Morir de hambre no es "natural"

Compartimos el Editorial del nº 201 de la Revista de Manos Unidas, un oportuno texto para estos últimos días de este primer año de nuestra campaña trienal de lucha contra el hambre. En Manos Unidas creemos que la miseria y la exclusión no son una fatalidad, sino consecuencias del egoísmo humano. El mundo necesita un nuevo estilo de relaciones. Por eso queremos recuperar el sentido de la solidaridad, cultivando una cultura del encuentro y el cuidado. Seguimos plantando cara al hambre.

Queremos acabar este primer año de nuestra campaña trienal de lucha contra el hambre reflexionando sobre nuestro trabajo, a la luz de las palabras del papa Francisco en su visita a la sede del Programa Mundial de Alimentos.

Dice el Papa que es urgente e imprescindible desnaturalizar el hambre y la miseria, y dejar de verlos como datos sin más de la realidad en la que vivimos. “Son tantas las imágenes que nos invaden que vemos el dolor, pero no lo tocamos; sentimos el llanto, pero no lo consolamos; vemos la sed, pero no la saciamos”. En nuestra siembra, hemos podido ver cómo los rostros de quienes sufren la pobreza nos interpelan hasta hacernos conscientes de nuestra propia responsabilidad. Al acompañar los proyectos, en aquellos lugares donde tantas personas son víctimas de la injusticia, hemos podido tocar, consolar y saciar. La falta de recursos y de perspectivas de futuro, así como el desinterés o la indiferencia de los poderes públicos y de las sociedades acomodadas, son las dos caras de una situación que, si dejamos que nos cuestione, nos conmueve y nos abre a la solidaridad.

En Manos Unidas creemos que la miseria y la exclusión no son una fatalidad. Son consecuencias del egoísmo humano. Las sufren no solo las personas, sino también el resto de seres vivos y la propia Creación, que se ve expoliada por nuestro insaciable consumismo. La vida se ve gravemente amenazada por un desarrollo insolidario e insostenible. Los deseos individuales, convertidos engañosamente en necesidades, nos hacen depredadores en vez de cuidadores.

 

El mundo necesita un nuevo estilo de relaciones. Todo y todos estamos interconectados, nada de lo que hacemos es indiferente o neutro.

Pero, para recuperar el verdadero sentido de la solidaridad, es necesario acercarnos a los rostros y a las historias de los que sufren. Sabemos que, a partir del encuentro fraterno, podemos comprender a las personas y aprender a cuidarlas. Todos los seres humanos estamos dotados de cualidades que podemos y debemos poner en juego para construir juntos el bien común. Descubrimos que los dones de cada persona deben ser puestos en valor, reconocidos y tenidos en cuenta. En los países menos desarrollados, las comunidades y los pueblos tienen potencialidades que están por florecer. Necesitan de nuestro acompañamiento solidario para llegar a ser realidad.

Foto Juanlu Sánchez

En este sentido, el Papa apela a la necesidad de desburocratizar la miseria y el hambre y eliminar los obstáculos que nos impiden acercarnos a tantas comunidades y personas que sufren, para tender puentes, para unir manos, para crear humanidad. Como dice Francisco, “la humanidad se juega su futuro en la capacidad que tenga para asumir el hambre y la sed de sus hermanos. En esta capacidad de socorrer al hambriento y al sediento podemos medir el pulso de nuestra humanidad. Por eso, deseo que la lucha para erradicar el hambre y la sed de nuestros hermanos y con nuestros hermanos siga interpelándonos, que no nos deje dormir y nos haga soñar, las dos cosas”.  

El grito de los pobres y el grito de la tierra no nos dejan dormirnos. Queremos cultivar una cultura del encuentro y del cuidado. En Manos Unidas soñamos con un mundo nuevo, libre de miseria, y estamos convencidos de que es un mundo posible. Seguimos plantando cara al hambre.

Este texto corresponde al Editorial de la Revista de Manos Unidas nº 201 (octubre 2016-enero 2017).

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