Década

Año

2018

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Recaudamos 47.248.884 € y apoyamos 564 proyectos de desarrollo en 54 países de África, Asia y América, para apoyar a casi un millón y medio de personas de forma directa. La Organización cuenta con 5.345 voluntarios y 73.381 socios y colaboradores.

Adaptamos la denominación de los sectores de intervención: Alimentación y medios de Vida, Educación, Salud, Derechos humanos y sociedad civil, Derechos de las mujeres y equidad, Medio ambiente y cambio climático y Agua y saneamiento.

Década

Año

2019

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Manos Unidas cumple 60 años. Con este motivo, la ONG asiste en marzo a la Audiencia General del papa Francisco y, en 2018, es recibida por los Reyes de España en el Palacio de la Zarzuela.

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victoria braquehais javier herraez ferrero
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
                                                           «No quiero hablar de la violencia en África»
 

África es un continente inmenso, con 54 países. Sólo nuestro país, la República Democrática del Congo, es un verdadero gigante, el segundo país más grande de África. Por eso no quiero hablar de la violencia en África, como si esta extensión inmensa de tierra, compuesta por tantos países, pueblos, razas y culturas, pudiera reducirse a un único país y a una única realidad. Me vienen las palabras que citaba el recientemente fallecido escritor Binyavanga Wainana en su texto How to write about Africa (Cómo escribir sobre África) en el que, de una manera magistral y llena de ironía, se refiere a los muchos tópicos que se usan al hablar de este continente.

Recientemente, hemos conocido la noticia de algunas muertes ocurridas en distintos lugares del continente africano como la de la Hna. Inés, en República Centroafricana, la de los misioneros salesianos Fernando Hernández y Antonio César en Burkina Fasso, o la del P. Landry Ibil en Mozambique – noticia menos difundida por tratarse quizás de un religioso congoleño. A partir de lo que he podido leer en las noticias, me parece que estas muertes tienen móviles distintos: un ataque yihadista en un caso, una posible venganza en otro caso, quizá comercio de órganos o temas de espíritus en otro… Es difícil unificar los motivos. Lo que sí tienen en común estas muertes violentas es que son las de personas que han dado su vida, amando, hasta el final.

Cuando a mí me preguntan qué me mueve y cómo han cambiado las cosas en República Democrática del Congo, mi respuesta es ésta: Respecto a lo que me mueve: Jesús, y mis hermanos. Ésta es la vida a la que Jesús me ha llamado y a la que yo he querido dar un sí. Y eso me hace feliz, aún en medio de las dificultades y complejidades propias de la existencia humana. Respecto a lo que ha cambiado en la República Democrática del Congo: muchas cosas. En enero tuvimos elecciones presidenciales, ha habido importantes medidas de descrispación política, la gente ahora puede manifestarse pacíficamente. El país sigue manteniendo muchos problemas, tales como el conflicto del Este, la epidemia de ébola (y otras enfermedades menos difundidas por los medios de comunicación, como el cólera, la malaria…), la decadencia de las infraestructuras y la falta de servicios básicos…

Pero también hay otro tipo de cambios, como las recientes mejoras introducidas en el sistema educativo, tanto en la enseñanza técnica como en la metodología del aprendizaje por situaciones o los progresos en el sistema sanitario gracias a los distintos programas de salud. Estamos rodeados por nueve países: Uganda, Ruanda, Burundi, Tanzania, Zambia, Angola, República del Congo, República Centroafricana y Sudán del Sur. Cada uno de nuestros vecinos tiene su problemática y eso ciertamente puede tener repercusiones en nuestro país. Y luego están los cambios que ha vivido nuestro poblado en los últimos 10 años: la creación de una nueva Escuela Primaria y la construcción de un nuevo Instituto, la realización del proyecto de abastecimiento de agua, la formación de 40 mujeres en situación de vulnerabilidad y exclusión, la introducción de la informática prácticas en el currículo gracias a la energía solar, los microcréditos que han ayudado a salir de la pobreza a mucha gente basándose en su propia iniciativa y creatividad…

