Prevención de violencia de género en el campo de desplazados internos de Juba
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En Juba, la capital de Sudán del Sur, miles de personas viven desde hace años en campos de desplazados internos después de haber tenido que abandonar sus hogares por la guerra, la violencia y las inundaciones. Son familias que lo perdieron casi todo y que intentan reconstruir su vida en un lugar donde la supervivencia sigue siendo una lucha diaria. Dentro de esa realidad tan dura, las mujeres y las niñas son quienes suelen cargar con el peso más grande.
En uno de estos campos de desplazados, situado en las afueras de la ciudad, viven alrededor de 38.000 personas en condiciones muy difíciles. Muchas llegaron en 2021 desde los estados de Jonglei, Unity y Upper Nile, en el norte del país, huyendo de la inseguridad y de las graves inundaciones que arrasaron sus pueblos. La mayoría pertenece a la etnia nuer, aunque también conviven otras comunidades como los shilluk, mundari, bari o kakwa. La convivencia no siempre es fácil y la falta de recursos hace que cualquier conflicto se agrave rápidamente. Las familias viven hacinadas, con acceso muy limitado a agua potable, alimentos y servicios básicos de higiene. Durante años, la ayuda internacional ha sido prácticamente la única forma de sostener la vida en el campo. Pero desde que en 2020 la misión de paz de Naciones Unidas se retiró y la seguridad pasó a depender de la Policía Nacional, la situación empeoró todavía más. La protección disminuyó, muchas patrullas dejaron de existir, los controles de entrada y salida desaparecieron y la valla que protegía el campo dejó de funcionar.
Sobre el desplazamiento y la crisis humanitaria en Juba
Este cambio tuvo consecuencias muy serias. La inseguridad aumentó y muchas organizaciones internacionales que trabajaban allí decidieron marcharse. Hasta trece ONG y varios donantes retiraron su apoyo, lo que supuso menos alimentos, menos atención sanitaria y menos oportunidades educativas. Para muchas familias, aquello significó quedarse aún más solas.
En este contexto, las mujeres viven una situación especialmente vulnerable. En Sudán del Sur, la sociedad sigue estando profundamente dominada por los hombres y muchas mujeres son tratadas como ciudadanas de segunda categoría. Tienen poco acceso a la educación, escasas oportunidades económicas y una participación muy limitada en la toma de decisiones. Muchas dependen completamente de sus maridos o de sus familias para sobrevivir, y cuando esa red falla, quedan totalmente expuestas. La violencia de género forma parte de la vida cotidiana de muchas de ellas. Dentro y fuera del hogar, las agresiones, el abuso y la falta de protección son una realidad constante. Las adolescentes también enfrentan grandes riesgos. Muchas dejan la escuela demasiado pronto y quedan expuestas a embarazos tempranos, matrimonios forzados y abandono. Cuando un chico deja embarazada a una joven, muchas veces desaparece para no tener que pagar la dote, dejando a esa chica sola, con un hijo y sin apoyo.
Además, muchos jóvenes del campo han abandonado los estudios y terminan uniéndose a bandas violentas que agravan todavía más la inseguridad. El consumo de alcohol y drogas, los robos y los ataques a niñas y adolescentes forman parte de una realidad que se repite con demasiada frecuencia. La falta de información sobre salud sexual y reproductiva empeora aún más la situación y provoca problemas graves como enfermedades de transmisión sexual o una elevada mortalidad materna.
Y, sin embargo, en medio de todo esto, son muchas veces las mujeres quienes sostienen la vida cotidiana. Son ellas las que cuidan de los hijos, buscan alimentos, intentan mantener la estabilidad familiar y hacen todo lo posible para que sus hijos tengan un futuro mejor. Aunque viven en una situación muy frágil, siguen siendo el pilar de sus hogares.
