Un cambio de mirada junto a las comunidades indígenas de la Amazonia brasileña
Juan Antonio García Galnares
Lo que comenzó como un viaje de seguimiento a un proyecto de Manos Unidas en la Amazonia brasileña, en la frontera con Perú, junto al socio local CPI Acre, ha terminado convirtiéndose en una experiencia profundamente transformadora para Juan Antonio García Galnares, responsable de Administración de Recursos de la organización.
El cansancio, la incomodidad y las dificultades del trayecto han dado paso al encuentro con las comunidades, a la convivencia y a una forma diferente de entender el bienestar, las relaciones y la vida en común. En esta entrevista, Juan Antonio comparte cómo conocer de cerca esta realidad le ha llevado a cuestionar algunas de sus propias certezas, valorar lo esencial y descubrir otras formas de vivir y organizar el mundo.
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¿Qué fue lo primero que te transmitió este viaje a Brasil?
Lo primero fue la sensación de que no iba a ser un viaje cualquiera. Empezó como un seguimiento a un proyecto en la Amazonia brasileña, en la frontera con Perú, pero muy pronto se convirtió en una experiencia que iba mucho más allá de lo profesional.
¿Qué fue lo más duro del trayecto?
La dureza física y mental. Hubo cansancio, incomodidad, ruido constante, lluvias torrenciales e incertidumbre. En varios momentos me pregunté si realmente merecía la pena, porque la experiencia ponía a prueba los límites de una manera muy intensa.
¿Cambió tu percepción a medida que avanzaba el viaje?
Sí, completamente. Al principio era fácil quedarse en lo negativo, pero poco a poco fui haciendo un esfuerzo consciente por mirar más allá de la incomodidad. Entendí que también podía elegir fijarme en lo valioso de lo que estaba viviendo.
¿Hubo algún momento que marcara un antes y un después en este viaje?
Sí, la llegada a la primera aldea, São Sebastião. La acogida fue sencilla, pero muy humana. Ese recibimiento cambió por completo mi percepción del viaje, porque me hizo ver que el bienestar no depende solo de las condiciones materiales, sino también de las relaciones, la comunidad y la capacidad de compartir.
¿Qué te enseñó la convivencia con las comunidades?
Me obligó a romper muchos esquemas propios. Desde la ausencia de comodidades hasta la manera de gestionar la vida cotidiana, todo exigía adaptación. Fue un aprendizaje muy fuerte sobre aceptar, relativizar y salir de una mirada occidental que muchas veces da por hecho cosas que no son universales.
¿Qué destacarías de los encuentros en las aldeas?
La escucha directa, sin intermediaciones. Fue una conexión humana muy especial, porque allí no solo conoces una realidad distinta, sino que también aprendes de su forma de ver el mundo, de organizarse y de expresar sus preocupaciones. Eso te cambia por dentro.
¿Qué reflexiones te dejó el contraste entre tradición y cambio?
Me hizo pensar mucho en el impacto de la tecnología, el acceso a internet, los móviles o la energía solar en lugares tan remotos. También me generó preguntas sobre la preservación de la identidad cultural, la pérdida de lenguas y los cambios en los hábitos de vida. Son procesos complejos, con luces y sombras.
¿Con qué sensación final te quedaste?
Con una sensación de privilegio y transformación. Al final, el sacrificio inicial desapareció y quedó sobre todo el aprendizaje: valorar lo esencial, cuestionar certezas propias y entender que existen muchas formas válidas de vivir y organizar el mundo.
¿Cómo resumirías tu experiencia?
Más que una visita de seguimiento del proyecto «Seguridad alimentaria y territorial en comunidades indígenas», fue un proceso de aprendizaje personal en el que la incomodidad fue el punto de partida y la reflexión, el verdadero destino.