Decir que tengo miedo por lo que ha pasado no tiene sentido. Siento mucho la muerte de estos hermanos nuestros misioneros y está muy cerca de mi vida y de mi corazón, pero lejos en las circunstancias que las han provocado. Por ejemplo, en mi experiencia hasta ahora en la provincia de Lualaba – al sur de la R.D.Congo, donde vivo desde hace 10 años – la convivencia con los musulmanes es buena, pacífica y serena. Un amigo musulmán, que se llama Muna y que tiene una farmacia en Kolwezi, nos ayuda mucho en el Hospital. Por las crecientes relaciones comerciales, la presencia del Islam es cada vez mayor, pero no presenta ningún problema, sino que es una riqueza y una oportunidad. Lo que sí está cerca es esa miseria que ahoga la vida de las personas, y que es fuente de crispación y de tensión continua, porque no puede haber paz sin justicia. Experimento la violencia en mi condición de mujer, en un país en el que hay muchísimo machismo, y la veo día a día en la realidad de muchas mujeres de nuestro medio rural de Kanzenze, el poblado donde vivo. Estoy expuesta a la violencia, pero no en mayor medida que muchas otras personas de este país y de nuestro mundo.

Mi vida no es más de admirar que la de cualquier otra persona que lucha por llevar su vida adelante con dignidad. No soy más valiente. No tiene más mérito. Admiro a las mujeres que llevan todo el peso que pueden y más para sacar adelante a sus hogares. Admiro a los campesinos que empujan sus bicicletas cargadas sacos de carbón, recorriendo muchísimos kilómetros, para ganarse el pan de cada día. Admiro a los padres de mis alumnos que hacen todo para que sus hijos vayan a la escuela. Admiro a quienes en cualquier lugar del mundo hacen sus labores cotidianas y su trabajo con alegría, con amor, con fidelidad, con el gusto que deja lo que está bien hecho.

Según la OMS, “la violencia es el uso intencional de la fuerza física, amenazas contra uno mismo, otra persona, un grupo o una comunidad que tiene como consecuencia o es muy probable que tenga como consecuencia un traumatismo, daños psicológicos, problemas de desarrollo o la muerte. Como lo constata el antropólogo René Girard, considerado el pensador de la violencia en el siglo XX, la violencia aparece desde los inicios de las culturas humanas, provocando mímesis –es decir, más violencia - y búsqueda de chivos expiatorios o culpables. Sólo el amor de Jesús, tan vulnerable en su inocencia, nos muestra un amor más fuerte que el odio de este mundo y nos trae – si queremos acogerla – la paz. Como decía recientemente Javier Melloni SJ en una confrontación con el filósofo José Cobo, “el modo de ser de Jesús es la entrega total. En la Cruz se concentra la ausencia y la presencia de Dios en todas las situaciones humanas. Perdonar es dar sin medida, detener y revertir el dinamismo inacabable de la violencia”. Es esa “belleza extrema de la donación” a la que el jesuita aludía, la fuente inacabable de nuestra esperanza y de nuestra alegría. Y de ella, nuestros hermanos Inés, Fernando, Antonio César y Landry – y muchos otros – han dado un precioso testimonio.

Me gustaría terminar refiriéndome al Hno. Christian de Thibirine, asesinado en Argelia en 1996. Para mí es un referente y un compañero de camino. Quisiera rezar con sus palabras y hacerlas mías. En su Testamento Espiritual, él escribía así:

Si un día me aconteciera (…), quisiera que mi comunidad, mi Iglesia y mi familia recordaran que mi vida ha sido donada a Dios y a este país; que aceptaran que el único Señor de todas las vidas no podría permanecer ajeno a esta muerte brutal; que rezaran por mí: ¿cómo ser digno de semejante ofrenda?; que supieran asociar esta muerte a muchas otras, igualmente violentas, abandonadas a la indiferencia y el anonimato.