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Apoyando a mujeres, jóvenes y comunidad
Desde hace años, la Congregación de las Hijas de María Inmaculada acompaña a esta población con el apoyo de Manos Unidas. Desde 2015 trabajan en el campo ofreciendo ayuda humanitaria básica, especialmente a mujeres embarazadas, recién nacidos y niños pequeños con desnutrición. También han puesto en marcha dos escuelas dentro del campo y ofrecen atención médica a quienes más lo necesitan. Ahora, ante el aumento de la violencia y la nueva situación de desprotección, impulsan un proyecto que busca ir un paso más allá: no solo atender la urgencia, sino ayudar a las mujeres a recuperar autonomía, seguridad y dignidad.
El proyecto beneficiará directamente a 440 personas, de las cuales el 86 % son mujeres. Entre ellas hay 240 mujeres en situación de especial vulnerabilidad, 80 supervivientes de violencia de género, 100 jóvenes y 20 líderes comunitarios del propio campo. Además, unas 2900 personas se beneficiarán de forma indirecta a través de las campañas de sensibilización y del impacto que tendrá el trabajo en sus familias y en toda la comunidad.
La propuesta parte de una necesidad muy clara: muchas mujeres no tienen recursos propios para sostener a sus hijos ni herramientas para salir de la dependencia económica que muchas veces perpetúa la violencia. Por eso, una de las principales líneas de trabajo será la formación de grupos de mujeres para impulsar pequeñas actividades generadoras de ingresos. Se organizarán talleres de emprendimiento y formación práctica en actividades como panadería, bisutería, bordados y pequeños negocios que puedan desarrollarse dentro del propio campo. No se trata de grandes empresas, sino de oportunidades reales y sencillas que permitan a estas mujeres ganar algo de dinero, tomar decisiones propias y reducir su vulnerabilidad.
Junto a esta parte económica, el proyecto ofrece también acompañamiento psicosocial a mujeres que han sufrido violencia de género. Muchas de ellas arrastran heridas profundas que no siempre se ven, pero que afectan a su autoestima, a su salud y a su capacidad para seguir adelante. Contar con espacios de escucha, orientación y apoyo puede marcar una gran diferencia en su proceso de recuperación. También se proporcionará atención médica básica, especialmente en temas relacionados con la salud reproductiva, una cuestión fundamental en un contexto donde la falta de información y de acceso a servicios sanitarios sigue teniendo consecuencias muy graves.
Otra parte importante del proyecto se centra en los jóvenes, especialmente en chicos adolescentes y madres jóvenes que han abandonado los estudios. Con ellos se trabajará a través de grupos juveniles, actividades culturales y espacios de formación donde se abordarán temas como la igualdad de género, el respeto y la prevención de la violencia. La idea es actuar también desde la prevención, no solo desde la respuesta. Además, los líderes comunitarios del campo recibirán formación específica sobre violencia de género y derechos de las mujeres. Su papel es clave, porque muchas veces son ellos quienes median en los conflictos y quienes pueden ayudar a cambiar mentalidades dentro de la propia comunidad. Se espera que este proyecto contribuya a reducir la violencia, fortalecer la autonomía económica de las mujeres y crear un entorno más seguro para niñas y adolescentes. Cuando una mujer puede generar ingresos propios, acceder a apoyo psicológico y sentirse acompañada, cambia no solo su vida, sino también la de toda su familia.
El proyecto tiene una duración de 12 meses. Manos Unidas financia el 96 % del presupuesto y el socio local aporta el 4 % restante, manteniendo así una colaboración que lleva años sosteniendo a esta comunidad en uno de los contextos más difíciles del mundo. Esta intervención contribuye directamente a los Objetivos de Desarrollo Sostenible relacionados con la igualdad de género, el trabajo decente y la salud y el bienestar. Pero, más allá de los números y los indicadores, habla de algo mucho más cercano: de mujeres que necesitan dejar de vivir con miedo, de jóvenes que necesitan nuevas oportunidades y de familias que merecen algo más que sobrevivir.