Mejora de la seguridad alimentaria de hogares vulnerables en Kipuka
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En la República Democrática del Congo, uno de los países con menor índice de desarrollo humano del mundo, muchas familias rurales viven cada día con una preocupación que condiciona toda su existencia: poder alimentarse. En Isingu-Kipuka, una zona situada en la provincia de Kikwit, conseguir una alimentación suficiente y equilibrada no está garantizado, sino que constituye una lucha constante para cientos de hogares que sobreviven con muy pocos recursos y en condiciones extremadamente difíciles.
La seguridad alimentaria en las comunidades rurales de Kikwit
Aunque la zona cuenta con un clima tropical húmedo y dos estaciones anuales muy favorables para el cultivo, la realidad es que la mayoría de la población apenas logra producir lo necesario para subsistir. El relieve está formado por colinas, valles y mesetas con suelos arcilloarenosos que, en muchas áreas, sufren una fuerte erosión, lo que limita la producción agrícola. Además, numerosos riachuelos atraviesan la región y ofrecen un importante potencial para la piscicultura; sin embargo, la falta de recursos y de formación impide aprovechar plenamente estas oportunidades.
Las familias viven principalmente de la agricultura, la ganadería y, en menor medida, de la piscicultura. No obstante, continúan utilizando técnicas tradicionales, herramientas rudimentarias y pequeñas parcelas de bajo rendimiento. La agricultura itinerante sigue siendo una práctica habitual: cuando una parcela deja de producir, se busca otra zona para cultivar. Esta práctica, unida a la tala de árboles para la construcción de viviendas o la producción de carbón vegetal destinado a la cocina, provoca una intensa deforestación en toda la región.
Los ingresos familiares son muy reducidos y no permiten cubrir necesidades básicas como la alimentación, la escolarización de los hijos, la compra de medicamentos o incluso la adquisición de ropa. Muchas personas viven en viviendas precarias, sin acceso a electricidad ni a agua potable corriente. Mientras que la misión católica de Isingu dispone de agua potable gracias al apoyo previo de Manos Unidas y Cáritas Austria, el resto de las aldeas se abastece de riachuelos cercanos, lo que provoca frecuentes enfermedades de origen hídrico, especialmente entre la población infantil.
Las infraestructuras públicas tampoco contribuyen a mejorar esta situación. La carretera que conecta la zona con la ciudad de Kikwit se encuentra en muy mal estado, dificultando enormemente el transporte y el acceso a los mercados. Las escuelas son antiguas y muchas de ellas están prácticamente en ruinas. Los centros sanitarios presentan igualmente un importante deterioro y una grave escasez de medicamentos. En este contexto, la Oficina de Desarrollo de la Diócesis de Kikwit constituye prácticamente la única institución que acompaña de forma estable a la población, dado que la presencia de los servicios estatales es muy limitada.
Entre los colectivos más vulnerables se encuentran los hogares monoparentales encabezados por mujeres, las familias desplazadas y aquellos hogares que ya sufren graves problemas de malnutrición. Muchas madres sacan adelante solas a sus hijos con escasos recursos y sin apenas apoyo. La alimentación diaria suele ser insuficiente y poco variada. La proteína animal, fundamental para el crecimiento infantil y la salud de los adultos, está prácticamente ausente de la dieta habitual. Consumir carne o pescado es algo excepcional.
Esta situación genera importantes problemas de malnutrición tanto en niños como en adultos. La debilidad física, la elevada incidencia de enfermedades y la falta de energía dificultan aún más las posibilidades de salir adelante. La pobreza y la inseguridad alimentaria se retroalimentan, creando un círculo vicioso muy difícil de romper.
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Agricultura sostenible, ganadería y piscicultura para reducir la pobreza
Ante esta realidad, la Oficina de Desarrollo de Kikwit pone en marcha una segunda fase de un proyecto que ya se desarrolló con éxito durante los años 2022 y 2023. En esta ocasión, el objetivo es seguir acompañando a 200 familias agrupadas en diez cooperativas de cinco aldeas del sector de Kipuka, ayudándolas a mejorar su alimentación, aumentar sus ingresos y reducir su vulnerabilidad.