Mi vida no vale más que otra. Tampoco vale menos. De todos modos, no tengo la inocencia de la infancia. He vivido lo suficiente como para saber que soy cómplice del mal que, ¡desgraciadamente!, parece prevalecer en el mundo, y también del que podría golpearme a ciegas.

Al llegar el momento, querría poder tener ese instante de lucidez que me permita pedir perdón a Dios y a mis hermanos en la humanidad, perdonando al mismo tiempo, de todo corazón, a quien me hubiere golpeado. No podría desear una muerte semejante. Me parece importante declararlo. En efecto, no veo cómo podría alegrarme del hecho de que este pueblo que amo fuera acusado indiscriminadamente de mi asesinato (…)

De esta vida perdida, totalmente mía y totalmente de ellos, doy gracias a Dios, porque parece haberla querido por entero para esta alegría, por encima de todo y a pesar de todo. En este gracias, en el que ya está dicho todo de mi vida, os incluyo a vosotros, por supuesto, amigos de ayer y de hoy, y a vosotros, amigos de aquí, junto con mi madre y mi padre, mis hermanas y mis hermanos, y a ellos, ¡céntuplo regalado como había sido prometido!

Y a ti también, amigo del último instante, que no sabrás lo que estés haciendo; sí, porque también por ti quiero decir este gracias, y este a-Dios, en cuyo rostro te contemplo. Y que nos sea dado volvernos a encontrar, ladrones colmados de gozo, en el Paraíso, si así le place a Dios, Padre nuestro, Padre de ambos. Amén. Inchalá

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«Y aquí estamos, viviendo con este pueblo las circunstancias tan tremendas que tienen que vivir.»
 

Los religiosos españoles en la República Centroafricana se pueden contar con los dedos de una mano, somos muy pocos. Hay cooperantes que están aquí, hacen un trabajo excelente durante meses o incluso algunos años, pero luego se marchan. Solo los misioneros estamos aquí permanentemente.

Yo llevo 40 años en la República Centroafricana viviendo con mi gente todo lo que mi gente vive. Aquí es donde yo empecé con 28 años cuando llegué por primera vez y ahora tengo 64. Aquí he tenido tres infartos, de los cuales he salido adelante, y tengo nueve muelles en las arterias que me protegen de muchas cosas.

Sustancialmente la República Centroafricana fue conquistada por un grupo de mercenarios venidos del Chad y pagados por los países del Golfo. Estos mercenarios se fueron convirtiendo en los llamados 14 señores de la guerra, la mayoría de ellos son extranjeros. Por ejemplo, el que tenemos en la zona de Bangassou formó un grupo llamado UPC (Unión para la Pacificación de Centroáfrica) y han provocado muchas matanzas.

Muchos soldados del sur pertenecen a una etnia de Níger llamada los fulani. 17 millones de personas viven los efectos devastadores de la desertificación en el Sagel y se van a reinstalar en África por mandato especial de la Unión africana. Esto está provocando movimientos de los fulani, pastores nómadas que se mueven con sus ganados, en busca de pastos y agua en campos de zonas de cultivadores. Esta búsqueda ha generado gran cantidad de luchas en 2018 y en 2019 entre cultivadores y nómadas. Y ha supuesto gran cantidad de muertes en Nigeria, en Burkina Faso, en Níger, en el norte de Malí, en el norte del Chad, y todo ello repercute en Centroáfrica.

Los señores de la guerra están abriendo corredores para que los fulani puedan entrar en Centroáfrica y puedan quedarse en una zona al este de mi diócesis, llamada alto Bomu, donde hay tres misiones Boki, Imigenio y Obo

Nuestro trabajo es estar con la gente en situación de alto riesgo. Situación que vivimos en Centroáfrica. Mis sacerdotes, las monjas y algunos cooperantes están viviendo situaciones de alto riesgo, todos nos queremos quedar aquí, nadie quiere irse. Como la hermana Inés, que por mucho que sus hermanos le dijeron que se fuera, ella decía que las chicas de la costura la iban a proteger, no fue así, el ataque fue de noche.

