PARAGUAY: DONDE NADIE QUIERE MIRAR

Todos cometemos errores, pero los de algunas personas quedan más en evidencia. Ese es el caso de quienes están en la cárcel. La privación de libertad es uno de los mayores y más habituales castigos que puede sufrir un ser humano.

   En Manos Unidas nada que afecte al ser humano nos es indiferente y sabemos que la situación que se vive en las cárceles de los países empobrecidos, es mucho más grave que en cualquier otro país, pues, en la mayoría de los casos, los derechos humanos no se respetan, los reclusos conviven con todo tipo de presos sin tener en cuenta su condición o condena y el futuro de esas personas al salir libres puede ser aún peor que cuando entraron en ella si no se les ofrece formación laboral y apoyo para no volver a reincidir y acabar de nuevo entre rejas.

   Para las mujeres encarceladas en países en vías de desarrollo, la situación es siempre más grave. Y es que, incluso desde las cárceles y privadas de libertad, ellas siguen al frente de sus hogares. Son, a menudo, madres solteras o abandonadas por sus maridos al entrar en la cárcel y las únicas responsables de la economía familiar.

   En Paraguay, Manos Unidas apoya desde hace varios años a la Pastoral Carcelaria que dirige el padre Luis Arias y su equipo. Allí, en el Módulo D de la Cárcel masculina de Tacumbú, donde malviven unos 3.400 hombres en unas instalaciones diseñadas para menos de la mitad, con las mafias y la droga campando a sus anchas, y que no ofrece, ni siquiera un colchón para cada preso, nuestra Organización financia proyectos de formación y capacitación laboral a través de talleres de corte y confección que les mantenga, al salir, alejados de la delincuencia. Las máquinas de coser ofrecen, además, un modo de ocupar el tiempo libre, el peor enemigo de un preso. “Este es un lugar de paso. No es lugar para quedarse “, asegura el Padre Luis. Y, por eso, con apoyo de Manos Unidas, se ha habilitado también el Albergue Virgen de la Merced que ofrece a cuarenta ex reclusos un ambiente de acogida y convivencia, como un enlace entre la cárcel y la reinserción laboral y social. Y es que el Padre Luis se dio cuenta de que era muy importante actuar en el momento de la excarcelación pues “sus compañeros delincuentes eran más generosos que nosotros: les esperaban a la salida de la cárcel y les ofrecían apoyo, dinero, un celular…”.

   La Pastoral Carcelaria cuenta con trabajadores sociales y psicólogos y apoya a los reclusos en sus procesos legales para salir de la cárcel. Esta tarea la dirige la Coordinadora Jurídica de la Pastoral Carcelaria, Myriam Ramírez; una ex presidiaria que aún se emociona al recordar sus días entre rejas y que nos explica cómo es la vida en El Buen Pastor, la penitenciaría de mujeres del barrio de Recoleta. Allí viven unas quinientas mujeres en un espacio pensado para doscientas. Hay más espacio al aire libre que en Tacumbú pero ellas sienten que se ahogan en una condena aún peor que la privación de libertad: el abandono y discriminación por parte de sus familias que ven con vergüenza su situación, aunque no tanta como para no aceptar de ellas su dinero pues es el que mantiene a sus familias, por lo general muy pobres.

   Las reclusas ganan dinero con trabajos en la cárcel como peluquería, carpintería, cocina, panadería, marroquinería e incluso lencería fina. Y, precisamente para cincuenta de ellas se quiere apoyar un proyecto que mejore su capacitación profesional en corte y confección, la creación de un taller textil y su formación Integral en derechos humanos, laborales y de gestión, así como ofrecerles atención psicológica. Todo para lograr que estas mujeres tengan una oportunidad al salir pues “nadie quiere contratar a una mujer que ha estado en la cárcel”, asegura Myriam, “y lo que más duele, cuando por fin sales, es la estigmatización. Te miran mal porque estuviste presa. La que nunca estuvo en la cárcel no lo entiende”

 

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