“Quería tocar el sufrimiento y acompañar”
Pascale Nicolas
La vocación de Pascale Nicolas, hermana Carmelita Misionera, la llevó muy lejos de su lugar de origen, Bélgica, hasta Camerún. Allí acompaña a personas enfermas en contextos de extrema vulnerabilidad. Su día a día transcurre entre hospitales, heridas que no siempre cicatrizan y vidas marcadas por la pobreza, la falta de acceso a la salud y el sufrimiento.
En esta entrevista, Pascale comparte su realidad como sanitaria en Camerún, su trabajo junto a las comunidades más frágiles y el camino personal que la llevó a dedicar su vida a acompañar a quienes más lo necesitan.
Transcripción del vídeo
Bueno, yo soy Pascale, soy una hermana Carmelita Misionera en Camerún. Entonces nosotras más bien atendemos a antiguos enfermos de lepra, tuberculosos multi resistentes y enfermos con todo tipos de heridas por accidentes de tráfico, muchísimos, hay un montón en Camerún y todo esto agrava la situación y acabamos con amputaciones. Luego hay muchos diabéticos por la alimentación; toman muchísimo azúcar y bueno, con el clima, la humedad, el calor, el polvo y la suciedad que hay, pues hay muchas heridas que acaban en gangrenas diabéticas. Y la atención médica pues para mí no es buena, es bastante caro, lo veo bastante caro en comparación con los salarios, no es fácil. Teníamos en un momento en el hospital a tres jóvenes de 20 años, pues les pagamos prótesis que eran casi 5.000€ para un resultado fatal. Ninguno de ellos podían llevar su prótesis porque pesaba mucho, estaba mal hecha, hacían daño y todo eso. A los 15 años sentí una llamada de que Dios me quería revelar algo en África y tuve la intuición de que tenía que tocar a la puerta de hermanas que había ahí, Carmelitas Misioneras y les pedí si podía hacer un trabajo en el hospital, si podía asistir a un parto, ya que nunca había visto un parto, me hacía mucha ilusión y me dijeron que sí y era una joven de 13 años; su cadera no estaba preparada, no se podía hacer la cesárea, fue súper duro y finalmente pude expulsar al niño, muerto. Entonces la niña, agotadísima, empezó a llorar, yo la cogí en mis brazos, llorando también y me di cuenta que había algo que nos unía mucho más, a pesar de la diferencia de edad, de cultura, de color, hay un mismo lenguaje, el lenguaje del amor y de la humanidad, y entonces es cuando me decidí, me dije qué iba a hacer, que yo quería tocar el sufrimiento y acompañar. Empecé haciendo medicina y reorientar en enfermería, y ya entré a las Carmelitas Misioneras en África, en el 2004. Manos Unidas nos ha ayudado en todas nuestras misiones y en la leprosería ya nos había ayudado, y con el proyecto en el centro de prótesis, cuyo el edificio principal es de Manos Unidas, que nos apoyó desde el inicio en este proyecto.
Para empezar, ¿cuándo sentiste que tu vocación estaba ligada a África?
A los 15 años sentí una llamada, como si Dios quisiera revelarme algo en África, y tuve la intuición de que tenía que tocar a la puerta de las hermanas Carmelitas Misioneras que había allí.
¿Cómo fue tu camino de formación y entrada en la congregación?
Empecé estudiando medicina y luego me reorienté hacia enfermería. Más tarde entré en las Carmelitas Misioneras en África.
¿Podrías hablarnos de la labor de las hermanas Carmelitas Misioneras en Camerún?
Nosotras atendemos sobre todo a antiguos enfermos de lepra, a tuberculosos multirresistentes y a personas con todo tipo de heridas.
¿Qué tipo de enfermedades y situaciones son más frecuentes entre las personas a las que atendéis?
Muchas de estas heridas son consecuencia de accidentes de tráfico, que son muy frecuentes en Camerún, y todo esto agrava la situación hasta acabar, en muchos casos, en amputaciones. También hay muchos diabéticos por la alimentación: toman muchísimo azúcar y, con el clima, la humedad, el calor, el polvo y la suciedad que hay, muchas heridas acaban en gangrenas diabéticas.
¿Cómo es el acceso a la atención médica en el país?
La atención médica, desde mi punto de vista, no es buena y resulta bastante cara en comparación con los salarios, por lo que no es fácil acceder a ella.
¿Has vivido situaciones especialmente duras en tu trabajo diario?
En una ocasión teníamos en el hospital a tres jóvenes de 20 años a los que les pagamos prótesis que costaban casi 5.000 euros, con un resultado fatal. Ninguno de ellos podía llevar su prótesis porque pesaba mucho, estaba mal hecha, les hacía daño y no servía.
¿Recuerdas algún momento que marcara especialmente tu decisión?
Les pedí si podía hacer algún trabajo en el hospital, si podía asistir a un parto, ya que nunca había visto uno y me hacía mucha ilusión. Me dijeron que sí, y se trataba de una joven de 13 años. Su cadera no estaba preparada y no se podía hacer una cesárea. Fue muy duro y finalmente pudo expulsar al niño, pero nació muerto.
¿Qué ocurrió después de ese momento?
La niña, agotadísima, empezó a llorar. Yo la cogí en mis brazos, llorando también, y me di cuenta de que había algo que nos unía mucho más allá de la diferencia de edad, de cultura o de color. Hay un mismo lenguaje: el lenguaje del amor y de la humanidad. Fue entonces cuando me decidí y me dije que eso era lo que quería hacer: tocar el sufrimiento y acompañar.
¿Qué papel ha tenido Manos Unidas en vuestro trabajo en Camerún?
Manos Unidas nos ha ayudado en todas nuestras misiones; ya nos había apoyado en la leprosería y también en el proyecto del centro de prótesis, cuyo edificio principal es de Manos Unidas, que nos respaldó desde el inicio de este proyecto.