La gente muchas veces nos protege. Vivimos en zonas de desplazados, en zonas de alto riesgo y aquí simplemente estamos con ellos, con los pobres a los que nunca les pedirán su voto ni su opinión.

Esta pobre gente, que son unos 500.000 o 600.000 centroafricanos, se ha desplazado huyendo de un sitio a otro, han sido expulsados y se desplazan perdiendo todo cuanto tienen una vez que les han quemado sus casas. Han utilizado el fuego como arma de guerra, y han quemado sus semillas, su colchón, sus mosquiteras, sus ropas, y están aquí, en Bangassou.

Tenemos cuatro campos de desplazados, uno de ellos musulmán donde recogimos hace dos años de una muerte segura a 2.100 personas, porque los musulmanes estaban siendo degollados. De hecho, 30 murieron y el resto los pudimos sacar tres días después de estar delante de la mezquita.

Y desde hace dos años tenemos un campo de desplazados musulmán en medio de un campo de desplazados de no musulmanes. La lucha en Centroáfrica no es una lucha entre musulmanes y no musulmanes. Eso es una cortina de humo para esconder el problema real: traer a los fulani hacia zonas de pastos y de agua, y traer a todos los que están alimentando a los señores de la guerra que son países del Golfo.

En el Golfo la gente ahora está buscando minerales en Centroáfrica porque se dan cuenta que el petróleo dentro de 10 años se va a devaluar, cuando Europa tenga gran cantidad de coches híbridos o de electricidad, y buscan oro, diamantes, cobalto, manganeso. Y con los países del Golfo han llegado China y Rusia para formar soldados centroafricanos. Esto supone una grave problemática con consecuencias para la gente inocente.

Mis curas aguantan. Los más afectados son aquellos que tienen problemas de shock postraumático, aquellos a los que les han apuntado con una metralleta diez minutos en la sien y han pasado mucho miedo. Hemos tenido que recoger tres soldados de la ONU despedazados para meterlos en la base de los soldados de las Naciones Unidas. En Bangassou la mayoría de ellos son marroquíes.

Recoges cadáveres de niños con el pecho abierto de un balazo o haces un enterramiento en una fosa común con cantidad de personas, mujeres, niños, ancianos. Eso te marca y se queda como un shock postraumático. Lo que solemos hacer con las personas que sufren es llevarlos a la capital y distraerlos para poner tierra por medio y así intentar paliar la situación. Normalmente todos vuelven. Y aquí estamos, viviendo con este pueblo las circunstancias tan tremendas que tienen que vivir.  

 

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Hermana Janeth Aguirre, misionera en Mali. Foto/Onda Cero
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
          
          «No podemos explicarlo, no podemos dar razones a lo que simplemente, no tiene razón de ser»
 

Solo el silencio de María al pie de la Cruz, la comunión con su desolación de madre y el peso de la confusión ante lo incomprensible logra hilar el nerviosismo de nuestras miradas y la incesante suplicación… Dios mío, Dios mío. ¿Qué está pasando? ¿Cuándo se metió esta violencia en nuestras aldeas?

Tras sentir en nuestra piel el dolor por los últimos acontecimientos sucedidos en África, este continente amado por tantos misioneros y misioneras del mundo entero, todas las preguntas surgen, todos los suspiros de desconcierto nos abruman al escuchar estas noticias…, pero jamás la idea del abandono.  Somos mensajeros de esperanza allí donde estamos y donde hemos sido enviados con un único objetivo… ser testigos de la Resurrección de Cristo.

