Promoción del uso sostenible del ecosistema terrestre en Mzuzu
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En el norte de Malaui, muy cerca de la frontera con Tanzania y a orillas de uno de los lagos más importantes de África, se encuentra la ciudad de Mzuzu. Es una región de gran belleza natural, con colinas verdes, bosques, tierras agrícolas y comunidades que dependen directamente de los recursos que les ofrece la naturaleza. Aquí, el bosque no es solo un paisaje, es una fuente de alimentos, de agua, de combustible y de ingresos para miles de familias.
Sin embargo, este entorno tan valioso se enfrenta desde hace años a amenazas cada vez más preocupantes. La tala de árboles, la expansión de la agricultura, el uso intensivo de leña para cocinar y la falta de alternativas energéticas están provocando una pérdida constante de masa forestal. Poco a poco, zonas que antes estaban cubiertas de árboles van desapareciendo. Y con ellas también se pierde biodiversidad, se degradan los suelos y disminuye la capacidad de los ecosistemas para sostener la vida de las comunidades.
Las consecuencias son visibles. Las lluvias son cada vez más irregulares, las sequías duran más tiempo y las inundaciones son más frecuentes cuando llegan las tormentas. Los agricultores ven cómo sus cosechas producen menos. Los ríos y fuentes de agua sufren los efectos de la erosión y la contaminación. Y las familias más pobres son las primeras en notar el impacto de estos cambios.
En muchas ocasiones, las personas que viven en estas comunidades no destruyen el medio ambiente por falta de interés o de sensibilidad, sino porque no tienen otra opción. La pobreza obliga a aprovechar los recursos disponibles para sobrevivir día a día. Cuando una familia necesita cocinar, vende madera o utiliza leña. Cuando necesita ampliar un pequeño cultivo para alimentar a sus hijos, muchas veces recurre a terrenos forestales. Por eso, cualquier solución pasa no solo por proteger la naturaleza, sino también por ofrecer conocimientos y alternativas que permitan mejorar la vida de las personas.
Desde hace algunos años, la diócesis de Mzuzu trabaja precisamente en esa dirección. Inspirada por el mensaje de cuidado de la creación promovido por la encíclica Laudato si, comenzó a desarrollar iniciativas de sensibilización ambiental y formación comunitaria. En 2018 creó un comité de ecología y medio ambiente que impulsa actividades de reforestación, agricultura sostenible y educación ambiental en diferentes parroquias y comunidades de la región.
Poco a poco, este trabajo fue creciendo. En un terreno boscoso situado dentro de la propia diócesis, donde todavía se conservan espacios naturales únicos en la ciudad, empezó a desarrollarse un proyecto que busca convertirse en un referente para toda la región. Allí ya funciona un centro de formación en agricultura sostenible donde agricultores, jóvenes, líderes comunitarios y agentes pastorales reciben formación sobre gestión forestal, elaboración de abonos orgánicos, viveros, técnicas agrícolas respetuosas con el medio ambiente y otras herramientas que les ayudan a cuidar mejor la tierra de la que dependen.
Pero la necesidad de seguir avanzando es evidente. Cada vez son más las escuelas, universidades, grupos comunitarios y organizaciones interesadas en participar en actividades de formación ambiental. Y los espacios disponibles ya no son suficientes para responder a esta demanda creciente.
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Centro ecológico y educación ambiental en Mzuzu
Por eso surge este proyecto, que busca crear un centro ecológico en el bosque de Katoto, un espacio dedicado a la educación ambiental, la sensibilización y la promoción de prácticas sostenibles. La idea es sencilla pero muy ambiciosa al mismo tiempo: ofrecer un lugar donde niños, jóvenes, docentes, agricultores y miembros de la comunidad puedan aprender a cuidar el entorno natural y comprender mejor la relación entre la salud del planeta y el bienestar de las personas.
El centro contará con una gran sala de formación, despachos y espacios adecuados para desarrollar actividades educativas. Estará integrado dentro de un proyecto más amplio que incluye también un albergue para estudiantes y participantes en cursos de formación, zonas recreativas y espacios verdes destinados a la conservación ambiental.
Uno de los aspectos más importantes es que no se trata de un centro pensado únicamente para especialistas o investigadores. Todo lo contrario. La intención es que sea un espacio abierto a la comunidad, donde cualquier persona pueda participar en talleres, seminarios y actividades relacionadas con la protección del medio ambiente.
Los principales beneficiarios serán estudiantes de distintas edades, desde escolares hasta universitarios, que podrán aprender de forma práctica cuestiones relacionadas con la sostenibilidad y la conservación. También participarán profesores y educadores, que recibirán recursos y formación para incorporar contenidos ambientales en sus centros educativos.
Además, el centro estará abierto a agricultores, líderes comunitarios, grupos parroquiales y asociaciones locales que quieran mejorar sus conocimientos sobre agricultura sostenible, conservación de los bosques o gestión responsable de los recursos naturales. Incluso se espera recibir visitantes interesados en el ecoturismo y en conocer mejor la riqueza ambiental de la región.
Se calcula que unas 2400 personas utilizarán directamente el centro cada año. Pero el impacto va mucho más allá de esa cifra. La verdadera transformación se producirá cuando esos conocimientos lleguen a las familias, a las escuelas y a las comunidades de origen de cada participante.
Desde la diócesis explican que el objetivo no es solo enseñar técnicas o transmitir información. Lo que buscan es promover un cambio de mentalidad. Ayudar a comprender que cuidar el medio ambiente no es algo separado de la vida cotidiana, sino una condición necesaria para garantizar el futuro de las comunidades.
Cuando una familia aprende a producir alimentos de forma más sostenible, mejora su seguridad alimentaria. Cuando una comunidad protege sus fuentes de agua o reforesta una zona degradada, está invirtiendo en su propio futuro. Cuando los niños crecen entendiendo el valor de los bosques, es más probable que mañana se conviertan en adultos comprometidos con su protección.
Los resultados esperados son precisamente esos: una mayor conciencia ambiental, una mejor gestión de los recursos naturales y una participación más activa de la población en la conservación de su entorno. También se espera fortalecer las capacidades de escuelas y organizaciones locales para que puedan seguir promoviendo estas iniciativas de forma autónoma.
El proyecto tendrá una duración de un año y cuenta con el apoyo de Manos Unidas, junto con otras organizaciones colaboradoras y la propia aportación de la diócesis. Está alineado con los Objetivos de Desarrollo Sostenible relacionados con la acción por el clima y la protección de los ecosistemas terrestres.