“Abriendo Fronteras” reúne a jóvenes de España y Marruecos para fomentar la cultura del encuentro
¿Qué ocurre cuando dejamos atrás nuestra zona de confort para encontrarnos con personas que viven una realidad totalmente ajena a la nuestra? Esta ha sido la pregunta que ha acompañado a un grupo de personas jóvenes voluntarias durante la segunda edición de Abriendo Fronteras, una experiencia impulsada por el equipo de voluntariado joven de Manos Unidas.
Inspirada en la encíclica Fratelli Tutti del papa Francisco y en la parábola del buen samaritano, la iniciativa propone vivir la cultura del encuentro como una respuesta a la polarización, los prejuicios y el miedo a quien es diferente.
Con este propósito, nueve jóvenes de distintas delegaciones de Manos Unidas se han desplazado desde Madrid hasta el norte de Marruecos para conocer el trabajo que desarrollan nuestros socios locales. Durante su estancia de diez días han compartido experiencias con jóvenes marroquíes, personas migrantes, niños y niñas con discapacidad y organizaciones comprometidas con la transformación de su realidad y la construcción de un mundo más justo y sostenible. Un viaje que les ha permitido descubrir que “abrir fronteras” no solo implica cambiar de país, si no, sobre todo, cambiar la mirada.
El itinerario arrancó en Madrid, donde las personas que participaron compartieron varias jornadas de formación para conocer mejor la realidad de Marruecos, la labor de Manos Unidas en el país y el significado de la cultura del encuentro.
"Hablar de 'cultura del encuentro' significa que como pueblo nos apasiona intentar encontrarnos, buscar puntos de contacto, tender puentes, proyectar algo que incluya a todos. Esto se ha convertido en deseo y en estilo de vida." (Fratelli Tutti, 216)
Jóvenes de Manos Unidas frente a la realidad de la migración
La reflexión sobre la migración comenzó incluso antes de pisar Marruecos. Durante la travesía en ferry por el Estrecho, el grupo tomó conciencia de que el mismo trayecto que para ellos representaba el inicio de una experiencia de aprendizaje es, para miles de personas, un viaje marcado por la incertidumbre, el riesgo y la esperanza de encontrar una vida mejor.
Marruecos se ha convertido en los últimos años en un país de tránsito, pero también de destino, para miles de personas migrantes, muchas de ellas procedentes del África subsahariana. Tras abandonar sus hogares huyendo de conflictos, persecuciones o de la falta de oportunidades, muchas quedan atrapadas durante meses o incluso años en territorio marroquí, donde a menudo se enfrentan a situaciones de vulnerabilidad y discriminación por su condición de migrantes.
La primera noche mantuvieron un encuentro con el arzobispo de Tánger-Tetuán-Alhucemas, don Emilio Rocha Grande, quien les invitó a reflexionar sobre la creciente polarización que atraviesan muchas sociedades, especialmente respecto a la migración, y sobre la necesidad de construir espacios de diálogo para superar el “miedo” a quien es diferente.
Para conocer mejor esta realidad, el grupo de jóvenes visitó la Delegación Diocesana de Migraciones (DDM) de Tánger, socio local de Manos Unidas. Allí, compartieron conversaciones y experiencias con personas migrantes subsaharianas y marroquís. De esta forma, pusieron rostro a una realidad que, en la mayoría de los casos, es representada simplemente con titulares y cifras vacías.
“Me ha encantado estar con la DDM, porque ponen a la persona en el centro y la dignidad humana es su prioridad” nos cuenta Fernando Saiz, del equipo de Jóvenes de Manos Unidas.
Jóvenes de Manos Unidas por una inclusión sin barreras
Otra de las experiencias más transformadoras del itinerario llevó al grupo hasta la Asociación Hanan, socio local de Manos Unidas que trabaja por la inclusión de niños y niñas con discapacidad a través de la atención temprana, terapias, actividades educativas y una escuela sociodeportiva.
Aunque en Marruecos se han producido avances en materia de derechos, muchas personas con discapacidad siguen encontrando obstáculos para acceder a servicios especializados, a una educación inclusiva o a los apoyos necesarios para participar plenamente en la vida social. Frente a esa realidad, Hanan trabaja para que la discapacidad no sea un motivo de exclusión, sino una oportunidad para construir una sociedad más inclusiva.
El grupo de jóvenes pudo conocer de cerca ese trabajo y compartir una jornada en la playa de Amsa junto a los niños y niñas que participan en este proyecto.
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“Creo que Hanan trata la diversidad funcional desde el respeto, desde una mirada humana y sencilla, que creo que es lo que hace falta. Me ha llamado mucho la atención y creo que es algo que podemos trasladar a España” cuenta Marta, de la delegación de Valencia.
Descubrir que compartimos más de lo que nos diferencia
El viaje también los llevó a conocer el trabajo de la asociación Abdessadak Chekara, que utiliza la música andalusí como herramienta para ofrecer una segunda oportunidad a jóvenes que abandonaron sus estudios y cuyo único deseo es cruzar el estrecho en busca de oportunidades.
También participaron en un diálogo norte-sur en el Centro Cultural Lerchundi de Martil con jóvenes de la asociación ATIL, socio local de Manos Unidas que promueve el acceso a la educación, la autonomía de las mujeres y la inclusión social. Las conversaciones dejaron una idea clara: más allá de las diferencias culturales o geográficas, los jóvenes comparten preocupaciones, aspiraciones y el deseo de construir un futuro con más oportunidades.
“Me ha gustado mucho estar con ATIL, ya que está formada por jóvenes con quienes pusimos en común y compartimos polémicas sociales, trabajando nuestra horizontalidad Norte-Sur” cuenta Pilar, de la delegación de Murcia.
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Como broche final de la experiencia, el grupo de jóvenes compartió un día de aprendizaje e intercambio de ideas junto a la asociación Open Hands, creada y liderada por jóvenes marroquís comprometidos con transformar su entorno a través del voluntariado. Aunque esta asociación no es socio local de Manos Unidas, unieron sus manos abiertas para organizar una labor de servicio conjunta, organizando una limpieza en las playas de Martil. Un gesto sencillo, que nos recuerda que en las pequeñas acciones de nuestro día a día también se encuentra el motor del cambio.
“Me encantó estar con Open Hands porque pudimos intercambiar culturas y compartir ideas y nuevos pensamientos” dice Silvia, de la delegación de Barcelona.
El viaje termina, el compromiso continúa
Abriendo Fronteras no termina con el regreso a España. Quienes participan en esta experiencia asumen el compromiso de compartir lo vivido y convertirse en educadores para el desarrollo en sus delegaciones, centros educativos, universidades y en las redes sociales.
El mayor aprendizaje, coinciden, no ha sido descubrir un nuevo país o visitar proyectos, sino cambiar la forma de mirar a las personas, al Sur global y a los socios locales.
En un contexto marcado por los conflictos, la polarización y los discursos que levantan muros, estos nueve jóvenes regresan convencidos de que el encuentro sigue siendo una de las herramientas más poderosas para construir una sociedad más justa, fraterna y comprometida con la dignidad de todas las personas.