El Evangelio traducido en nuestra espiritualidad Franciscana nos impulsa cada día a humanizar a las personas con quienes hacemos camino, a hacerlos crecer en dignidad, en calidad de vida, en autonomía y para esto han de encontrar en nosotros un rosto iluminado por la fe en Jesucristo, en la Vida Nueva que Él nos comunica con su Palabra cada día…

El miedo es una sensación que nos circunda y que, a veces, se nos mete en las células. Sin embargo, son sensaciones momentáneas que mueren delante del pobre que toca a nuestra puerta, delante del sediento o el desnudo, delante del triste y desplazado por los múltiples conflictos sociales, económicos, políticos… que desembocan en situaciones atroces como es el caso de los crudos ataques contra los misioneros, en estos últimos meses.

Ante lo que nunca debió ocurrir surge un gran desafío y es “¿cómo mostrar caminos de amor verdadero, amor fraterno, amor de comunión donde todos se sientan hermanos y re-construir la gran familia humana?”. Siempre se nos ocurren cosas, siempre resulta esa persona que da la primera puntada y ahí nos pegamos todos los demás. Siempre encontramos la manera de darle sentido a estas “pérdidas irreparables” para ir más allá y hacer perdurar en el tiempo y en el espacio donde ejercieron su misión, el mensaje de vida de aquellos que se han ido en tan crueles circunstancias.

Y existe un pueblo dolorido alrededor que protesta en silencio contra estos actos; que sufre y llora por el dolor de lo inexplicable, por ver partir aquellos que les daban esperanza y vida.

¡Nadie habla de irse, por Dios!, ni en las peores circunstancias. Hemos vivido ya tanto dolor, la iglesia ha sido confrontada a tantos golpes sangrientos, los habitantes de nuestras aldeas han visto desaparecer de manera atroz a sus hijos, a sus padres, a sus esposos… Cristianos, musulmanes, todos hermanos, sufren el dolor de los conflictos armados. Las autoridades civiles, la iglesia, la vida consagrada son víctimas de secuestro y muertes. Más nunca muere la confianza en un Dios Creador y Misericordioso que nos ama y sufre con el dolor que los seres humanos se imponen entre ellos mismos. Allí está justamente el lugar del misionero: traducir en su lengua local, en el lenguaje de cada corazón, que la última palabra no la tiene la muerte, sino la Vida.

Y allí llegamos nosotros misioneros creando espacios de vida, sembrando esperanza aun cuando nos golpean. Seguimos esperando a quienes están secuestrados y desaparecidos. Hay tanto por hacer, tanto camino por recorrer… Nos apura el ayudarles a mejorar sus condiciones de vida, enviar a los niños al cole, crear pozos de agua para que puedan cultivar y cosechar sus granos, educar y formar a las nuevas generaciones. Hemos de seguir cumpliendo la misión a la que fuimos llamadas: DAR VIDA y DAR LA VIDA.

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                                                          «Cultivemos la paz»

 

Pocas personas saben en España lo que ocurrió el 12 de mayo en Dablo a las 9 de la mañana, localidad situada al norte del Burkina Faso. Más de 50 yihadistas montados en 27 motos llegaron a toda velocidad, se dividieron en varios grupos. Uno de ellos quemó dos bares, otro prendió fuego a la ambulancia del dispensario y robó las medicinas. El resto fue a la iglesia.

Apenas comenzaba la misa cuando se escucharon tiros. La gente trataba de huir, pero ellos entraron, cerraron las puertas y pidieron que nadie se moviera. Robaron a la gente y preguntaron por los responsables. Fue entonces cuando el joven sacerdote Simeon Ñampá tuvo el valor de esconder a los monaguillos bajo el altar e intentó salir por la sacristía, pero le vieron y lo abatieron en la puerta. Luego hicieron tumbarse a otros cinco hombres detrás de la iglesia y les dispararon; entre ellos estaba el que tocaba el tam-tam. Antes de marcharse quemaron los libros de la coral y dispararon al sagrario.  

Esta barbarie es continua desde el año 2015, año en que gendarmes, policías, escuelas, etc. sufrieron los primeros ataques de los islamistas radicales en la zona del Sahel. En el año 2016, el grupo yihadista «Ansarul Islam» reivindicó varios ataques contra los militares, uno de ellos causando doce muertos. Y en el 2017 hubo un total de 54 ataques, con 62 víctimas mortales, y todas las escuelas de la región cerraron sus puertas.

