Sistemas agroecológicos frente al cambio climático en Castrovirreyna. Fase III
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En los Andes peruanos, la vida de muchas familias campesinas depende todavía de una agricultura que se enfrenta cada día a condiciones más duras. En la provincia de Castrovirreyna, en los distritos de Castrovirreyna y Ticrapo, la producción agrícola y ganadera se desarrolla en un contexto de pobreza, migración juvenil, baja tecnificación y creciente incertidumbre climática. Las heladas, la irregularidad de las lluvias, la degradación de los suelos y los limitados ingresos de las familias hacen cada vez más difícil sostener la actividad agropecuaria como medio de vida digno.
A esta situación se suma una realidad social preocupante. El departamento de Huancavelica sigue siendo una de las regiones más pobres del país, con elevados niveles de pobreza extrema, anemia infantil y desnutrición crónica. En muchas comunidades, la alimentación depende de lo poco que se produce en la chacra (pequeña parcela de tierra cultivable), de una economía muy ajustada y de estrategias de supervivencia que no siempre garantizan una dieta suficiente ni variada.
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Sistemas agroecológicos frente al cambio climático
Las personas beneficiarias de este proyecto son, ante todo, familias campesinas que resisten en un entorno difícil y que siguen apostando por la agricultura familiar y que participan de forma directa en esta tercera y última fase de un proceso de tres años orientado a fortalecer sus capacidades productivas, su resiliencia y su autonomía económica.
La propuesta del proyecto «Sistemas agroecológicos frente al cambio climático en Castrovirreyna» parte de una idea clara: no basta con producir más, hay que producir mejor y de manera sostenible. Por eso, el proyecto impulsa sistemas agroecológicos que permitan conservar la agrobiodiversidad, recuperar prácticas adaptadas al territorio y fortalecer la capacidad de las familias para enfrentar la crisis climática sin abandonar su modo de vida. En la práctica, esto significa acompañar a los hogares en la transición hacia un modelo de producción más resiliente, más nutritivo y más conectado con las necesidades reales de la comunidad.
Uno de los pilares del proyecto será la formación. Se desarrollarán cursos sobre sistemas alimentarios agroecológicos y producción agroecológica, dirigidos a fortalecer conocimientos técnicos y organizativos entre las familias productoras. A ello se suma el asesoramiento en cultivos y crianzas altoandinas, para mejorar el manejo de los recursos locales y aumentar tanto la seguridad alimentaria como la capacidad de generar excedentes para la venta. Los biohuertos agroecológicos familiares también tendrán un papel importante, ya que permiten diversificar la dieta, acercar alimentos frescos al hogar y reforzar la autosuficiencia alimentaria.
El proyecto incorpora además una dimensión educativa y ambiental que mira al futuro. En las instituciones educativas se promoverán estrategias de educación ambiental y acciones de sensibilización sobre el derecho a la alimentación, vinculando la escuela con la vida comunitaria y con la realidad productiva del territorio.
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Oportunidades sostenibles para las familias rurales
Otra línea de trabajo relevante es el reciclaje municipal, entendido no solo como gestión de residuos, sino como parte de una cultura de cuidado del entorno y de uso más eficiente de los recursos.
El proyecto también apuesta por la generación de ingresos, especialmente para mujeres y jóvenes, mediante econegocios inclusivos y emprendimientos agroecológicos sostenibles. Esta línea es especialmente importante en un contexto donde muchas personas jóvenes migran por falta de oportunidades, a menudo hacia empleos precarios y mal remunerados. Ofrecer alternativas económicas viables en el propio territorio no solo ayuda a mejorar los ingresos familiares, sino que contribuye a frenar el abandono rural y a sostener el tejido social de las comunidades.
Junto a estas acciones, se brindará asesoría para formular y presentar propuestas de políticas públicas sobre sistemas alimentarios sostenibles. Esto permite que la experiencia local no se quede únicamente en el ámbito productivo, sino que también dialogue con las instituciones y contribuya a generar cambios más amplios y duraderos. La articulación con entidades públicas, programas sociales, gobiernos locales y otros actores del territorio es, de hecho, una de las claves del proyecto para asegurar su sostenibilidad.
El Instituto de Desarrollo y Medio Ambiente (IDMA), socio local de Manos Unidas en esta intervención, cuenta con una trayectoria de 40 años trabajando por un desarrollo rural justo y sostenible en el Perú. A ello se suma la colaboración de los gobiernos locales de Castrovirreyna y Ticrapo, así como de otras instituciones presentes en el territorio, en una dinámica de trabajo conjunto que refuerza las posibilidades de continuidad.
En total, el proyecto beneficiará a 857 personas entre familias productoras, alumnado, docentes, funcionarios y actores locales. Su duración de 12 meses permitirá consolidar aprendizajes, fortalecer capacidades y dejar bases más firmes para seguir avanzando en el tiempo. La contribución de Manos Unidas, junto con la aportación local y la implicación de las instituciones del territorio, hará posible una intervención que responde a una necesidad real y urgente: garantizar que las familias campesinas puedan seguir produciendo, alimentándose y viviendo con dignidad en sus propias comunidades.
En un territorio donde el cambio climático, la pobreza y la migración amenazan la continuidad de la vida campesina, este proyecto representa una apuesta por la esperanza, la resiliencia y el derecho a permanecer en la tierra con dignidad. Fortalecer los sistemas agroecológicos de Castrovirreyna y Ticrapo no solo significa producir alimentos sanos y generar ingresos, sino también cuidar el territorio, proteger la salud de las familias y abrir oportunidades para que mujeres, hombres, niñas, niños y jóvenes construyan un futuro más justo desde sus propias comunidades.`