Mejora del acceso a educación secundaria en Chókwè
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En Chókwè, al sur de Mozambique, hay muchos niños y niñas que aprenden demasiado pronto que crecer no siempre significa avanzar. En el barrio 5.º, una de las zonas más humildes de la ciudad, la infancia no siempre está protegida ni acompañada. Para muchos menores, el día a día está marcado por la pobreza, la ausencia de sus padres y la incertidumbre de no saber si podrán seguir estudiando o si tendrán que dejar la escuela para ayudar en casa.
Muchas familias viven en condiciones precarias. Las viviendas son sencillas, construidas con materiales básicos y, en muchos casos, sin acceso estable a agua potable ni a servicios esenciales. La economía de la zona depende sobre todo de la agricultura de subsistencia, una actividad muy frágil porque está constantemente afectada por sequías, inundaciones y ciclones que destruyen cosechas y complican todavía más la vida de las familias. Cuando la tierra no produce, todo se tambalea: falta comida, faltan ingresos y la escuela pasa a un segundo plano.
La vulnerabilidad de la infancia en Chókwè
Además, en esta parte de Mozambique hay otro problema que ha dejado una huella profunda en la vida de muchas personas: la migración. Muchos hombres se marchan a Sudáfrica buscando trabajo, porque en su propio país no encuentran una forma de mantener a sus familias. Algunos regresan, pero otros no. Y en ese proceso, muchos hogares quedan rotos. Hay niños que crecen con sus abuelos, personas mayores que hacen todo lo posible por cuidarles, aunque muchas veces no tienen recursos suficientes ni para cubrir lo más básico.
A esto se suma la crisis del VIH/SIDA, que sigue golpeando con fuerza a la provincia de Gaza, donde la prevalencia alcanza el 20,6 %. Esto significa que muchas familias conviven con la enfermedad de forma directa: padres enfermos, madres solas, niños huérfanos o en situación de abandono. La enfermedad no solo afecta a la salud, también agrava la pobreza y la vulnerabilidad. Cuando una familia pierde su estabilidad, la educación suele ser una de las primeras cosas que se resiente.
El nivel educativo en la zona es muy bajo, especialmente entre las mujeres. Muchas madres nunca han podido ir a la escuela y solo una pequeña parte ha terminado la educación primaria. Esto influye en sus oportunidades laborales, en su autonomía y también en la forma en la que se toman decisiones dentro del hogar. En el caso de los adolescentes, el riesgo de abandonar los estudios es muy alto. Cuando eso ocurre, aparecen otros peligros: trabajo infantil, explotación, violencia de género, matrimonios forzados o incluso redes de trata. Las niñas son, muchas veces, las más expuestas. Muchas dejan de estudiar antes que los niños porque tienen que ayudar en casa, cuidar de sus hermanos pequeños o porque sus familias no pueden asumir los gastos escolares. Otras veces, simplemente, porque se considera que su futuro no pasa por la educación. Mantenerlas en la escuela significa también protegerlas y ofrecerles una oportunidad real de cambiar su vida.
En este contexto trabaja desde hace años AFICAR, las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, que gestionan una escuela comunitaria en el barrio desde 1993. Es un centro muy importante para la zona porque ofrece educación infantil, primaria y también el primer ciclo de secundaria. Para muchas familias, esta escuela representa la única posibilidad real de que sus hijos puedan estudiar cerca de casa y continuar su formación. Sin embargo, con el paso de los años, el centro ha crecido más rápido que sus recursos. La demanda de plazas aumenta, pero los espacios no son suficientes. Las clases de secundaria se imparten actualmente en condiciones muy precarias, en aulas improvisadas, con poca ventilación, escasa iluminación y mobiliario insuficiente. No son lugares pensados para aprender. Muchos estudiantes pierden la motivación, otros faltan con frecuencia y algunos terminan abandonando la escuela porque sienten que continuar ya no merece la pena.
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Un proyecto educativo impulsado por Manos Unidas
Por eso, este proyecto nace como una respuesta concreta a una necesidad muy clara: ofrecer a los adolescentes un espacio digno donde puedan seguir estudiando. La propuesta consiste en construir y equipar un nuevo edificio de secundaria dentro del terreno de la Escuela San Vicente de Paúl, que ya pertenece al socio local y donde la comunidad reconoce este trabajo desde hace muchos años. El nuevo edificio contará con seis aulas, una sala para el profesorado, un despacho de dirección, un gabinete pedagógico, una secretaría y una sala de archivo. Será un espacio sencillo, pero adecuado, pensado para que aprender sea posible en buenas condiciones. Las aulas funcionarán en doble turno, por la mañana y por la tarde, lo que permitirá duplicar la capacidad y atender a más estudiantes sin necesidad de que las familias busquen otras opciones que muchas veces no existen.
Esto es especialmente importante porque el acceso a la educación secundaria en Chókwè sigue siendo muy limitado. La oferta pública no cubre la demanda, los centros suelen estar lejos y muchas familias no pueden asumir los costes del transporte, las matrículas o los uniformes. Cuando estudiar supone un gasto imposible, la escuela deja de ser una opción y se convierte en un privilegio. Pero el proyecto no se queda solo en la construcción de aulas. También busca mejorar todo el entorno educativo. Que los profesores puedan trabajar mejor, preparar sus clases con más tranquilidad y acompañar a los alumnos de forma más cercana. Que la escuela sea un lugar seguro, ordenado y estable, donde los jóvenes encuentren no solo formación, sino también protección frente a muchos de los riesgos que existen fuera.
El proyecto beneficiará directamente a 2092 personas. Por un lado, 600 estudiantes de secundaria utilizarán las nuevas aulas y podrán continuar sus estudios en mejores condiciones. Además, 1476 alumnos de primaria tendrán asegurada la posibilidad de seguir estudiando en el mismo centro cuando lleguen a esa etapa. También mejorarán las condiciones de trabajo de 16 docentes de secundaria, algo fundamental para ofrecer una enseñanza de mayor calidad. El impacto indirecto será todavía mayor. Más de 8500 personas, entre familias, profesorado, personal del centro y comunidad educativa, se beneficiarán de una forma u otra. Porque cuando un adolescente permanece en la escuela, toda la familia cambia. Hay más posibilidades de empleo en el futuro, más estabilidad y también más esperanza.
Se espera que esta intervención ayude a reducir el abandono escolar, especialmente entre las niñas, y que más jóvenes puedan terminar la secundaria. También se busca que la escuela se convierta en un espacio protector frente a la violencia, la explotación o la exclusión social. La educación no resuelve todo de inmediato, pero sí abre puertas que de otra manera permanecerían cerradas.
El proyecto tendrá una duración de ocho meses y cuenta con el apoyo de Manos Unidas, que acompaña esta iniciativa junto a AFICAR. No se trata de una intervención aislada, sino de una continuidad en un trabajo que lleva años fortaleciendo a esta comunidad desde la educación.
Esta iniciativa contribuye directamente al Objetivo de Desarrollo Sostenible número 4, Educación de calidad, pero también al ODS 5, Igualdad de género, y al ODS 10, Reducción de las desigualdades. Porque cuando una niña puede seguir estudiando, cuando un adolescente encuentra un aula en lugar de la calle, cuando una familia siente que el futuro puede ser un poco mejor, el cambio empieza a ser real.