, centrada en las personas, frente a economías de maximización de beneficios; una cultura de la subsidiariedad frente a un modelo asistencialista que infantiliza; en definitiva, una cultura del cuidado frente a una cultura del descarte.

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