Fortalecimiento de las comunidades beduinas jahalin en Cisjordania

Fortalecimiento de las comunidades beduinas jahalin en Cisjordania

País

Duración

12 meses

Año de inicio

2025

Importe

51.129 €

Referencia

PAL78858

Sectores

Derechos de las mujeres y equidad

En el desierto de Judea, en el área C de Cisjordania, hay comunidades que viven prácticamente invisibles para el mundo. Son familias beduinas jahalin que sobreviven en pequeños asentamientos rodeados por el muro de separación, los asentamientos de colonos israelíes y las infraestructuras militares. Su vida transcurre entre controles, restricciones y una sensación constante de provisionalidad. Allí, donde todo parece limitado, la infancia y el futuro también lo están.

Los beduinos jahalin fueron expulsados de su territorio original en la región del Negev entre 1948 y 1950. Desde entonces, han tenido que desplazarse una y otra vez, perdiendo no solo sus tierras, sino también gran parte de su forma de vida. La trashumancia y el pastoreo, que durante generaciones fueron su principal sustento, ya casi no son posibles. Hoy viven confinados en el desierto, en campamentos que albergan entre 100 y 500 personas, en condiciones muy precarias.

Las antiguas tiendas tradicionales han sido sustituidas por contenedores metálicos desgastados y chabolas improvisadas. No hay agua potable de forma regular, tampoco electricidad ni acceso fácil a servicios sanitarios o educativos. La movilidad está muy restringida y cualquier desplazamiento puede convertirse en un problema. La vida cotidiana está marcada por la inseguridad y por una enorme falta de oportunidades.

En este contexto, los niños crecen en medio de muchas carencias. Los más pequeños, menores de seis años, no tienen acceso a educación infantil porque el sistema educativo palestino no contempla esta etapa. Muchos pasan el día vagando por el desierto, sin un espacio donde aprender, jugar o simplemente sentirse seguros. Esto hace que, cuando llega el momento de incorporarse a la escuela primaria, muchos no estén preparados y la adaptación sea muy difícil. La situación se ha agravado todavía más desde el inicio de la guerra en octubre de 2023. La interrupción de las clases en las escuelas públicas ha dejado también a los niños mayores sin continuidad educativa. Muchos llevan meses sin poder asistir a clase, viviendo en un entorno de estrés constante, miedo e inestabilidad. Para ellos, la escuela no es solo un lugar de aprendizaje, también es un espacio de protección y de cierta normalidad.

Las mujeres beduinas también viven una realidad especialmente dura. Su aislamiento es profundo. Muchas apenas salen de sus aldeas salvo para alguna compra o una visita médica. La cultura y las tradiciones, unidas a las condiciones de pobreza y exclusión, hacen que vivan en una situación de fuerte ostracismo. Tienen pocas oportunidades de formación, escasa participación en la vida pública y una carga enorme dentro del hogar. Sin embargo, son ellas quienes sostienen gran parte de la vida familiar. Cuidan de los hijos, de los mayores, gestionan la casa y mantienen vivas muchas de las tradiciones de la comunidad. También son quienes más sufren el impacto de la precariedad y la falta de recursos. Encontrar espacios donde reunirse, hablar y sentirse acompañadas no es algo habitual, y por eso cualquier oportunidad de encuentro tiene un valor enorme.

Desde 2009, las Hermanas Misioneras Combonianas acompañan a estas comunidades beduinas con una presencia constante y muy cercana. Su trabajo no empezó con grandes proyectos, sino con algo más sencillo y más importante: estar, escuchar y ganarse la confianza de las familias. Su respeto por las costumbres beduinas y su forma de trabajar desde dentro de la comunidad les ha permitido abrir caminos donde antes parecía imposible.

Fue precisamente así como detectaron una necesidad urgente: los niños pequeños no tenían acceso a ningún tipo de educación. Para dar respuesta a esta situación, pusieron en marcha varias guarderías comunitarias que hoy se han convertido en un punto de referencia para las familias. Actualmente gestionan cinco guarderías en Abu Nawar, Abu Hindi, Al Muntar, Kassarat y Dawar Jaba. Estos espacios son mucho más que una escuela infantil. Son lugares donde los niños pueden aprender, jugar, relacionarse y prepararse para su futura entrada en la escuela primaria. También son un respiro para las familias, que encuentran en ellas un apoyo muy importante en medio de tantas dificultades.

Imagen

Fortalecimiento de las comunidades beduinas jahalin en Cisjordania

Educación infantil y apoyo comunitario en el desierto de Judea

El proyecto que ahora se impulsa junto a Manos Unidas busca fortalecer precisamente este trabajo y seguir acompañando a las comunidades beduinas durante un curso escolar completo. La intervención beneficiará directamente a 460 personas y se centra en tres pilares fundamentales: la educación infantil, los campamentos de verano para niños y niñas y el fortalecimiento de las mujeres de la comunidad. Por un lado, se mantendrán las cinco guarderías donde acuden regularmente unos 100 niños y niñas menores de seis años. Las diez maestras que trabajan en ellas pertenecen a las propias comunidades, algo muy importante porque facilita la confianza de las familias y el arraigo del proyecto. Estas maestras reciben formación continua en técnicas pedagógicas para mejorar la calidad educativa y acompañar mejor a los menores.

Además, se organizarán campamentos de verano para 315 niños y niñas de entre 3 y 13 años en siete comunidades. En el contexto actual, estos campamentos son más necesarios que nunca. Después de meses de interrupciones escolares y de vivir en un ambiente tan hostil, ofrecer a los niños un espacio seguro donde puedan jugar, aprender y convivir resulta fundamental. No se trata solo de entretenimiento. Durante estos campamentos también se trabaja con ellos valores como la reconciliación, la tolerancia, la paz y la esperanza. En un lugar donde la violencia y la tensión forman parte de la vida diaria, hablar de convivencia y de futuro también es una forma de protección.

Junto a la infancia, el proyecto sigue apostando por las mujeres. Gracias al vínculo creado a través de las guarderías, las hermanas han podido acercarse también a madres y abuelas, organizando talleres de apoyo psicosocial, formación y pequeñas actividades generadoras de ingresos. Al menos 120 mujeres participarán en estos espacios, donde no solo reciben acompañamiento emocional, sino también herramientas prácticas para mejorar su situación. Algunas elaboran bordados, jabones o velas de cera que luego pueden vender, consiguiendo pequeños ingresos que ayudan a aliviar la economía familiar. Pero, muchas veces, lo más importante no es solo el dinero, sino sentirse escuchadas, acompañadas y valoradas. Estos talleres se convierten también en una oportunidad para detectar problemas, necesidades y situaciones de especial vulnerabilidad dentro de las comunidades. Son espacios donde las mujeres pueden compartir preocupaciones que muchas veces permanecen en silencio.

El proyecto tendrá una duración de 12 meses y se alinea con los Objetivos de Desarrollo Sostenible relacionados con la Educación de calidad y la Igualdad de género. Manos Unidas aportará el 79 % de la financiación y las Hermanas Misioneras Combonianas asumirán el 21 % restante, manteniendo así una colaboración que ya ha dado frutos muy importantes. Se espera que esta intervención ayude a mejorar la educación de los niños, fortalecer el papel de las mujeres y ofrecer a toda la comunidad un poco más de estabilidad en medio de tanta incertidumbre. Porque cuando un niño tiene una escuela, cuando una mujer encuentra un espacio donde crecer y cuando una comunidad siente que no está sola, algo empieza a cambiar.