El proyecto beneficia directamente a 400 personas, ya que al menos dos miembros de cada familia participan activamente en las distintas actividades. La propuesta parte de una idea sencilla pero fundamental: si las familias logran diversificar sus producciones agrícolas, ganaderas y piscícolas, podrán mejorar su alimentación y generar mayores ingresos para cubrir otras necesidades esenciales.
La intervención se centra en tres ámbitos: la horticultura, la ganadería porcina y la piscicultura. A través de estas actividades se pretende reducir la dependencia de una agricultura de subsistencia limitada y poco productiva.
En el ámbito agrícola, se trabaja con diversos cultivos hortícolas que mejoran tanto la alimentación familiar como las posibilidades de comercialización en los mercados locales. Se cultivan productos como amaranto, tomate, berenjena, pimiento, puerro, apio, belladona y gombo. Para las verduras de hoja se utilizan parterres de 12 metros cuadrados, que se fertilizan tras varios ciclos de cultivo. En el caso de las hortalizas de fruto, las parcelas se organizan por variedades.
Las primeras cosechas llegan rápidamente. El amaranto puede recolectarse durante el primer mes; la belladona y el gombo, en el segundo; mientras que el tomate, el apio y la berenjena están listos para su recolección en el tercer mes. Más adelante se obtienen también las cosechas de pimiento y puerro. Esto permite que las familias mejoren su alimentación desde el inicio del proyecto y comiencen a vender excedentes en un plazo relativamente corto.
En el ámbito ganadero, se impulsa la cría porcina mediante la distribución de cerdos de tres meses de edad. Se emplea la técnica de estabulación clásica, que permite un mejor control de los animales y facilita su reproducción. En aproximadamente un año, las familias pueden disponer de nuevas camadas, lo que representa una importante fuente de ingresos y una mayor seguridad económica.
La piscicultura constituye también un componente esencial del proyecto. Gracias a la adecuación de estanques y a la distribución de alevines de razas mejoradas, se fortalece una actividad especialmente valiosa en una zona donde el acceso a proteína animal es muy limitado. Los alevines comienzan a distribuirse a partir del tercer mes, ofreciendo a numerosas familias una nueva oportunidad para mejorar tanto su alimentación como sus ingresos.
Además, se entregan semillas, utensilios de trabajo, herramientas, fertilizantes y pesticidas biológicos producidos por la propia Oficina de Desarrollo, tras capacitar a las familias en estas técnicas de agricultura sostenible. El objetivo no es únicamente aumentar la producción, sino hacerlo de manera más eficiente y respetuosa con el medio ambiente.
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El proyecto incluye asimismo formación en buenas prácticas agrícolas, técnicas de cría y hábitos alimentarios saludables. Se organizan sesiones de sensibilización y demostraciones culinarias destinadas a ayudar a las familias a aprovechar mejor los alimentos que producen y a mejorar la nutrición dentro del hogar. Porque, en muchas ocasiones, no se trata únicamente de disponer de más alimentos, sino de saber utilizarlos adecuadamente.
Los productos obtenidos pueden comercializarse de forma inmediata en el mercado de Kikwit, situado a unos 20 kilómetros de la zona. Esta venta directa permite a las familias generar ingresos rápidamente y afrontar gastos básicos como la educación de sus hijos, la compra de medicamentos o la adquisición de ropa. Poco a poco, pueden vivir con menos incertidumbre y mayor estabilidad.
El proyecto tiene una duración de 21 meses. La Oficina de Desarrollo de la Diócesis aporta el 26 % del coste total, asumiendo parte de los gastos de personal, supervisión y gestión, mientras que Manos Unidas financia el 74 % restante, reforzando así su compromiso con las comunidades rurales más vulnerables.
Esta iniciativa contribuye directamente al Objetivo de Desarrollo Sostenible número 2, Hambre Cero, pero, sobre todo, representa algo mucho más cercano: la posibilidad de que cientos de familias vivan con mayor dignidad. Porque cuando una madre puede garantizar la alimentación de sus hijos, cuando una familia deja de depender exclusivamente de la ayuda externa y comienza a generar sus propios recursos, no solo mejora su presente, sino que también empieza a construir un futuro diferente.
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