Imagen
República Democrática del Congo, la riqueza de un país donde reina la pobreza
Cuando los recursos naturales son el principal foco de conflicto.
Ser rico en recursos naturales supone pobreza, hambre, conflicto, desplazamiento y violencia. O es lo que se podría deducir si tomásemos como ejemplo lo que ocurre en la República Democrática del Congo (RDC).
La RDC es una contradicción difícil de comprender. Bajo su tierra se esconden algunas de las mayores riquezas minerales del planeta. Sobre ella, millones de personas luchan por sobrevivir en un contexto cada vez más marcado por la violencia, los desplazamientos y la pobreza.
La diversidad geológica de RDC lo han convertido en una pieza clave de la economía mundial. Alberga la segunda mayor reserva mundial de diamantes (estimada en unos 700 millones de quilates), así como enormes depósitos de oro y otros minerales estratégicos, como el coltán, del que dependen muchos de los dispositivos electrónicos que empleamos en nuestro día a día. Sin embargo, esta riqueza nunca se ha traducido en bienestar para más de 112 millones de habitantes.
Al contrario. Desde hace décadas, los recursos naturales han sido causa de múltiples conflictos armados, disputas por el control del territorio y una violencia que parece no tener fin. Millones de personas han sido víctimas de asesinatos, torturas, violencia sexual y desplazamientos forzosos.
La situación es mucho más dramática al pensar que, a pesar de su magnitud, es uno de los grandes conflictos olvidados del mundo. Aunque el mundo se beneficia de los recursos que proceden del suelo congoleño, aparta la mirada de los millones de personas atrapadas entre la pobreza, la inseguridad y la violencia.
Un país atrapado en una crisis que no termina
Después de más de 30 años de conflicto armado, la población congoleña paga un precio devastador.
Desde octubre de 2023, al menos 500.000 personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares, y se estima que el 44 % de ellas no ha recibido ningún tipo de ayuda humanitaria. Según datos de Naciones Unidas y de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), la República Democrática del Congo registra una de las mayores crisis de desplazamiento forzado del mundo, con más de 7 millones de personas desplazadas dentro de sus propias fronteras en 2024, y más de un millón refugiadas en países vecinos, especialmente Uganda.
Con más de 112 millones de habitantes, la República Democrática del Congo es el cuarto país más poblado de África. Sin embargo, más del 23 % de su población —alrededor de 26 millones de personas— vive en situación de extrema vulnerabilidad y necesita ayuda humanitaria urgente.
Imagen
Pobreza entre la riqueza
La situación económica del país refleja con crudeza esta paradoja.
Según el Banco Mundial, en 2023 el 74,6 % de la población vivía con menos de 2,15 dólares al día, el umbral internacional de la pobreza extrema.
Mientras tanto, ante el recrudecimiento de los conflictos armados, el aumento del gasto militar está reduciendo los recursos destinados a servicios esenciales: el presupuesto de defensa representó el 7,14 % del gasto público en 2024 y el presupuesto de 2025 ha sido calificado por el Fondo Monetario Internacional como “presupuesto de guerra”.
Según Naciones Unidas, para responder a las necesidades más urgentes de los 26 millones de personas afectadas, serían necesarios más de 2.000 millones de dólares.
Sin embargo, la crisis va mucho más allá del ámbito económico. Desde hace años, las organizaciones en defensa de los derechos humanos han denunciado desapariciones, torturas, detenciones arbitrarias y otros abusos cometidos tanto por grupos armados como por actores estatales.
La violencia sexual se ha convertido de forma sistemática en un arma de guerra, lo que ha convertido a mujeres y niñas en víctimas especialmente vulnerables en las zonas afectadas por los combates, donde la impunidad continúa siendo una realidad cotidiana.
La combinación de violencia, desplazamiento, pobreza extrema y falta de acceso a servicios básicos mantiene atrapados a millones de congoleños en una de las crisis humanitarias más prolongadas y olvidadas del mundo. No solo hacen falta alimentos, agua o refugio, sino también acceso a la educación, atención sanitaria, apoyo psicológico y protección para los grupos más vulnerables.
¿Cómo se ha llegado a este punto?
Para comprender la situación actual, hay que remontarse muchas décadas atrás. La crisis de la República Democrática del Congo es el resultado de una combinación de factores históricos, políticos y económicos que se remontan a la época colonial.
