“La escuela me ha enseñado a cuidarme, a convivir con las personas y a respetar a los demás”

Una oportunidad para cambiar el futuro de Amara.
Mozambique
África
Caso éxito Mozambique. Amara. Foto: Javier Mármol

En el norte de Mozambique, donde la pobreza, la falta de oportunidades y la violencia dificultan especialmente el futuro de la población joven, acceder a una formación profesional puede marcar una diferencia decisiva. Para Amara, estudiar no solo significó aprender un oficio: fue la oportunidad de recuperar la confianza en sus propias capacidades y empezar a imaginar un futuro diferente para ella y para su comunidad.

Amara recuerda perfectamente cómo se sentía antes de comenzar a estudiar. Huérfana de padre y con una madre de edad avanzada que no podía costear su formación, veía muy difícil salir adelante:

Yo era una joven bastante aislada, porque siempre andaba llorando y preguntándome: ‘¿Cómo voy a estudiar? ¿Cómo voy a graduarme si no tengo padre y solo me queda mi madre?’.

En 2023, llegó al Instituto Politécnico de la Familia Rural de Natete-Netía, una escuela profesional agropecuaria del norte de Mozambique impulsada por la Comunidad de la Parroquia de Netía con el apoyo de Manos Unidas. Allí encontró la oportunidad que hasta entonces parecía imposible. «No tenía dinero para poder estudiar y completar el duodécimo curso», explica. Gracias al apoyo recibido por los sacerdotes pudo completar tres años de formación y graduarse en la especialidad de Fomento Agrario.

Para Amara, aquello significó empezar a imaginar un futuro diferente. Aprendió técnicas agrícolas que desconocía:

Antes no sabía cómo se cultivaba el tomate ni cómo se cultivaba la cebolla, pero con la ayuda de esta escuela aprendí esas cosas. Ahora ya sé producir y también criar animales.

Ese aprendizaje cobra especial importancia en Netía, donde nueve de cada diez personas viven exclusivamente del campo y la llegada de las lluvias condiciona la disponibilidad de alimentos. A esta vulnerabilidad se suma la crisis de violencia y desplazamiento que atraviesa el norte del país. En este contexto, nació la escuela en la que se formó Amara, donde los jóvenes de la zona pueden cursar estudios de la rama agraria que les permite desarrollar un trabajo digno para ganarse la vida.

Pero la transformación de Amara no se quedó sólo en la adquisición de conocimientos. «La escuela me cambió mucho», asegura. Allí aprendió también a asumir responsabilidades a y relacionarse con los demás.

No solo me formé técnicamente, sino también humanamente. Me enseñó a cuidarme, a convivir con las personas y a respetar a los demás.

Cuando terminó sus estudios y regresó a casa, descubrió que aquello que había aprendido podía servir a otras personas, no sólo a su madre y a sus hermanos, sino también a las mujeres de la comunidad que sostienen a sus familias.

Amara tiene todavía que enfrentarse a otros obstáculos:

Me gustaría crear mi propio trabajo, pero no puedo porque no tengo dinero ni capital.

Aun así, ya no es aquella joven que temía quedarse en casa sin formación ni perspectivas. Hoy sabe producir, criar animales y compartir sus conocimientos con quienes la rodean. Ha comenzado a cambiar su futuro y el de quienes la rodean.

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Transcripción del vídeo

En el norte de Mozambique, el hambre, la pobreza y la violencia forman parte de la vida cotidiana de miles de personas. Aquí salir adelante no siempre es fácil, pero incluso en las situaciones más difíciles, hay personas que siguen buscando la manera de construir un futuro mejor. Estamos en Netia, al norte del país, donde nueve de cada diez personas depende de la agricultura para vivir. Si la lluvia llega, hay comida. Si no llueve, vuelve el hambre. A esta situación se suma la violencia que afecta a esta zona del país y que ha obligado a miles de familias a abandonar sus hogares. Desde hace décadas, la Diócesis de Netia trabaja junto a las comunidades locales para abrir caminos y crear nuevas oportunidades. Con el apoyo de Manos Unidas impulsó, una escuela agraria que está dando a cientos de jóvenes, especialmente mujeres, la posibilidad de aprender, de formarse, de mirar hacia el futuro. Soy huérfana de padre. Estoy en esta escuela desde el año 2023, cuando entré en primero, me formé en esta escuela con la ayuda de los sacerdotes. Para Amara, esa oportunidad lo cambió todo. La escuela me ha cambiado mucho. Era una niña un poco aislada, porque siempre estaba llorando. ¿Cómo voy a estudiar? ¿Cómo voy a poder formarme, si no tengo padre y solo cuento con mi madre? Los beneficios que aporta la escuela, después de que una persona se forma, es para ayudar a la comunidad, porque las mamás, en la comunidad, ellas no saben cómo se produce el tomate de forma técnica. Entonces, con mi apoyo, ya que me he formado en esta escuela, al menos, cuando llego a casa, ya puedo enseñar a mi madre cómo se cultiva el tomate junto con mis hermanos. Eso es lo que hace especial este proyecto. El conocimiento no se queda en una persona, se multiplica. Una joven formada ayuda a su familia. Una familia ayuda a la comunidad. Y puedo decir que la escuela es importante porque no solo te forma técnicamente, sino también humanamente. La escuela enseña a relacionarse con otras personas, a convivir con los demás, a cuidar de los demás y a respetarlos. Antes no tenía esa responsabilidad, no tenía esos conocimientos, pero después de formarme, ya tengo esos conocimientos. Ya sé respetar a los demás. Ya sé producir por mí misma aquello que aprendí. Doy las gracias a esta escuela y al apoyo de los sacerdotes, porque si no fuera por ellos todavía estaría en casa, sentada, sin ninguna formación. En un lugar donde la falta de oportunidades y el analfabetismo siguen marcando la vida de tantas mujeres, la formación transforma mucho más que un futuro laboral. Transforma la dignidad y esa historia de cambio también puede empezar hoy, con tu ayuda.

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