Fortalecimiento de la autogestión y sororidad en comunidades de Chiapas
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En los municipios de Chilón y Sitalá, en el estado de Chiapas, la vida transcurre entre montañas, cafetales y caminos de tierra que conectan pequeñas comunidades. Es una región rica en cultura, en lengua y en formas de organización propias del pueblo tseltal, pero también es una zona donde la pobreza y la desigualdad se sienten en el día a día. Aquí, muchas familias viven de lo que produce la tierra, de pequeñas parcelas donde cultivan maíz o café, siempre pendientes del clima, de las lluvias y de unas condiciones que cada vez son más inciertas.
En los últimos años, la situación se ha vuelto más complicada. El cambio climático ha alterado los ciclos de lluvia y sequía, provocando pérdidas en las cosechas y dificultando la alimentación de muchas familias. A esto se suma la sobreexplotación de la tierra, especialmente en zonas donde la población es más densa, lo que hace que los recursos sean cada vez más escasos.
La situación de las mujeres tseltales en Chiapas
Pero más allá de las dificultades económicas, hay otro problema que atraviesa la vida de estas comunidades: la violencia. En la región, la presencia del crimen organizado ha ido creciendo, generando un ambiente de inseguridad que afecta especialmente a las mujeres. Muchas viven con miedo, expuestas a situaciones de violencia física, sexual, a la trata de personas o a la explotación. A esto se suma la violencia que ya existía dentro de las propias estructuras sociales, marcada por el machismo y la desigualdad.
Las mujeres tseltales cargan con una realidad muy dura. Desde jóvenes, asumen responsabilidades dentro del hogar, en el campo y en el cuidado de los hijos. Se suele decir que tienen una triple jornada, porque además del trabajo doméstico, trabajan la tierra y buscan ingresos para sostener a sus familias. En muchos casos, lo hacen solas, porque sus parejas han migrado a otros estados en busca de trabajo.
A pesar de todo esto, las mujeres no se quedan quietas. Muchas de ellas se han ido organizando en los últimos años, creando redes de apoyo y espacios donde compartir lo que les pasa y buscar soluciones juntas. Es el caso de las mujeres que forman parte de la Red Yip Co’tantic, un grupo que nace precisamente de esa necesidad de acompañarse y de encontrar formas de resistir.
Ellas hablan de estrategias de supervivencia, pero también de dignidad. Se organizan, participan en espacios comunitarios, recuperan tradiciones culturales y buscan maneras de generar ingresos propios. Poco a poco, van construyendo algo que antes parecía muy lejano: la posibilidad de decidir sobre su propia vida.
Sin embargo, el camino no es fácil. Muchas siguen enfrentándose a la falta de acceso a educación, a servicios de salud, a la discriminación por ser mujeres, indígenas y pobres. Es lo que muchas veces se describe como una triple discriminación, que limita sus oportunidades y refuerza el ciclo de pobreza.
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Un proyecto de autonomía y ahorro comunitario
En este contexto, el proyecto que se impulsa junto al Centro de Derechos Indígenas (CEDIAC) busca seguir acompañando este proceso de autonomía de las mujeres tseltales. No se trata de empezar de cero, sino de fortalecer un camino que ya está en marcha desde hace años, con el apoyo de Manos Unidas.
En total, participarán 818 mujeres que forman parte de estas redes y colectivos. Son mujeres que ya han dado un paso importante al organizarse, pero que necesitan seguir fortaleciendo sus capacidades para poder sostener y ampliar sus iniciativas.
Una de las líneas principales del proyecto es el apoyo a las cajas de ahorro comunitarias. Estas cajas son espacios donde las mujeres aportan pequeñas cantidades de dinero y pueden acceder a préstamos para iniciar o fortalecer pequeños negocios. Lo que empieza como un ahorro sencillo, muchas veces se convierte en una herramienta importante para generar ingresos y ganar independencia económica.
En los últimos años, este tipo de iniciativas ha crecido mucho en la región. Se ha pasado de unos pocos grupos a decenas de cajas de ahorro que agrupan a cientos de mujeres. Algunas han podido poner en marcha pequeños negocios, otras han mejorado sus actividades agrícolas o han encontrado formas de sostener mejor a sus familias.
El proyecto busca consolidar este trabajo, acompañando a los grupos existentes, fortaleciendo su organización y abriendo nuevos espacios donde más mujeres puedan participar. También se trabajará en la formación de animadoras comunitarias, mujeres que acompañan a los grupos y ayudan a mantener el funcionamiento de las cajas.
Además del aspecto económico, el proyecto pone un énfasis importante en el fortalecimiento de la red de mujeres como un espacio de promoción de la paz. En un contexto donde la violencia está tan presente, generar espacios de encuentro, de diálogo y de apoyo mutuo es fundamental.
También se impulsarán iniciativas relacionadas con la cultura tseltal. Recuperar saberes, valorar la lengua y las formas propias de organización también forma parte de este proceso de autonomía.
Otra línea de trabajo será fomentar el ahorro y la participación de niños y jóvenes, para que desde pequeños puedan aprender otras formas de relacionarse con el dinero y con la comunidad. La idea es que el cambio no se quede solo en una generación, sino que pueda ir pasando poco a poco a las siguientes.
Se espera que, con estas acciones, las mujeres puedan mejorar sus ingresos, fortalecer su participación en la comunidad y sentirse más seguras para tomar decisiones. Pero más allá de los resultados concretos, el proyecto busca algo que no siempre se puede medir fácilmente: que las mujeres se sientan acompañadas y reconocidas.
El proyecto tiene una duración de un año y se centra en contribuir a la igualdad de género, en línea con los Objetivos de Desarrollo Sostenible. La financiación se reparte entre Manos Unidas, el socio local y las propias mujeres, que también aportan desde sus posibilidades.