Pero esto no es comparable con lo ocurrido en el año 2018 y en lo que llevamos del 2019. Las acciones terroristas se han desplazado de Djibo a Arbinda, y avanzan en varias direcciones. Todos los pueblos de estas dos localidades han sufrido ataques terroristas que se han cobrado la vida de numerosas víctimas.

Esta situación ha sembrado el pánico en la población y muchas personas han optado por huir y abandonar sus pueblos, ahora lugares vacíos. La gente se ha refugiado donde hay gendarmes, creando una situación humanitaria muy difícil, pues estas personas llegaron con las manos vacías y el problema del agua, en esta época de calor, es acuciante.

El año pasado fue secuestrado un catequista y un pastor protestante. Este año, en marzo, el párroco de Djibo fue capturado cuando regresaba de visitar un pueblo y, a día de hoy, se encuentra en paradero desconocido.

Más de 1.800 escuelas y colegios en todo el Sahel continúan cerrados, pues los terroristas quieres que los niños aprendan el árabe y el Corán. ¿Pero se puede obligar a toda la población a convertirse al islam?

La guerra terrorista ha abierto un nuevo frente desde el pasado Viernes Santo, atacando las iglesias. Ese día entraron en la capilla de un pueblo de Arbinda, repleta de gente que hacía el Viacrucis y obligaron a mujeres, niños y ancianos a salir. Dentro de la iglesia dispararon a los 4 o 5 hombres que quedaron, después quemaron un colegio en construcción. Dos semanas más tarde, los protestantes sufrieron otro ataque durante el culto y seis personas perdieron la vida. Apenas dos días después, los terroristas arrebataron la vida de cuatro personas más, cuatro personas que transportaban una imagen de la Virgen.

Ayer domingo 26 de mayo de 2019 en un pueblo de Titao, en la zona de Uahiguya, se produjo un nuevo ataque a otra iglesia en plena celebración, dejando tras de sí cuatro muertes más, entre ellas, la del catequista. 

¿Hacia dónde vamos?  ¿Van a continuar los ataques a los cristianos en las iglesias y lugares de culto? Esperamos que la estación de lluvias que llega haga disminuir los ataques por la dificultad de los terroristas para desplazarse sobre pistas inundadas. ¿Pero, y después? ¿Cómo los refugiados podrán cultivar sus campos? ¿Qué cosecha tendrán? 

Dos cosas me parecen necesarias y una tercera a señalar:

1) Que los españoles de buena voluntad se acuerden de los miles de refugiados del Sahel y que, a través de proyectos de desarrollo, Manos Unidas y otras ONG sigan apoyando la convivencia de musulmanes y cristianos. Los terroristas quieren provocar la guerra entre musulmanes y cristianos, pero no lo conseguirán, pues seguimos caminando por el camino del respeto mutuo y la convivencia.

2) Que cultivemos la paz, que es un don que hay que pedir a Dios, como dice el Cardenal de Uagadugugu. La paz en las familias y en la sociedad, ¿cómo pedir a los musulmanes que hagan la paz si nosotros cerramos las fronteras y los recibimos con concertinas?

3) En el Sahel tenemos, desde este año 2019, nuevos mártires: las dos decenas largas de cristianos muertos por odio a la fe mientras estaban en la oración, entre los que se encuentran dos sacerdotes, y uno de ellos, para nuestra gloria, el salesiano padre César. Que intercedan por nosotros y nos protejan. 

 

                                               Un misionero español del Sahel, refugiado

                                                           Mayo 2019

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Revista 210 Manos Unidas

Revista nº 210

Revista cuatrimestral de Manos Unidas. «Por la dignidad de las mujeres».
Guía para catequistas y formadores 2019-2020. Manos Unidas

Guía para catequistas y formadores 2019-2020

Disponible en castellano, catalán y gallego.
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