El territorio congoleño fue explotado por potencias extranjeras interesadas en sus recursos naturales. La extracción de riqueza se convirtió en una prioridad por encima del desarrollo de instituciones sólidas o del bienestar de la población.
Tras la independencia en 1960, el país sufrió conflictos internos, corrupción y una gobernanza frágil. Esta inestabilidad política alcanzó un punto de inflexión tras el genocidio de Ruanda de 1994, que provocó la llegada de millones de refugiados y desencadenó las Guerras del Congo. Estos conflictos, que involucraron a numerosos países africanos y a decenas de grupos armados, son considerados por muchos historiadores como los más mortíferos desde la Segunda Guerra Mundial.
Desde entonces, la presencia de más de un centenar de grupos armados, la intervención de países vecinos y la lucha por el control de minerales estratégicos como el coltán, el cobalto o el oro han perpetuado un ciclo de violencia, pobreza e impunidad que sigue afectando a millones de personas.
Imagen
¿Cómo interviene Manos Unidas para paliar esta situación?
Frente a esta realidad, el trabajo de Manos Unidas demuestra que es posible abrir caminos de esperanza. Desde hace más de 50 años, acompañamos a comunidades vulnerables en la República Democrática del Congo en ámbitos como la educación, la salud o la seguridad alimentaria, siempre de la mano de nuestros socios locales.
Un ejemplo de ello es la intervención que desarrollamos junto a Cáritas Développement Santé (CDS) de la diócesis de Kisantu, una organización con amplia experiencia en el acompañamiento a comunidades rurales. Con el apoyo del Gobierno de Navarra, el programa se centra en 60 aldeas de los sectores de Luidi y Benga, en la provincia de Congo Central, donde la inseguridad alimentaria está estrechamente ligada a la baja productividad agrícola y a la falta de oportunidades de comercialización.
En total, 1200 hogares -más de 2700 personas- participan en esta iniciativa que busca combatir la malnutrición y la inseguridad alimentaria. Para ello, se trabaja en fortalecer las capacidades agrícolas de las comunidades, introduciendo técnicas agroecológicas que permiten aumentar la producción de forma sostenible y respetuosa con el entorno. Pero no se trata solo de producir más, sino también de vivir mejor. El programa impulsa la creación de cooperativas locales que faciliten la comercialización de los productos, generando ingresos estables para las familias. Al mismo tiempo, se promueve el liderazgo de las mujeres, el acceso equitativo a los recursos y el fortalecimiento de las organizaciones comunitarias.
La iniciativa incorpora también un enfoque medioambiental, fomentando prácticas resilientes frente al cambio climático y contribuyendo a la restauración de los ecosistemas locales. Todo ello desde una perspectiva de desarrollo endógeno, en la que son las propias comunidades quienes lideran su proceso de transformación.
En la República Democrática del Congo, donde el hambre es una realidad estructural ligada al conflicto y la pobreza, la respuesta no puede limitarse a la asistencia inmediata. También implica fortalecer capacidades, generar oportunidades y acompañar a las comunidades en la construcción de un futuro digno. Ese es el compromiso de Manos Unidas con su campaña de 2026: declarar la guerra al hambre donde más se necesita, también en los conflictos olvidados.
En plena zona de guerra, ocupada por el movimiento guerrillero M23, en la archidiócesis de Bukavu, en la provincia de Kivu Sur, el Centro Olame desarrolla un programa de apoyo a 200 mujeres en situación vulnerable.
Con el apoyo de Manos Unidas, las mujeres reciben una cierta alfabetización y una formación en costura y agricultura. El objetivo es lograr que estas mujeres generen ingresos. Los productos agrícolas producidos se venden en los mercados locales. En una segunda fase, los grupos de mujeres reciben formación en crédito y ahorro y en sensibilización de género. La responsable local del proyecto ha tenido que huir con su familia, pero su equipo sigue trabajando con las mujeres. Se colabora de forma muy estrecha con las autoridades locales, jefes de poblados, etc., para que acepten que las mujeres puedan tener su propio negocio.
El programa está vivo y busca captar más mujeres a través de actividades como el teatro, el baile, sensibilizando y explicando sus derechos en contra de la tradición.
Imagen
Imagen
Imagen
Nuestro objetivo es que todas las personas vivan con dignidad
Tu colaboración puede cambiar vidas.